Alejandro Armengol

La batalla que está ganando la prensa, gracias a Trump

Los ataques a los medios de comunicación lideradas por el presidente Trump y sus seguidores, han propiciado precisamente el renacimiento del periodismo investigativo y ha demostrado la necesidad de que existan, escribe Alejandro Armengol. En la foto, un editorial del New York Times a favor de la importancia de una prensa libre.
Los ataques a los medios de comunicación lideradas por el presidente Trump y sus seguidores, han propiciado precisamente el renacimiento del periodismo investigativo y ha demostrado la necesidad de que existan, escribe Alejandro Armengol. En la foto, un editorial del New York Times a favor de la importancia de una prensa libre. AP

Entre otros récords singulares, Donald Trump logró llegar a la Casa Blanca con solo el apoyo del National Enquirer, un tabloide de supermercado.

Luego de dos años de presidencia, ni el Enquirer —envuelto en una trama de ocultamiento y ahora colaborando con los fiscales federales de Nueva York— quiere saber de Trump. No es de extrañar entonces que el mandatario estadounidense se queje una y otra vez de la prensa, y de igual forma esta lo critique a él. Pero reducir la situación a este rifirrafe constante es una simplificación grosera.

La actual administración no ha hecho más que reafirmar —y hasta renovar— la función de los medios informativos. Si Trump se ha referido a la prensa como el “enemigo del pueblo”, es porque su proyección política necesita siempre de un “enemigo”. La urgencia de utilizar al “otro” como causa de males y miedos es un recurso de distracción, fácil y socorrido.

Los partidarios de Trump evidencian una ausencia de mejores argumentos cuando acusan a cualquier columna, artículo de opinión o editorial de falta de objetividad. No solo recurren a un paradigma de lo “políticamente correcto”, que tanto detestan, sino apelan a la hipocresía ante la carencia de mejores recursos.

El llamado balance informativo en una información atañe a las noticias, no a los artículos de opinión.

La administración de Trump no ha logrado demostrar que la mayoría de lo aparecido en la prensa en su contra, desde que asumió la presidencia, sea falso. El criterio de “fake news” es una simple coletilla política e ideológica.

Trump miente sistemáticamente. Esto no es una opinión, es un hecho. Basta revisar sus discursos y confrontarlos con los datos.

Pero lo más paradójico, entre los fanáticos de Trump y el mismo mandatario, es reclamar neutralidad y parcialidad cuando la actual administración carece de ello.

Exigir mesura y neutralidad ante el desenfreno es pedir al contrario que adopte una actitud suicida.

Precisamente lo que viene incubándose desde hace más de dos décadas —y el surgimiento de un fenómeno político como la presidencia de Trump es un resultado de tal situación— es un clima social donde ser neutral o imparcial, incluso actuar racionalmente, ha sido cada vez más relegado. Esto propició la divulgación siempre en aumento de lo que supuestamente los lectores y televidentes preferían, por encima del valor noticioso del hecho. La función social y educativa del periodismo relegada en favor de la complacencia o el simple entretenimiento.

Surgieron así miles de sitios en internet que explotaron la confusión entre informar y opinar, así como la necesidad de confirmar, por medios independientes, la autenticidad de una información. En algunos casos por carencia de medios, en otros por simple comodidad, en muchos porque no fueron creados con tal objetivo, el conjunto de tales emisores de contenidos —lo cual no hay que confundir con emisores de información— vienen conformando un público, e incluso una ciudadanía, adaptada a recibir solo contenidos convenientes.

El internet brinda la posibilidad de una mayor y más rápida difusión de puntos de vista e informaciones. Pero ningún blog aislado o sitio de unos pocos puede sustituir la función de un importante órgano de prensa.

El fenómeno Trump ha propiciado precisamente el renacimiento del periodismo investigativo y nos ha demostrado la necesidad de que existan —con independencia del formato— instituciones noticiosas capaces de ir más allá de la opinión.

De la manera en que Trump y sus partidarios vienen planteando el problema, no se trata de una elemental sustitución de una prensa desfavorable al actual inquilino de la Casa Blanca por otra que destaque sus cualidades. Lo que está en juego es que exista la prensa o desaparezca convertida en una maquinaria de propaganda. Y esta batalla la está ganando la prensa.

Alejandro Armengol es un escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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