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Solo China o los ‘siloviki’ pueden parar a Putin | Opinión

Para China, las sanciones occidentales a Rusia fueron una oportunidad para bajar los precios de sus importaciones porque Moscú necesita una salida para sus recursos y generar actividad económica compensatoria. En la foto Vladimir Putin, (izq) y Xi Jinping en foto de archivo de mayo, 2015.
Para China, las sanciones occidentales a Rusia fueron una oportunidad para bajar los precios de sus importaciones porque Moscú necesita una salida para sus recursos y generar actividad económica compensatoria. En la foto Vladimir Putin, (izq) y Xi Jinping en foto de archivo de mayo, 2015. AP

Cuando ya la agonía del imperio soviético era imparable, uno de los principales ideólogos del Partido Comunista, Georgi Arbatov, advirtió durante una conferencia en la Universidad de California en diciembre de 1988: “Vamos a hacer una cosa terrible contra ustedes [Estados Unidos], les vamos a privar de un enemigo”.

Y así fue. La Guerra Fría finalizó al cesar la enemistad por ambas partes, dando paso a un nuevo capítulo —inédito hasta ese momento en la historia moderna— en el que dejó de considerarse axioma que “para tener un gran imperio se necesita un gran enemigo”. En su lugar, se impulsó una fórmula de convivencia global, un nuevo orden, centrado en la prosperidad económica de las naciones, del que se ha beneficiado Rusia y, sobre todo, China.

Ahora hay vientos soplando en dirección contraria.

La guerra de Ucrania no es más que el primer asalto de Vladimir Putin para derribar ese orden de paz y prosperidad global, y sustituirlo por el “viejo orden” de enemigos. No con el fin de volver a un mundo bipolar Rusia-Estados Unidos, en el que sabe que no puede competir, sino para crear un eje con China en desafío a la supremacía de Estados Unidos y el poder de la Unión Europea.

Dictaduras contra democracias

Lo ha admitido abiertamente esta semana el propio canciller ruso, Sergey Lavrov: “Esta guerra no trata en absoluto sobre Ucrania… Es una batalla por el orden mundial”.

Es también una contienda por la opinión pública global, y esa la están ganando con creces Joe Biden y Volodymir Zelensky. El supermediático y heroíco líder ucraniano ha acaparado un aplauso planetario. Y el presidente estadounidense es elogiado como artífice de una coalición internacional sin precedentes para confrontar a Putin.

Además Biden —que el jueves llegó a Bruselas para coordinar estrategias con los aliados— no ha mordido el anzuelo de Putin a un “duelo de enemigos” al estilo Guerra Fría para justificar su propaganda de que EEUU quiere destruir Rusia. Tampoco ha mordido el anzuelo de las provocaciones para que la OTAN intervenga en suelo ucraniano.

Es probable que Putin en su irredentismo y megalomanía imperialista crea que el órdago contra Occidente es viable, pero ha cometido el colosal error de condicionar su éxito a una victoria que creía asegurada en Ucrania.

Qué victoria puede esperar si su inepto ejército no ha doblegado al eficaz ejército ucraniano en un mes de invasión. Si lo único que ha conseguido con la destrucción y las masacres es la repulsa y aislamiento internacional. Si sus provocaciones han solidificado la unión EEUU-Europa y fortalecido la OTAN, que hoy mismo ha duplicado sus batallones en los países del flanco del Este (Rumania, Hungría, Bulgaria y Eslovaquia).

Y dentro de Rusia, el colapso de la economía causado por las sanciones está creando una situación explosiva de tensiones sociales y luchas de poder, de la que ya afloran fisuras entre los mandos militares y entre los temibles espías del FSB (Federal Security Service), los llamados Siloviki.

Los que ostentan el poder

Los Siloviki son el verdadero poder de Rusia. Herederos de las Checas de terror de Lenin, operan bajo total secreto, y no les tiembla la mano si ven amenazado el sistema cleptocrático del que se han beneficiado. Están liderados por gente como Nikolai Patrushev, actual secretario del Consejo de Seguridad, o Alexander Bortnikov, jefe del FSB.

Sus agentes son los que asesinaron con polonio a Alexander Litvinenko en Londres, o envenenaron a Alexi Navalny y Sergey Skripal entre otros muchos, y los que arrestaron al propio Mikail Gorbachev siendo presidente.

A diferencia de los oligarcas, que solo manejan dinero y son fácilmente reprimidos por Putin, los Siloviki tienen las armas y los espías adiestrados en las artes más oscuras de la clandestinidad. Putin lo sabe porque él ha sido durante años quien aprobaba las operaciones clandestinas como jefe del FSB.

Las mesas ridículamente largas que usa en las reuniones no son por temor al COVID, sino a los camaradas que pueden derrocarle o matarle. Putin es hoy un hombre acorralado y asustado, y por tanto muy peligroso. Capaz de usar armas químicas o nucleares, de la misma manera que ha sido capaz de stalinizar Rusia en cuestión de semanas con purgas, represiones y amenazas de “limpiar” (matar) a los “traidores” (entre estos incluye a oligarcas de la cleptocracia putinesca).

El olor a derrota empieza a apestar en el Kremlin. Putin necesita urgentemente enemigos que validen su propaganda doméstica y su aventurismo imperialista. Y, ante todo, necesita que no le abandone su único amigo.

En febrero escenificó con Xi Jinping un romance político declarando “amistad sin límites”. El líder chino creyó que Ucrania sería una conquista rápida que facilitaría el reto a Occidente. Pero ahora Xi duda. Y ha optado por una posición ambigua, en la que no denuncia las atrocidades de Putin ni apoya a Zelensky —porque eso sería ponerse del lado occidental—, pero tampoco respalda abiertamente a “su mejor amigo” Vladimir.

Xi Jinping no va a asociarse con un criminal de guerra derrotado, por mucho que compartan intereses estratégicos, porque China sufriría enormes pérdidas si se le cierran las puertas de EEUU y Europa, que son sus mayores mercados. Ni tampoco quiere arriesgarse al rechazo de la opinión global.

Lo que sí puede hacer Xi es disuadir a Putin. La precaria situación económica y política en la que se encuentra el déspota del Kremlin le ha puesto totalmente en manos de China.

Y a Xi se le ha presentado una extraordinaria oportunidad histórica de coronarse como promotor de la paz mundial y consolidar así su liderazgo como potencia. Solo tiene que decidirse a parar a Putin.

Rosa Townsend es periodista y analista internacional. Twitter: @TownsendRosa.

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