Alejandro Armengol

Los peligros del caos y la escasez en Cuba

La vuelta de algunos apagones, las reducciones de combustible y sobre todo el temor de que el país se encuentra a las puertas de otro “período especial”, aunque con otro nombre, ha despertado no solo temores en Cuba, sino también cierta ilusión más o menos manifiesta en determinados sectores del exilio —incluso se podría decir cierto paladeo— de que la situación podría llevar a un estallido social y ello traería aparejado el fin del régimen.

Esta búsqueda de una ilusión constante —muerte de Fidel Castro, desaparición del chavismo, Marco Rubio presidente— aflora con frecuencia en Miami y se justifica por razones políticas, emocionales y hasta de justicia. Sin embargo, trascenderla evita las subsiguientes desilusiones. Deslindar posibilidades se transforma en un ejercicio necesario.

En Cuba se ha producido un cambio de circunstancias que a veces resulta difícil de entender desde el exterior.

La actitud de un aparentar, de que se vive en un mundo de felicidad permanente aunque con dificultades —efervescencia revolucionaria, solidaridad internacional combatividad absoluta—, ha sido sustituida por otra en donde impera la queja del momento.

Se deplora una “situación” en que las dificultades se multiplican y parecen no tener fin, aunque el lamento no tiende a concretarse en factores y causas. Todos se quejan, pero eluden hablar mal del “gobierno” y mucho menos de quienes lo dirigen.

En este sentido se ha pasado de asumir verbalmente una actitud ideológica hipócrita —ya sea por temor u oportunismo— a otra en que la política se omite, no se menciona.

Si antes el cubano era politizado en extremo —aunque en muchos casos no sincero—, ahora tiende a expresarse con un recurrir constante a su entorno familiar, incluso de amigos y compañeros de trabajo: el familiar que vive en Estados Unidos, el pariente de Europa, el amigo que se marchó y con el que ha vuelto a hablar al cabo de 20 años, el viaje que se pudo o no se pudo dar.

De esta manera la conversación actual tiende a la libreta pseudoturística, la hoja de peticiones, los recuerdos amargos y alegres y las esperanzas, si sobreviven. El ajiaco ideológico —que es hoy en día lo que podría considerarse “discurso oficial”— se complementa con esta especie de “hoja de ruta” personal, que se exhibe en la isla.

Por ello no hay que olvidar que los temores que despiertan los recortes en las entregas de petróleo desde Venezuela ocurren en individuos cuya vinculación con el Estado no resulta tan estrecha como en la década de 1990. Añadir además que una de las diferencias fundamentales entre la situación actual y la de finales del siglo pasado es la creciente importancia del factor dinero dentro de la sociedad. Concluir que ante la posibilidad de una crisis, los cubanos agotarán sus recursos personales —que se han multiplicado— antes de lanzarse a un estallido social.

En este sentido, uno de los aliados que por décadas ha empleado el Gobierno cubano es la escasez. La falta de todo, desde alimentos hasta una vivienda o un automóvil, ha sido utilizada tanto para alimentar la envidia y el resentimiento, como para ocupar buena parte de la vida cotidiana de los cubanos. Con su vida fundamentada sobre el principio de la escasez, tanto económica como sicológica, el cubano vive presa de la corrupción, que detesta y practica con igual fuerza.

Por ello en los próximos meses algunas de las consecuencias de un aumento de las dificultades cotidianas, para quienes viven en Cuba, repercutirán con fuerza no solo en la isla sino también en Miami. En billeteras, remesas y viajes. Y es que por lo común el cubano —como en la Divina Comedia— tiene un pariente en el cielo, y otro en el infierno.

Escritor cubano radicado en Estados Unidos. Director editorial de Cubaencuentro.com.

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