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Alejandro Armengol

La Cumbre por la Democracia de Biden y los desafíos autoritarios a la democracia | Opinión

El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, da el discurso inicial para inaugurar La Cumbre por la Democracia, el jueves 9 de diciembre de 2021, desde la Casa Blanca. El encuentro virtual fue una oportunidad para que representantes de 110 naciones pudieran analizar los retos de la democracia. 
El presidente de Estados Unidos, Joe Biden, da el discurso inicial para inaugurar La Cumbre por la Democracia, el jueves 9 de diciembre de 2021, desde la Casa Blanca. El encuentro virtual fue una oportunidad para que representantes de 110 naciones pudieran analizar los retos de la democracia.  AP

Una sombra, una esperanza y muchos desafíos se extienden sobre la Cumbre de la Democracia del presidente Joe Biden. La guerra, el caos financiero, las dificultades para proteger el ambiente y la rivalidad internacional son algunas de las amenazas.

Sin embargo, en los últimos años una inquietante cuestión se hace cada vez más persistente: ¿sobrevivirán los sistemas democráticos liberales, tanto en Europa como en Estados Unidos, al peligro autoritario con ropaje populista?

La pregunta es pertinente cuando se contempla la fuerza que adquieren movimientos que hace unas pocas décadas no existían, se consideraba imposible su resurgimiento o eran tratados como residuos marginales.

Incluso cada vez es más frecuente que estos movimientos lleguen al poder o adquieran una suficiente cuota de este que les permita jugar un papel clave en un gobierno de coalición.

La esperanza surgida con la caída de la URSS y la desaparición del campo socialista —la expresión ejemplar aunque no única del totalitarismo tras la derrota del nazismo y el fascismo en Europa— se ha visto en buena medida desplazada por un auge de un autoritarismo de signos diversos —que incluso no desprecia la vía electoral aunque en muchas ocasiones la tergiversa— y que siempre ofrece una creencia de eficiencia y estabilidad. Este fenómeno incluso trasciende el ya viejo axioma del “miedo a la libertad” para situarse en un terreno más pragmático, propio de vendedores de baratijas: ofrece el bienestar económico y la seguridad ciudadana a la vuelta de la esquina, al tiempo que deja a un lado las definiciones ideológicas precisas.

Ante este panorama, cada vez resulta más destacado el hecho de que, en muchas ocasiones, las sociedades democráticas parecen estar sometidas a una crónica inestabilidad y dominadas por la confusión, donde da la impresión que predominan el inmediatismo y las acciones precipitadas. Así, se vive en ellas bajo una constante alternancia entre la excitación y la inercia.

Un ejemplo cotidiano en este sentido lo encontramos en las redes sociales, donde el principio básico de la libertad de expresión ya resulta casi imposible de desligar de una manipulación dirigida a los objetivos políticos más diversos, o simplemente al afán de satisfacer el placer de desorientar, como un ejercicio cínico y de un hedonismo primario.

Las tecnologías más avanzadas cumplen de esta manera, y de forma paradójica, una función —más que primaria— primitiva.

Esta aparente incapacidad de la democracia se hizo patente en la crisis económica de 2008, cuando las naciones europeas y Estados Unidos se vieron a las puertas o inmersas en una nueva “Gran Recesión”, mientras China mantenía un fuerte crecimiento económico.

Luego se vio que dichos países contaban con recursos e instituciones para salir del atolladero, pero pese a la superación —en parte o totalmente— del hundimiento financiero, comercial y en general económico, los embates en lo social, cultural y político aún se sienten.

Frente a la calamidad económica, dio la impresión entonces que la propia democracia parecía fatalmente limitada, escasa de recursos, casi impotente o al menos retardada en las respuestas.

Tan temprano como en 1933, el escritor inglés H.G. Wells predijo que la democracia pronto sería descartada como “demasiado lenta para los enigmas políticos y económicos urgentes, con la ruina y la muerte a la puerta”.

El pronóstico no se cumplió, y tras la Segunda Guerra Mundial el sistema democrático liberal salió fortificado, pero también lo hizo el totalitarismo soviético. Si luego este último se despedazó desde los cimientos hasta la cumbre, no por ello el resultado se ha visto libre de tropiezos y retrocesos, en lo que a una formulación democrática se refiere.

Nada de lo anterior impide sustentar las esperanzas en la democracia. Una y otra vez, esta ha demostrado ser el mejor modelo para superar las crisis, con la gran ventaja —y no es esta un resultado colateral, sino inherente a la forma de gobierno— del beneficio de la libertad individual, ciudadana y política.

Cuando viajó a América, en 1831, Alexis de Tocqueville quedó impresionado por la calidad frenética y sin sentido de la política democrática. Los ciudadanos siempre se quejaban y sus políticos se lanzaban fanfarronadas interminablemente. El descontento era interrumpido con frecuencia por explosiones de pánico absoluto, a medida que los resentimientos se extendían.

Sin embargo, Tocqueville notó algo más sobre la democracia estadounidense: que debajo de la superficie caótica era bastante estable. El descontento de los ciudadanos coincidía con una fe subyacente de que la política democrática vería los errores y vencería al final. Porque la libertad de expresión incluye el poder decir que la democracia no funciona.

Las amenazas no cesan, incluso en Estados Unidos, aunque en este país las instituciones democráticas han resistido los embates hacia los extremos, el peligro está lejos de desaparecer. Solo cabe esperar que la predicción de Wells siga sin cumplirse.

Alejandro Armengol es un escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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