Alejandro Armengol

Trump, la locura y la política

Varios comentaristas, entre ellos el esposa de la asesora presidencial Kellyanne Conway, han especulado acerca del estado psicológico del presidente Donald Trump.
Varios comentaristas, entre ellos el esposa de la asesora presidencial Kellyanne Conway, han especulado acerca del estado psicológico del presidente Donald Trump. NYT

El tema de la inestabilidad emocional del presidente Donald Trump ha vuelto de nuevo a la prensa, pero siempre se enfrenta con desventaja a la rutina de la psiquiatría y la psicología: imposible emitir un juicio certero sin los medios adecuados.

Establecer un diagnóstico sin la necesaria entrevista con el enfermo, sin el apoyo de los correspondientes exámenes y sin la existencia de conductas extremas que no dejen duda sobre un comportamiento alucinado remite indiscutiblemente a una valoración en que factores ajenos —la política, las preferencias personales y la antipatía del que juzga— definen el resultado.

George Conway, esposo de la destacada asesora presidencial Kellyanne Conway, se convirtió la semana pasada en el principal impulsor de la tesis, al menos en el campo mediático, con la reproducción de páginas del Diagnostic and Statistical Manual of Mental Disorders (DSM–5), el Manual de Diagnóstico y Estadísticas sobre los Trastornos Mentales, que publica la Asociación de Psiquiatras de Estados Unidos.

Según Conway, Trump presenta los síntomas de sufrir un desorden patológico propio de una personalidad narcisista extrema. Pero como ha declarado su pareja —que ha salido en defensa del presidente— él no es psiquiatra sino abogado.

Sin embargo, muchos, incluso en la Casa Blanca, se preguntan sobre los objetivos del mandatario al lanzarse esa misma semana a lanzar repetidos ataques al fallecido senador estadounidense y héroe nacional John McCain.

¿Por qué esas obsesiones de Trump? ¿A qué obedece el dedicar tiempo y alentar comentarios, reportajes y análisis en la prensa —a la que considera su “enemigo”— sobre tales temas?

Más allá de la existencia de rasgos de la personalidad del mandatario que pueden caracterizarse de irracionales —en última instancia, en mayor o menor grado todos los tenemos— vale la pena preguntarse si se trata más bien de una táctica política de fomentar el caos como forma de manipulación de la opinión pública, algo que por otra parte le ha brindado réditos políticos.

Rechazar ese comportamiento es otra cosa. Pero entonces volvemos al terreno de la política, el campo adecuado de criticar al presidente, y no se alimenta un argumento que en resumidas cuentas no hace más que girar sobre el dichoso impeachment (juicio político), cada vez más lejano o imposible sino ocurre una revelación sorprendente.

No es la primera vez que se menciona la “locura” de Trump o su incapacidad emocional para el cargo. Desde la campaña por la presidencia, psiquiatras se refirieron al tema e incluso un grupo de expertos emitió un documento al respecto. Aunque más adecuado resulta analizar si el presidente no está utilizando la “Teoría del loco” (Madman theory) con fines políticos.

El primer presidente estadounidense al que se le atribuyó el uso de la “Teoría del loco” fue Richard Nixon (1969-1974), supuestamente para intimidar a la Unión Soviética y a Corea del Norte. H. R. Haldeman, quien fuera jefe de gabinete de Nixon, escribió que este le habló de esa teoría.

La idea básicamente consiste en mostrarse frente a los enemigos como alguien demasiado impredecible o dispuesto a ir al combate, para disuadirlos de actuar contra los intereses propios.

Durante la confrontación inicial entre Trump y el gobernante norcoreano Kim Jong-un llovieron las acusaciones mutuas de locura, en una danza de recriminaciones, donde la psiquiatría no era más que la política por otros medios.

Las conjeturas de que Trump actúa de ese modo surgieron desde antes que asumiera la presidencia. Él mismo reivindicó la carta de la imprevisibilidad a lo largo de su campaña electoral.

“Tenemos que ser impredecibles”, respondió en 2016 cuando el diario The Washington Post le preguntó cómo actuaría ante el expansionismo chino.

“Somos totalmente predecibles. Y lo predecible es malo”.

Sin embargo, la imprevisibilidad puede ser peligrosa.

“Puede haber (…) algún mérito en la ‘Teoría del loco’ hasta que te encuentras en una crisis”, dijo David Petraeus, general retirado de EEUU, en una conversación que tuvo lugar en la Universidad de Nueva York en 2017.

Cabe entonces esperar que ese actuar como “un loco”, sin serlo, no tenga los mismos resultados catastróficos que ocurrirían ante una locura verdadera.

Alejandro Armengol es un escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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