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Olga Connor: Es la hora de una magistrada negra en la Corte Suprema | Opinión

Ketanji Brown Jackson, nominada para ser jueza del circuito de EEUU para el Distrito de Columbia, testifica ante una audiencia del Comité Judicial del Senado sobre nominaciones judiciales en Capitol Hill en Washington, el 28 de abril de 2021. Jackson se encuentra entre las mujeres consideradas como las mejores prospectas para reemplazar al juez saliente Stephen Breyer y cumplir una promesa de campaña que Biden hizo para nominar a la primera mujer negra a la corte. (Tom Williams/Pool vía AP, Archivo)
Ketanji Brown Jackson, nominada para ser jueza del circuito de EEUU para el Distrito de Columbia, testifica ante una audiencia del Comité Judicial del Senado sobre nominaciones judiciales en Capitol Hill en Washington, el 28 de abril de 2021. Jackson se encuentra entre las mujeres consideradas como las mejores prospectas para reemplazar al juez saliente Stephen Breyer y cumplir una promesa de campaña que Biden hizo para nominar a la primera mujer negra a la corte. (Tom Williams/Pool vía AP, Archivo) AP

Algunos amigos han expresado disgusto, siguiendo la opinión del senador Ted Cruz, de que el presidente Joe Biden haya decidido que para cubrir la magistratura vacante de la Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos (SCOTUS) escogerá solamente entre un grupo de juezas negras en la nación.

Cruz lo considera ofensivo, y otros políticos republicanos lo asimilan a la acción afirmativa de la década del 70. Opinan que se debe escoger el mejor candidato, sin especificar razas, ni género, ni condición. Como si la mejor opción no estuviera en ese grupo de candidatas.

Devin Dwyer, de ABC News, dice que solo el 23% de los estadounidenses está de acuerdo con Biden. Más de tres cuartos de los estadounidenses quieren que el Presidente no escoja entre juezas negras.

El hecho de que haya varias candidatas debiera ser suficiente para demostrar que hay un mundo del que no queremos saber nada en Estados Unidos de América. La gente olvida la historia de este país y de la Corte Suprema misma, donde siempre se escogían magistrados dentro de un círculo específico, masculino y blanco.

O más bien, lo que aptamente Julian Fellowes definió como “las villas”, o clases sociales, dentro de la sociedad americana de Nueva York a fines del siglo XIX, que es el tema de la serie The Gilded Age en la Cadena HBO, y que incluye también el círculo o clase rica de la población libre negra, en Brooklyn, representada por el personaje de la escritora Miss Peggy Scott, un personaje ficticio, pero representativo de varios de la época. Porque no se puede olvidar que también las mujeres negras se aliaron a las blancas para pedir el voto femenino.

Yo sé, por experiencia propia, lo que significan estos ámbitos separados sociales. Soy la hija de un círculo gallego, en la ciudad de La Habana. Y no había chance de que hubiese congo, ni carabalí en mi pasado. Pero, a pesar de ser supuestamente blanca y católica, sentí discriminación en las escuelas y en algunos barrios, porque era hija de gallegos inmigrantes. Era la primera nacida en Cuba de esa familia. Además, no eran gallegos ricos.

Me gritaban ¡gallega! de modo despectivo, me retaban a peleas en la escuela. Lo que le demuestra a la equivocada actriz Whoopi Goldberg en su reto a los judíos que no es el color, sino el origen, la etnicidad o la religión de donde procedes lo que mueve al prejuicio.

Fui a dos escuelas privadas, pero con becas, de niños de familias también descendientes de españoles, que colonizaron a Cuba hasta fines del siglo XIX, pero con actitudes discriminatorias contra los inmigrantes recientes de España. Esto se demostraba en la fama de una pareja de comediantes por radio, y luego por la televisión, que unía a dos focos de las bromas sobre los prejuicios más prevalentes en Cuba: Garrido (el negrito) y Piñeiro (el gallego), o “Chicharito y Sopeira”. El primero era el “vivo” y el segundo el “tonto” en una ecuación que los hizo extraordinariamente famosos.

En 1971, como alumna de la Universidad de Pennsylvania, en Filadelfia me hice feminista. En 1974, Jean Perkins, profesora de Swarthmore College, donde yo trabajé siete años, también se hizo feminista, como muchas de nosotras. Ambas abogamos por esa acción afirmativa ante la discriminación operante. Porque a las mujeres nos trataron con el mismo desprecio que se ha tratado a los descendientes de esclavos en este país.

Pasé del círculo de gallegos inmigrantes de mi niñez en Cuba, al de las mujeres prohibidas en el sistema del Ivy League. Y Jean encontró su muralla cuando el decano la hizo jefa del departamento de idiomas y sus compañeros varones fueron a protestar y le quitaron el puesto. El jefe de mi departamento de Lenguas Romances en Penn me dijo a las claras que no aspirara a ser catedrática en aquella universidad, porque allí no podía dársele un puesto con “tenure” o permanencia a una mujer, aunque la mitad del estudiantado era femenino. Ambas conseguimos finalmente nuestro objetivo social, tratando de empezar por una sola victoria a la vez.

Este fenómeno sociológico demuestra que siempre ha habido círculos específicos de donde escoger y la Corte Suprema del país es un ejemplo palpable. En primer lugar tenía que ser un juez masculino blanco, en segundo lugar del partido en el poder, en tercer lugar de la religión apropiada, etc.

Hasta que comenzó a cambiar la sociedad y nada menos que Ronald Reagan escogió a Sandra Day O’Connor, en 1981, la primera jueza. Diez años más tarde le tocó a un hombre negro, el segundo, Clarence Thomas, con George H.W. Bush. Luego a una jueza judía, Ruth Bader Ginsburg, en 1993, después a una latina, Sonia Sotomayor, en 2009, ahora le tocará a una mujer negra, y llegará el momento en que alguien de la comunidad LGBTIQ+ sea admitido en la Corte.

Será la única manera de que toda la población esté completamente representada. ¡Ah!, faltaría un verdadero americano: el de una tribu indígena.

Olga Connor es una escritora cubana. Correo: olconnor@bellsouth.net.

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de febrero de 2022, 7:00 a. m..

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