Alejandro Armengol

Cuba y los americanos de segunda

Gracias a la política de “deshielo” del presidente Barack Obama hacia Cuba, el exilio de Miami tiene otra buena causa para protestar contra el régimen de La Habana. Los motivos son válidos, pero de lo que no es fácil estar tan seguro es del alcance de la ira.

La compañía Carnival Corporation, a través de su “empresa hermana” Fathom Travel, comenzará a brindar un servicio de viajes de cruceros a Cuba a partir del 1ro. de mayo. Pero las leyes cubanas vigentes prohíben que personas nacidas en Cuba entren a la isla por mar, y Fathom no puede aceptar que los nacidos en Cuba se suban al barco.

Lo que está haciendo Fathom no es nada fuera de lo común en una empresa que brinda servicios de viaje. Cualquiera que intente abordar un vuelo internacional en un aeropuerto de Estados Unidos tiene primero que enseñar su pasaporte. Si no tiene la visa correspondiente, o si el pasaporte estadounidense no le otorga el privilegio de viajar sin ella, la aerolínea no lo admite.

La medida tampoco es nueva. La conocen quienes a bordo de un yate habían intentado entrar en su país de origen. Pero hasta ahora solo eran algunos afortunados las víctimas de tal arbitrariedad.

Ahora los afortunados son más, quienes pueden pagar un costoso crucero, y posiblemente dentro de poco les llegue el turno a los que tienen menos: los que desearían tomar un ferri para ir a Cuba y gastar solo una parte de lo que cuesta un pasaje en avión.

De llegar ese momento, afortunados y no tan afortunados tendrán un reclamo común.

Lo que llama la atención en todo esto es como el camino hacia una posible normalización entre los dos países atraviesa por una serie de situaciones más cercanas a la farsa que al raciocinio. Y eso que uno de los argumentos fundamentales para iniciarlo fue abandonar una política sin resultados.

“No creo que debamos hacer lo mismo durante otras cinco décadas y esperar un resultado distinto”, dijo el presidente Barack Obama al anunciar el inicio del restablecimiento de relaciones con Cuba. Y tenía razón.

Solo que el gobierno cubano continúa empeñado en repetir lo mismo, porque considera que a él sí le ha dado resultados.

Abolir la medida cubana no es algo difícil. No implica problemas políticos ni ideológicos. Es simplemente cerrar una puerta al pasado.

Pero nadie se atreve a hacerlo o proponerlo hasta que Raúl Castro no lo indique. Y el negocio de los cruceros es algo en lo que el gobierno cubano siempre ha tenido más reserva que empeño. Incluso Fidel Castro llegó a desestimarlo en un momento.

Uno de los aspectos que nunca ha visto Cuba con agrado es que, a diferencia de otras formas de turismo, quienes van en un crucero no se hospedan en los hoteles ni la mayor parte del tiempo comen en restaurantes. Pero más allá del factor económico, al gobierno cubano le gusta la compartimentación: los turistas extranjeros para un lado y los exiliados para otro. Y eso no es posible en un crucero.

A Carnival lo que le preocupa es hacer dinero. Los líos de los cubanos que los arreglen entre ellos. Pero es que hay muchos que nacieron en Cuba y ahora son tan ciudadanos de este país como quienes nacieron aquí.

Así que más allá de demandar a la empresa —bajo el artilugio legal de que un crucero es a la vez un lugar de hospedaje— lo que hay que hacer es demandar y exigir al gobierno de este país, para que sus ciudadanos por nacionalización no sean considerados norteamericanos de segunda categoría en su lugar de nacimiento.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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