Alejandro Armengol

El embargo como enfermedad

La Habana (Cuba) hoy, martes 25 de octubre de 2016, un día antes de que se someta a votación en la Asamblea General de la ONU la propuesta de resolución de Cuba para que la comunidad internacional se sume a su reclamo de levantar el embargo a la isla, en vigor desde 1962.
La Habana (Cuba) hoy, martes 25 de octubre de 2016, un día antes de que se someta a votación en la Asamblea General de la ONU la propuesta de resolución de Cuba para que la comunidad internacional se sume a su reclamo de levantar el embargo a la isla, en vigor desde 1962. EFE

No es el “mal del siglo” y mucho menos una epidemia. Aunque para algunos llega a padecimiento mayor. El embargo de Estados Unidos hacia el régimen cubano se ha convertido en una enfermedad.

Traspasadas las barreras ideológicas y económicas, cualquier arrebato tiene cabida. La Casa Blanca se abstiene en una votación en la ONU, sobre una medida que supuestamente debe representar o abolir. No la defiende y deja los ataques a otros. Sabemos las causas por la cual no ha podido derogarla, pero ello no libra al país de la incongruencia. Bondades de la democracia y males partidistas. Todo mezclado sin temor al ridículo. Índice de esquizofrenia, por parte de un gobierno y un Congreso.


La Plaza de la Revolución desata una campaña en contra del “bloqueo” y recurre al extremo de ofrecer a los jóvenes el servicio de wifi gratis para contar con su presencia. Reduce a propaganda burda el rechazo a un conjunto de normas cada vez más limitadas. Lo lógico, en un país normal, es aprovechar las ventajas creadas por la administración de Obama y buscar otras. Pero Cuba no lo es. Raúl Castro busca exprimir al máximo el embargo, para utilizarlo como arma masiva de distracción. El empeño puede resultar provechoso de momento, para sus fines políticos. ¿Pero por cuánto tiempo?


Ni siquiera Donald Trump, atento a buscar provecho para su campaña en cualquier piedra del camino, apuesta por el embargo. Trump es un “dialoguero”. Catalogarlo como tal lo hubiera hundido ante el “exilio histórico” hace unos años. Pero aquellos, los de entonces, ya no son los mismos aunque lo aparentan. El candidato republicano no ha hecho más que “ofrecer un mejor acuerdo”. Esa mentalidad de zoco parece salida de la película Casablanca: “Para los amigos de Trump hay un pequeño descuento… Y para los amigos especiales de Trump hay descuentos especiales”.

Para ciertos exiliados cubanos, el embargo no se asume como negociación sino como texto sagrado: es su “Santo Grial”, la “Inmaculada Concepción”, la definición de su intransigencia. Negociar implica un toma y daca. Y para ellos la conservación del embargo es una satisfacción emocional, perpetuar una obsesión. Vale recordar que una obsesión, una idea fija y recurrente, no es otra cosa que el síntoma de una enfermedad mental.


En un esfuerzo tardío, Trump aspira a beneficiarse de un electorado que combate sus fracasos con la misma obstinación que repite sus errores. Solo que los números están en su contra. Si un grupo de exiliados persisten en la repetición, el exilio en su totalidad, la comunidad de Miami, como un todo, ya no es la misma.

El embargo no ha funcionado durante décadas, y esa es la razón fundamental para desecharlo. El debate sobre su uso político ataca a la intransigencia del exilio por su flanco más débil: el aferrarse irracionalmente a una estrategia caduca. Muchas de las razones, para la abolición de las leyes que agrupa el embargo, tergiversan sus pronunciamientos sobre el “empoderamiento” y los beneficios al pueblo cubano —detrás de ellas lo que realmente están son intereses comerciales—, pero lógicas en su práctica.

Está claro que los posibles cambios que algunos quieren ver en Cuba —y de los cuales no hay señal verdadera por parte alguna— son simples pretextos. En igual sentido, es una falacia que una mayor entrada de productos norteamericanos llevará una mayor libertad a Cuba. Mentira también que el pueblo de la isla está sufriendo a consecuencia del embargo y no por un régimen de probada ineptitud económica.

Sin embargo, aferrarse al embargo es defender una trinchera que es un blanco perfecto para el enemigo, desde la cual no se puede lanzar un ataque y que solo protege un pozo sin agua, custodiado por un puñado de soldados sedientos.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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