Alejandro Armengol

La visita del presidente a las tropas, ¿misión imposible en el futuro?

El presidente Donald Trump y la primera dama Melania Trump saludan a miembros de la fuerzas armadas en un comedor en la Base Aérea al-Asad en la provincia Anbar, Irak.
El presidente Donald Trump y la primera dama Melania Trump saludan a miembros de la fuerzas armadas en un comedor en la Base Aérea al-Asad en la provincia Anbar, Irak. NYT

La visita presidencial a los soldados en zonas de combate es parte de la historia de este país. Y, por lo tanto, se ha convertido en una tradición. Aunque cabe preguntarse si en el futuro continuará esta práctica, ya que resulta cada vez más difícil mantener en secreto el viaje.

El 9 de enero de 1943 Franklin D. Roosevelt tomó un tren rumbo norte en Washington. Solo que el mandatario no tenía como objetivo viajar en dicha dirección. Lo hizo simplemente para despistar a los periodistas, para que pensaran que se dirigía a Nueva York.

En Baltimore, Roosevelt cambió de manera subrepticia a otro tren y vino a parar a… Miami. Aquí tomó un avión —convirtiéndose en el primer presidente en volar durante el desempeño del cargo— en ruta hacia el sur.

Lo que vino después fue un recorrido impresionante de horas de vuelo: 10 a Trinidad y Tobago, 9 a Brasil, 19 sobre el Atlántico hasta Gambia y 11 a Casablanca, Marruecos, donde llegó el 14 de enero —cinco días después de haber salido de otra Casa Blanca.

Así, cuando los soldados se pararon en atención para saludar a la delegación visitante, esperaban ver militares y funcionarios de alto rango, pero nunca al presidente de Estados Unidos.

Allí estaba Roosevelt, sentado en un jeep y saludándolos a ellos.

Aunque en realidad no había viajado a África del Norte para ver las tropas, sino por razones estratégicas: para reunirse con el primer ministro británico Winston Churchill y el comandante francés Charles de Gaulle. Sin embargo, tras el encuentro —y en contra de la recomendación del Servicio Secreto— decidió conocer a algunos de los soldados que comandaba.

Por cierto, varios periodistas se encontraban presentes para cubrir la reunión, pero en plena guerra, no se les permitió reportar lo ocurrido hasta días después, cuando el mandatario ya estaba en el largo viaje de regreso a casa, según informa The Washington Post.

Como suele ocurrir con tantos hechos y datos de la Segunda Guerra Mundial —que siguen marcando nuestra época—, aquella visita en la que Roosevelt habló, colocó medallas y comió lo mismo que las tropas pasó a convertirse en tradición; respetada luego en Corea por Dwight D. Eisenhower y más recientemente por George H.W. Bush, Bill Clinton, George W. Bush, Barack Obama y ahora Donald Trump.

Sin embargo, mantener al menos parte de la jornada en reserva y silencio —esencial para este tipo de misión— está resultando cada vez más difícil.

El viaje del presidente Trump a Irak la pasada semana estaba supuesto a ser una sorpresa, pero la Casa Blanca no pudo conservar el secreto por mucho tiempo.

Mientras el miércoles no había información pública sobre dónde se encontraba el mandatario —la ausencia del marine en las afueras del Ala Oeste era una indicación de que no se hallaba en la Oficina Oval—, los aficionados a seguir el recorrido de los vuelos ya habían detectado un Boeing VC-25A —la versión modificada con fines militares del Boeing 747, el avión que se utiliza como Air Force One— volando sobre Europa.

No bastó haber cumplido —al igual que en ocasiones anteriores—, las estrictas medidas de seguridad con los periodistas y las agencias de noticias sobre la divulgación del viaje, ya en internet circulaban las especulaciones sobre el recorrido del presidente.

Los rastreadores de vuelos aficionados fueron los primeros en informar que al parecer Trump había partido de la Base Andrews alrededor de la medianoche del Día de Navidad en un Boeing VC-25A, y que el avión no estaba utilizando la tradicional señal de identificación del Air Force One, sino otra con frecuencia asignada a los vuelos militares de carga, según informa Politico.

Al parecer, incluso la imagen del avión fue divulgada a través de Twitter.

Si durante años los viajes presidenciales a las zonas de combate han representado retos logísticos y de seguridad que se han resuelto con éxito, y los aviones utilizados son poderosos y los recursos para el viaje enormes, cada vez más la tecnología obliga a preguntarnos hasta cuándo será posible mantener esta tradición, que nació en aquel año de aquella guerra que cambió el mapa de Europa y de todo el mundo, y que llevó a Roosevelt un día, a sentarse a comer jamón, judías y boniatos con los soldados estadounidenses en África.

Alejandro Armengol es un escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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