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Es obvio que la lucha de los afroamericanos por el pleno derecho al voto nunca jamás terminará | Opinión

Dos demócratas impidieron la aprobación de la Ley del Derecho al Voto.
Dos demócratas impidieron la aprobación de la Ley del Derecho al Voto. Getty Images

En la Biblia, en la Epístola a los Gálatas, el apóstol Pablo lanza esta advertencia:

“No nos cansemos de hacer el bien”.

Hablando de cosas que son más fáciles de decir que de hacer. Para algunos de nosotros, después de todo, esta es una temporada de cansancio, una temporada de esperanza agotada y de expectativas desgastadas, sentimientos que habrían parecido imposibles en aquella victoriosa noche de noviembre de hace 14 años, cuando un senador afroamericano, recién elegido presidente de Estados Unidos, se subió a un escenario en Grant Park, Chicago y proclamó: “El cambio llegó a Estados Unidos”.

Se demostraría que tenía razón, aunque de una manera que ninguno de nosotros podía haber predicho. Estados Unidos cambió, sin duda. Impulsada por los temores raciales de la derecha política, nuestra política se volvió primero estridente, luego incoherente y después, en hace un año en enero, violenta. También se volvió más excluyente. Impulsada por una sentencia de la Corte Suprema que arrancó el corazón a la Ley del Derecho al Voto, la derecha aprobó nuevas leyes tipo Jim Crow diseñadas para dificultar el voto de la gente de color.

Y así llegamos a este notable punto en el que los proyectos de ley para reparar la Ley de Derecho al Voto y proteger el acceso al voto fueron derrotados en el Senado. Y lo que es aún más irritante, el margen de esa derrota lo proporcionan dos demócratas bajo el ridículo razonamiento de que los republicanos –quienes se oponen al derecho al voto– deben firmar cualquier legislación que busque defender esos derechos.

“¿No nos cansemos?”. ¿Cómo podemos no hacerlo?

Ese cansancio emocional proviene menos del hecho de que tengamos que librar esta batalla, que del hecho de que tengamos que librarla de nuevo, de que un derecho fundamental reivindicado con sangre en el puente Edmund Pettus en Selma hace 57 años esté de nuevo en peligro.

Esto nos lleva a una conclusión aleccionadora: No habrá una línea de meta, ningún punto en el que se pueda considerar que la victoria se obtuvo con seguridad. Siempre estaremos luchando porque siempre nos atacarán.

Uno recuerda lo que dijo el difunto Lerone Bennett Jr. unos meses después de que aquel senador afroamericano proclamara el cambio, mientras otros reflexionaban sobre la idea de alguna victoria final sobre el racismo.

“Soy un gato viejo”, observó el entonces historiador de 80 años. “Estuve aquí aquel gran lunes en que la Corte Suprema ordenó la integración. Estuve aquí cuando Lyndon Johnson dijo: ‘Venceremos’ en la televisión en horario de máxima audiencia. La gente dijo que se había acabado. Nos equivocamos. No se acabó entonces, no se acabó en 1965, no se acabó cuando se aprobaron las enmiendas 14 y 15... y no se acabó ahora”.

Resultó ser una observación asombrosamente premonitoria. Y asombrosamente dolorosa, también.

Con perdón del apóstol Pablo, a veces no puedes evitar cansarte. Lo que nos define es lo que ocurre después de hacerlo: si seguimos adelante de todos modos o levantamos las manos y aceptamos la derrota. Vale la pena señalar que eso ni siquiera es una cuestión para las fuerzas de la intolerancia.

Nunca hay que rogarles o intimidarles para que acudan a las urnas, como sucede tan a menudo con el resto de nosotros. La cuestión es que incluso –no, especialmente– a través de nuestro cansancio y decepción, tenemos que votar.

Y luchar. De hecho, ahora sería un momento excelente para una renovada campaña de desobediencia civil y de retirada económica dirigida a quienes apoyan la restricción de este derecho tan fundamental.

Sobre todo, debemos hacer las paces con la idea de que libramos una guerra que nunca podremos ganar de forma total y definitivamente. Podría ser útil aferrarse al grano de esperanza que vive dentro de esa amarga verdad. Toda victoria puede ser anulada, sí.

Eso significa que toda derrota también puede ser anulada.

Pitts
Pitts
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