Alejandro Armengol

De dónde son los cantantes

El pecado original de algunos exiliados anticastristas es que no son verdaderos demócratas. Además de una vocación caudillista que nunca los abandona, y que ahora renace con fuerza tras la victoria electoral de Donald Trump, se aferran a tácticas y puntos de vista caducos.

Ni la música ni los chistes se escuchan hoy en un restaurante cubano en Miami. La razón aparenta ser simple: no contaba con los permisos necesarios para realizar tales actividades. Además, el local está atrasado en el pago de impuestos. Por otra parte, varios vecinos, al parecer de la zona, no estaban preocupados por el tono de la música y tampoco por el contenido de los chistes, sino por los creadores de estos, a los que consideran afines al régimen de La Habana.

Ambos hechos, permisos y preferencias, aislados, no dejan de ser comunes en muchos lugares. Pero cuando se unen lanzan un tufo a cacería de brujas que en realidad no llega a la hoguera y queda solo en aquelarre: eso que por décadas ha imperado en la ciudad, que parecía irse extinguiendo, pero que en los últimos meses y semanas ha renacido con relativa fuerza: la barahúnda de esquina.

Lo primero a señalar es que el desacato precede a la falta. The Place of Miami funcionaba desde hace años como una especie de club nocturno los fines de semana, sin que nadie pareciera preocupado por los permisos que se mencionan ahora. Sin embargo, a finales del año recién concluido, el lugar sufrió no una lluvia de estrellas sino de cenizas. Solo que de cenizas muy especiales: las de Fidel Castro.

Primero la polémica entre Francisco Céspedes y Amaury Gutiérrez. Una rencilla musical rebajada a rifirrafe político, con Céspedes de malo y Gutiérrez de bueno para Miami. Categorías que automáticamente se invierten cuando lo ocurrido se comenta en La Habana. La consecuencia final fue que a Céspedes le suspendieron su presentación en The Place. Luego el anunciado concierto de Alexander Abreu y su grupo Havana D’Primera para finales de diciembre, en el mismo lugar y también suspendido.

En esto texto no cuentan —aunque no se comportan— las declaraciones del trompetista Abreu, quien dijo que Fidel Castro fue “el líder más importante del siglo XX, sin temor a equivocarme”. Aquí lo que importa es el procedimiento, más allá del propósito, la motivación de las autoridades de Miami, que recientemente prohibieron los espectáculos en The Place, aunque funcionó como club nocturno por al menos cuatro años.

Pero más importante aún, destacar lo inapropiado de limitar el desarrollo de la conciencia ciudadana al cumplimiento de normas, el valerse de preceptos establecidos legalmente, en determinada sociedad, para imponer la censura. Ello en detrimento del desarrollo de otros valores ciudadanos, como la integridad y el decoro.

Si bien en un sistema totalitario se fuerza el acatamiento legal a los objetivos del Estado, no cabría esperar el uso de igual código en una forma democrática. Justificar, a partir de lo mal hecho allá, las limitaciones impuestas aquí.

Lo grave en estos casos —tanto en La Habana como en Miami— es la utilización del poder en menoscabo de la acción cívica.

Resulta lógico el rechazo, dentro de la comunidad exiliada, de los artistas partidarios del Gobierno cubano. Pero la solución es sencilla para los que viven en la ciudad —a diferencia de lo que ocurre en la isla—, y es simplemente no acudir a sus espectáculos, no pagar la entrada: entonces la cancelación sería por falta de público, no por decreto.

De lo contrario, no se hace más que empecinarse en el uso de la fuerza —con independencia de la legalidad con la cual se administre— para detener algo que se considera contrario o ajeno.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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