Alejandro Armengol

ALEJANDRO ARMENGOL: Los límites del bipartidismo

Alejandro Armengol

El inicio del proceso electoral de este año en España parece indicar la fractura del tradicional proceso bipartidista, que por tres décadas ha imperado en la nación europea. Vale la pena preguntarse cuán lejana está la fecha para que algo similar ocurra en Estados Unidos.

Pese a su triunfo electoral en las pasadas elecciones legislativas, el futuro del Partido Republicano está lleno de interrogantes y hasta este momento sus posibles aspirantes a la candidatura presidencial no son más que rezagos del pasado: ni Jeb Bush, ni Chris Christie, ni Ron Paul tienen algo nuevo que ofrecer. Eso por no hablar de quienes son incapaces de aportar más que algún titular, color local y breve entusiasmo parroquial, como los senadores Marco Rubio y Ted Cruz.

Aunque la búsqueda de un candidato apto es un problema que cuenta aún con meses por delante para concretarse, hay un problema más grave que amenaza al Partido Republicano, y es su posible escisión.

Es apresurado afirmar que esta división se materializará, pero de lo que no hay duda es que existen dos fuerzas enfrentadas que pugnan por el control del partido.

Por una parte está un republicanismo revolucionario en su acción y reaccionario y revanchista en su esencia —cuya mejor definición es el Tea Party—, capaz de movilizar electores que se destacan por su activismo. Con ellos hay que contar en los procesos electorales primarios, pero no son suficientes para un triunfo nacional.

Por la otra se halla un conservadurismo reformista, que puede convertirse en una poderosa fuerza política si logra conquistar a la clase media y ganarse a los hispanos —una posibilidad real—, pero que de momento enfrenta el reto de una recuperación económica nacional cada vez más fuerte y un renacimiento de Estados Unidos como poder financiero de primer orden, lo cual llevaría a la pregunta clásica: ¿Dónde estaba el país cuando los republicanos salieron de la Casa Blanca?

Hasta ahora los republicanos parecen inclinados a repetir el esquema del fracaso: unas elecciones primarias marcadas por declaraciones extremas, que se agotan en un discurso que luego no responde a las aspiraciones del electorado nacional.

Sin embargo, pese a la presencia casi constante en la prensa, y en las acciones de algunos congresistas republicanos, la agenda del Tea Party no define por completo la actuación del Partido Republicano. Hay fuerzas intelectuales dentro del mismo que pugnan por una redefinición ideológica, que avance más allá de su agenda tradicional.

Yuval Levin, uno de los ideólogos de la nueva derecha norteamericana y director de la revista National Affairs, considera que los actuales debates entre derecha e izquierda, entre conservadores y progresistas, entre republicanos y demócratas, se fraguaron entre 1770 y 1800. Cree que todo empezó con el debate entre Edmund Burke y Thomas Paine, un reflejo de la tensión entre cambio y preservación.

En este sentido, el debate conservador se ha situado entre los que se mantienen fieles a la idea de Burke —de enmendar la sociedad civil mediante un ajuste de acuerdo a las circunstancias imperantes en cada momento— y quienes buscan destruir todas las leyes que llevaron a la creación de una sociedad con servicios de seguridad social, asistencia pública y beneficios para los más necesitados.

Acabamos de asistir al primer capítulo de lo que podría convertirse en otra debacle para los republicanos en la elección presidencial, con el anuncio del senador Cruz —quien ejemplifica mejor que nadie el fanatismo neoliberal— al buscar la nominación. Sus aspiraciones van mucho más allá de una elección casi imposible de ganar y apuestan al futuro de su partido, o de un nuevo partido.

Aunque más remota, la posibilidad de una fragmentación también está presente en el Partido Demócrata.

Las causas de la creciente desigualdad no se deben al actual mandatario. Todo empezó décadas atrás, con el gobierno de Ronald Reagan, que se caracterizó por destruir los frenos que por décadas impidieron una acumulación desproporcionada de riqueza.

Cuando aspiraba a la presidencia por vez primera, Obama dejó claro que la culpa no solo había que buscarla en Reagan y la familia Bush, sino también en Clinton. La casi segura aspiración de Hillary Clinton a la candidatura demócrata traerá de nuevo a colación el problema, y lo que han hecho o no los demócratas para solucionarlo.

En este sentido resultan pertinentes las críticas formuladas por la senadora demócrata por Massachusetts, Elizabeth Warren.

Al igual que el senador Cruz, la legisladora demócrata no tiene posibilidades de llegar a la presidencia —y hasta ahora ha descartado aspirar—, pero representa un reclamo a tomar en cuenta.

Warrren simboliza los reclamos que el sector más de izquierda dentro de su partido le va a formular al posible candidato presidencial demócrata, sea Hillary u otro.

No resulta aventurada entonces la posibilidad de que el próximo año la elección presidencial, cualquiera que sea su resultado, abra la puerta a un debate mucho más amplio.

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