El triunfo de la ‘gusanera’ llegó con el de los candidatos opuestos al deshielo
Es una perversa narrativa.
La narrativa de los intercambios académicos que iban a provocar un renacer libertario en la inteligencia oficialista. La de los conciertos y las grabaciones de los músicos de aquí y de allá que le arrebatarían a la dictadura su garra sobre la expresión popular.
La de los novelistas y artistas pretendidamente heterodoxos que se niegan a responder en Miami las preguntas que tienen que hacerse en Miami, pero que en Madrid, París o un poco más al norte de la Florida, juran que en Cuba (¡bajo una censura totalitaria de 58 años!) siempre han sido libres para crear.
La narrativa del Cuba Study Group, de Carlos Saladrigas. La de CubaNow, de Ricardo Herrero. La de CAFE (Cuban Americans for Engagement) y sus variantes de la blogosfera. La de CubaOne, de Giancarlo Sopo. La de OnCuba, de Hugo Cancio. La de la Iglesia Católica de Cuba. La del Papa Francisco que ve a La Habana como la capital de la unidad. Así como se oye: la capital de la unidad.
¡Oh, cuántas voces para una narrativa! ¿Por qué tantas voces si todas dicen lo mismo? ¿Si todas claman por permitirle a los Castro transitar de la dictadura sin mercado a la dictadura con mercado? ¿Algunas de estas voces ha protestado por el aumento de la represión? ¿Alguna protestó ante la retranca involucionista del último congreso del Partido? No. Las voces solamente piden, al unísono, dinero para los Castro. Dinero de los viajes. Dinero de las remesas. Dinero de las inversiones con la nomenklatura. Dinero de Washington. Dinero de la Unión Europea. Dinero. Dinero. Mucho dinero para los Castro.
¿De qué manera, pues, tantas voces mantienen la coherencia, la persistente uniformidad de la narrativa? ¿Cuál será el espíritu que, como en las películas de exorcismos, cobra su sórdida multiplicidad y su inquebrantable propósito en estas voces? La narrativa de los empresarios cubanoamericanos que cenan a media tarde en La Guarida con los funcionarios del Minrex. La narrativa de los académicos y activistas que en Miami se dedican a combatir “la línea dura”, de los reguetoneros de la isla que traen el procaz mensaje de la gozadera en servidumbre, de los periodistas y presentadores y analistas de Miami que colapsan en cámara con el fingido orgasmo de la reconciliación nacional.
La narrativa que compró el presidente Barack Obama. Bien porque lo engañaron. Bien porque formaba parte del engaño. Una narrativa impermeable a los hechos. Como una doctrina. Con las encuestas del doctor Grenier de la Universidad Internacional de la Florida. Con los simposios sobre “los cambios que no se ven”. Con sus jineteras, sus pícaros, sus congresistas, sus galeristas, sus bongoseros y hasta sus mártires.
La narrativa de que el exilio ha perdido su dolor, su moral, su razón. Una narrativa para arrebatarnos la legitimidad del odio. Como si odiar a los tiranos fuera algo perturbable, pasado de moda, de mal gusto. Vaya, que no es fino eso de odiar a los Castro. Como si nadie hubiera sido fusilado ni encarcelado en Cuba. Como si los carceleros hubieran pedido perdón. Como si todavía no estuvieran en el poder.
Pues bien, esa narrativa acaba de sufrir una estrepitosa derrota en las urnas el pasado 8 de noviembre, cuando fueron borrados del mapa todos los candidatos que apoyaron la política de Obama a favor de los Castro. Desde Joe García a Patrick Murphy. Cuando volvieron a ser reelegidos los candidatos de la gusanera. Sorry, Saladrigas. Sorry, doctor Grenier.
A ver a quién le cuentan ahora que el exilio ya no es el exilio.
Esta historia fue publicada originalmente el 23 de noviembre de 2016, 4:21 p. m. with the headline "El triunfo de la ‘gusanera’ llegó con el de los candidatos opuestos al deshielo."