Alejandro Armengol

El dictador y el novelista

Cuando Sadam Hussein fue capturado, uno de sus reclamos lo resumió con una pregunta, que era también una queja: ¿Por qué los militares estadounidenses le habían arrebatado sus materiales de escritura, e impedido con ello dedicarse a una nueva novela, que sería la última?

John Nixon relata la anécdota en Debriefing the President, que saldrá a la venta el 27 de este mes. Nixon, quien fuera analista de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), fue enviado a confirmar la identidad del dictador iraquí, luego de la captura de quien por años sembró el terror en su país y para entonces permanecía escondido en un sótano, en los alrededores de su localidad natal, Tikrit.

Experto en Irak y por cinco años uno de los principales analistas de la CIA sobre el tema, Nixon considera que cuando ocurre la invasión estadounidense, en 2003, lejos de estar empeñado en lanzar ataques con armas de destrucción masiva, Hussein había entregado la dirección del país a su vicepresidente Taha Yasin Ramadán, y a un grupo de asesores, y dedicaba su tiempo a escribir.

El propio Sadam se presentó a Nixon como presidente y escritor, y quería que se le consideraran ambas labores. Según un criterio que Nixon especifica es muy personal —quizá de un modo redundante—, Hussein ya no estaba al mando del país, y su derrocamiento resultó innecesario.

De acuerdo a Debriefing the President, tras el 9/11 Hussein pensó que se abría una oportunidad para que su gobierno y el de Estados Unidos participarán unidos en el combate de un enemigo común. Su régimen no solo no había apoyado a Al Qaeda, sino que consideraba a Osama bin Laden un fanático. Pero los intereses de George W. Bush y su equipo corrían por otros rumbos, que a la larga resultaron tan fantásticos y fanáticos como las novelas de Sadam.

Cuando es capturado, el escribir no era algo nuevo para Sadam Hussein. Ya había publicado tres novelas. Todas definidas por la épica y el misticismo, donde personajes y escenarios adquieren una carga alegórica y en las que siempre se destaca el sentido redentor de una victoria final.

Mientras Irak se encontraba en guerra, entre el 20 de marzo y el 1 de mayo del 2003, estaba supuesta a salir la cuarta novela de Hussein, ¡Afuera, demonios!, anunciada para abril de ese año. Llegaron a imprimirse 40,000 copias, pero no fueron distribuidas debido al triunfo de los aliados. En el 2006 la editorial japonesa Tokuma Shoten publicó una traducción con el título de La danza del diablo y posteriormente también fue traducida al turco. La editorial británica Hesperus ha anunciado la traducción al inglés y planes para lanzarla bajo su sello en diciembre de este año, con motivo del décimo aniversario de la muerte del dictador, que se cumple el próximo día 30.

La autoría de Sadam Hussein sobre estas obras ha sido puesta en duda desde la aparición de la primera novela. Algunos consideran que el dictador iraquí utilizaba uno o varios escritores fantasmas, y que presentarse como novelista en el mundo árabe —donde la educación y la literatura están muy valoradas— era una estrategia para dar una imagen de líder preocupado por los valores culturales de su pueblo, pensador e intelectual. En cualquier caso, las obras carecen de una calidad destacada, y siempre ha pesado más el hecho de su posible autor que el valor literario.

Pero la idea de un dictador entregado a la creación, y abandonando sus funciones, e incluso colocando en peligro su supervivencia, no deja de ser atractiva —aunque algo pedestre— como una señal de pasión o simplemente locura. Y quizá valga la pena reconocer que, en última instancia, las tropas estadounidenses impidieron que Sadam Hussein cometiera nuevos desmanes, solo que literarios.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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