Alejandro Armengol

Negando el Holocausto

Por absurdo y horrible que sea, el negar que existió el Holocausto no se escucha solo en los gritos de skinheads o cabezas rapadas, sino al igual es tema de conferencias y aparece en libros. Así que encasillar en un simple esquema de ignorancia y odio callejero los intentos de refutar la masacre es una verdad que, al mismo tiempo, limita su alcance para impugnar la vileza.

Estrenada en los cines de Estados Unidos a finales de septiembre del pasado año, en Gran Bretaña el 27 de enero, y ahora en DVD, Denial se mueve entre la corte y la historia para mostrarnos un caso a la vez único y múltiple, que va del mito de que Hitler no sabía nada, y mucho menos ordenó el exterminio de los judíos, hasta el alcance de lo permisible en una sociedad abierta, así como las debilidades y fortalezas de un sistema democrático liberal. Todo ello a partir de un proceso legal.

La película se basa en el libro de Deborah Lipstadt History on Trial: My Day in Court with a Holocaust Denier y trata del caso David Irving v Penguin Books and Deborah Lipstadt, en que el británico Irving, negador del Holocausto, demandó por difamación a la estadounidense Lipstadt, especialista en Holocausto e Historia Judía, y a la editorial Penguin Books.

Irving presentó su acusación ante un tribunal británico, por lo que el juicio se celebró en Londres y ello obligó, tanto a la historiadora como a la editorial, a demostrar su inocencia (en los casos por difamación en la corte británica, el procedimiento es el opuesto al de las cortes estadounidenses, donde lo que hay que probar es la culpabilidad, en Gran Bretaña el peso de la demostración recae sobre el acusado).

Así, en la película el alegato de la defensa termina convertido en una acusación y Lipstadt gana e Irving pierde. Pero pese a destacar el sufrimiento de los hebreos, la interpretación de Rachel Weisz —una actriz reconocida y de ascendencia judía— y el acierto del elenco, al finalizar la película uno queda un poco con la impresión de que el triunfo tuvo más que ver con un excelente —y costoso— equipo legal, por una parte, y la petulancia de Irving como su propio abogado, por la otra, que con la victoria de la verdad. Algo que, en última instancia, es un mérito de una película menor desde la óptica cinematográfica.

En este sentido, una de las estrategias que lleva al triunfo de los abogados de Lipstadt y la editorial es que estos no permiten que las víctimas hablen. Ningún sobreviviente del Holocausto declara en el juicio. Ganan porque saben usar el silencio a su favor. Un recurso ingenioso legalmente, ¿pero dónde queda el valor de la verdad?

No discuto con quien niega la existencia del Holocausto porque no discuto con quien afirma que Elvis está vivo, dice la protagonista. Y esta afirmación define en parte el tema de la película. Se puede intercambiar sobre las razones, las causas y las consecuencias del hecho, pero cuestionarse su existencia es inadmisible para los judíos. Hay una razón en ello: convertir el asunto en una cuestión de opinión introduce la posibilidad de una realidad alternativa: la negación del hecho. Aquí hay mucho de teleología, pero también un recurso básico de sobrevivencia: sin admitir la excepcionalidad del Holocausto, la vida es más difícil.

Se equivoca quien piense que cualquier discusión de este tipo remonta a otra época, otros países y otros temas. Desde hace años asistimos en Estados Unidos a un uso creciente de la mentira para justificar fines y acciones. La publicación de datos, cifras y documentos, que refutan lo que se dice en los discursos políticos, ha perdido eficacia como instrumento de denuncia. Y para recordarnos los peligros está el Holocausto, que, por supuesto, existió.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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