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Si los derechos de las mujeres pueden ser arrebatados, también los del resto de nosotros | Opinión

Un hombre sostiene un cartel a favor del derecho al aborto mientras los miembros de la comunidad caminan por el Parque Vander Veer durante una marcha tras la decisión de la Corte Suprema de revocar Roe vs. Wade, el 26 de junio de 2022, en Davenport, Iowa. Los demócratas y sus grupos alineados recaudaron más de $80 millones en la semana posterior a que la Corte Suprema eliminó el derecho constitucional de una mujer a abortar. La avalancha de efectivo ofrece una de las primeras señales tangibles de cómo el fallo puede energizar a los votantes. (Nikos Frazier/Quad City Times vía AP)
Un hombre sostiene un cartel a favor del derecho al aborto mientras los miembros de la comunidad caminan por el Parque Vander Veer durante una marcha tras la decisión de la Corte Suprema de revocar Roe vs. Wade, el 26 de junio de 2022, en Davenport, Iowa. Los demócratas y sus grupos alineados recaudaron más de $80 millones en la semana posterior a que la Corte Suprema eliminó el derecho constitucional de una mujer a abortar. La avalancha de efectivo ofrece una de las primeras señales tangibles de cómo el fallo puede energizar a los votantes. (Nikos Frazier/Quad City Times vía AP) AP

No se trata de un revés más más.

Cualquiera que haya vivido lo suficiente ha visto a la Corte Suprema de Justicia emitir una sentencia que no le ha gustado. Esto no es igual. No, lo que hizo que el fallo que anuló Roe vs. Wade y su caso complementario, Planned Parenthood vs. Casey, fuera algo más que otra decepción, lo que lo convirtió en el equivalente judicial de una patada en los dientes, es, como señalaron los magistrados Sotomayor, Kagan y Breyer en un agrio disentimiento, el hecho de que es la primera vez en la historia que se rescinden derechos concedidos por la corte.

Hay una diferencia cualitativa entre no conseguir una cosa que querías y que te arrebaten una cosa que ya tenías. Eso es lo que les ocurrió la semana pasada a las mujeres en edad fértil con respecto al derecho de abortar. Y las implicaciones de esa decisión, por muy terribles que sean para esas mujeres, resuenan mucho más allá de ellas.

Durante todos los años del experimento estadounidense, los parámetros del debate sobre los derechos humanos han avanzado de forma previsible, pero inexorable, en una dirección. Ha habido retrocesos, sí, pero siempre a lo largo de un camino de más libertad para más personas. Tomemos como ejemplo los derechos LGBTQ. En 2004, discutíamos si los homosexuales debían tener derecho a casarse. En 2014, discutíamos sobre quién haría el pastel nupcial.

Sutilmente, pero de forma perceptible, los parámetros avanzan. O lo hacían. La semana pasada, retrocedieron 50 años.

En el razonamiento notablemente engañoso de la opinión mayoritaria del juez Samuel Alito, las mujeres deben ceder al Estado el derecho a tomar decisiones sobre su propia salud reproductiva porque ese derecho no se menciona en la Constitución ni está “profundamente arraigado en [nuestra] historia y tradición”. Alito se remonta hasta el siglo XIII para ilustrar esta supuesta carencia.

Dado que las mujeres carecían de voz legal y eran definidas como propiedad de sus maridos y padres en las épocas que cita el juez, ese razonamiento no solo es poco convincente, sino que es totalmente atroz. Y teniendo en cuenta que derechos como la anticoncepción, el matrimonio entre personas del mismo sexo y el matrimonio interracial son también recientes y tampoco se mencionan en la Constitución, uno debe temer lógicamente que las limitaciones que ahora se imponen a las mujeres en edad fértil acaben por extenderse mucho más allá de ellas.

Alito jura que no tenemos motivos para alarmarnos, afirmando repetidamente que “nada en esta opinión debe entenderse como que pone en duda los precedentes que no se refieren al aborto”. De manera reveladora, nunca explica por qué la lógica que se aplica al derecho de abortar no se aplicaría igualmente a, por ejemplo, el derecho a comprar preservativos. Al parecer, no puede.

Mientras tanto, los arquitectos republicanos de la teocracia están especulando abiertamente sobre la imposición de más restricciones. De hecho, en su concurrencia, el juez Thomas impulsa a la corte a restringir a continuación los derechos de anticoncepción y los derechos LGBTQ. El hecho de que los conservadores parezcan sentir que es el momento de desplegar su lista de deseos ofrece una prueba superflua de que este fallo no es lógico, sino ideológico. Como dicen los disidentes, “la mayoría anuló Roe vs. Casey por una única razón: porque siempre los han despreciado y ahora tiene los votos para descartarlos”.

No es así como se supone que funciona la ley. Que aparentemente funcione así ahora atestigua la enfermedad de esta democracia. El progreso ha retrocedido, las mujeres perdieron una libertad en la que han confiado durante generaciones. Los demás deberíamos estar enojados porque sus derechos puedan ser arrebatados arbitrariamente: También deberíamos estar preocupados.

Después de todo, significa que los nuestros también pueden ser arrebatados de igual manera.

Leonard Pitts Jr. es un galardonado columnista del Miami Herald.

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