Alejandro Armengol

Mercantilismo, alboroto y embargo

Uno de los argumentos repetidos en contra de cualquier medida que busque reducir las restricciones impuestas por el embargo norteamericano hacia Cuba es que de esta forma se alienta el mercantilismo impuesto por el régimen. En realidad, de levantarse el embargo, la tendencia económica que terminaría imponiéndose sería todo lo contrario.

El capitalismo moderno está fundamentado en la noción de un mercado libre de mercancías, servicios e ideas. Por contraste, el mercantilismo fue el sistema económico que dominó en la economía de Europa Occidental desde el siglo XVI hasta finales del siglo XVIII. Este se fundamentaba en una política estatal de beneficios mutuos entre la clase mercantil y un gobierno que buscaba fortalecerse.

El régimen cubano prohíbe a la población el comercio privado, salvo en lo que se refiere a operaciones limitadas de ventas de artículos elaborados artesanalmente o producidos en pequeñas cantidades. Es decir, se permite el trabajo por cuenta propia en ciertas áreas y se han autorizado —y están en aumento— las empresas familiares, cooperativas y particulares dedicados a la gestión de servicios. Pero en lo que se refiere al sector comercial en una escala mayor, no hay intenciones de autorizarlo.

Se puede tener un taller de reparaciones, una peluquería o un restaurante propiedad de un individuo, una familia o varios asociados, pero no un supermercado, ni tampoco lo que se conoce en Cuba como bodega —un sitio dedicado a la venta de comestibles, que se adquieren en el comercio mayorista, y por lo general situado en la esquina de una cuadra. Hay vendedores de alimentos, que cosechan ellos mismos o compran a campesinos y luego ofertan en la calle, un sitio destinado a este tipo de actividades o mediante una red de clientes surgida a través del contacto personal.

Si bien la gestión comercial privada ha logrado cierto desarrollo, sus limitaciones son muchas. Eso hace que la mayor parte de la producción y distribución de mercancías continúe en poder de la empresa estatal o de corporaciones mixtas —con capital e incluso administración privada, aunque foránea, y participación del Estado, es decir: del gobierno.

Se pueden vender confecciones elaboradas por productores privados, pero un cubano no puede abrir una tienda de venta de ropa adquirida en el extranjero. Hay actividades permitidas de momento, pero no plenamente autorizadas, lo que conlleva un amplio margen donde se confunden la ilegalidad, el mercado negro y la corrupción. Un extranjero puede abrir un negocio, siempre y cuando lo autorice el gobierno y esté dispuesto a asumir los riesgos de llevar a cabo transacciones que durante años le “dejan hacer” y un día le decomisan la empresa, multan o castigan con la cárcel por las razones más diversas.

Así que resulta válido afirmar que más que un capitalismo en desarrollo, lo que el régimen cubano permite de momento es tanto el “timbiriche” como una forma de mercantilismo propia donde el favoritismo, el patronazgo y el rentismo se dan la mano de formas diversas y siempre riesgosas.

En cuanto a las operaciones comerciales de envergadura —donde realmente están las ganancias sustanciosas y las posibilidades de desarrollo empresarial— estas se encuentran estrictamente reservadas para el Estado y sus gobernantes. Cada dólar que ha sido negociado con Cuba, por las firmas norteamericanas, ha sido tramitado por una entidad que es propiedad del régimen castrista y operada por éste. En igual sentido, de incrementarse, el comercio con Estados Unidos será fundamentalmente mediante empresas estatales de este tipo.

Es cierto que el gobierno cubano practica el mercantilismo económico, pero hay que agregar que la política del embargo contribuye a ello. Esto no quiere decir que la eliminación de las restricciones comerciales implicaría el fin de las prácticas mercantilistas en Cuba, pero sí puede afirmarse que el embargo brinda un medio ideal para el desarrollo del mercantilismo.

El recurrir a un embargo es una solución relativamente sencilla para los gobernantes de cualquier parte del mundo. La justificación perfecta ante la incapacidad o el deseo de hacer algo mejor. No basta con repetir con mayor o menor énfasis que funcionaron anteriormente. La época de los embargos es cosa del pasado. No se puede jugar a la subordinación del comercio según dictados gubernamentales y decirle al mundo que abra las fronteras a los productos norteamericanos. Incluso las sanciones económicas —que no deben confundirse con un embargo— tienen una efectividad limitada.

En la actualidad el embargo no es una medida que se valora de forma positiva, en el país donde un mandatario la promulgó en 1962, luego de tener a buen resguardo una provisión tal de tabacos que le sobreviviría.

Kennedy no vivió lo suficiente para conocer que no era la ley sino el tabaco lo que dañaba la salud. Ahora el embargo comienza a convertirse en humo, porque los norteamericanos no quieren quedar fuera del reparto de puros.

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