Daniel Shoer Roth

A 15 años del 9/11, nada es como antes

Un día como hoy hace 15 años, una densa nube de humo, polvo y muerte se propagó sobre los rascacielos de Nueva York. Nadie comprendía cabalmente la suerte aciaga que deponía al mundo entero el aterrador rostro del terrorismo, una plaga que destrucción pregona.

Delante del desastre, de aquella dantesca escena de furor, vimos caer de rodillas al más poderoso imperio. Atronó el orbe. La sociedad marcó un punto y aparte. El raudo desmoronamiento de las Torres Gemelas en llamas, las víctimas que se arrojaron al abismo, el caótico ir y venir de los bomberos y el infierno de los escombros, produjeron una impresión indeleble sobre millones de personas.

De tal forma que pocas fechas como el 11 de septiembre de 2001 evocan tan explícitamente una tragedia humana, sentimientos desfavorables y una profunda preocupación por la incertidumbre y la vulnerabilidad que se resiste a desaparecer. El devenir de una década y media no ha sanado aún el trauma en el que continúan sumidos los neoyorquinos y el pueblo norteamericano.

Los atentados del 9/11 constituyen una trascendental página en la Historia del siglo XXI. No solo por las casi tres mil almas fulminadas en un instante y el arroyo de sangre que no cesa de verterse a manos del fundamentalismo religioso desde entonces, sino también por el impacto que produciría en nuestras vidas.

Hemos pagado un precio descomunal por la estrategia de seguridad nacional, saldo que no se corresponde con los logros obtenidos, pues lejos de evaporarse, la amenaza terrorista se ha acrecentado en los últimos años, tras el avance de grupos yihadistas alrededor del planeta.

La superpotencia norteamericana exhibe síntomas de debilidad, perdiendo así su legitimidad ante la comunidad internacional, e incluso su credibilidad. La lucha contra el terrorismo engendró más guerras, más agresiones, más aislacionismo, más explotación de recursos en los servicios secretos, más políticas militaristas sucumbidas bajo el fragor de las bombas.

A los ciudadanos, el Estado nos escucha las conversaciones telefónicas; nos decomisa botellas de agua y champú en los puestos de control de los aeropuertos; nos impone normas restrictivas a las libertades civiles. Esto acentúa un temor a lo imprevisto, latente y perturbador, que sembraron cuatro aeronaves secuestradas por 19 fanáticos suicidas, dos de ellas estrelladas contra el World Trade Center, símbolo de la próspera y avanzada nación.

El rígido sistema de vigilancia distorsionó las coordenadas primordiales de nuestra cultura: nos acostumbramos a un nuevo orden en la aviación civil, el turismo, la industria del ocio y el comercio internacional. Posteriores ataques en suelo nacional y extranjero intensificaron los efectos psicológicos negativos, como pesadillas y pensamientos fatalistas invasivos que han llegado a coartar nuestra libertad de movimiento.

Pero, si bien el fatídico episodio quebrantó para siempre el estado de normalidad, también hizo descollar la extraordinaria facultad humana para enfrentar a toda costa las calamidades y no dejarse vencer. Aptitud esta de trasformar un entorno adverso, primando los principios de solidaridad cívica y justicia.

Pulverizadas las torres, los sobrevivientes huyeron del peligro agarrados de la mano, apoyándose recíprocamente, abrazados para consolarse de sus penas. Rescatistas y voluntarios, capitaneados por la vocación de ayudar, se arriesgaron con el objeto de efectuar las tareas de búsqueda y salvamento. Ofrendas de velas y flores emanaron de forma espontánea durante el momento más oscuro de la historia de la luminosa Nueva York. La población, en esa metrópolis y el resto de Estados Unidos, padeció el dolor y la herida del atentado en su propia piel.

El efecto reparador de la adhesión circunstancial a la causa de otros redundó en la formación de un frente común contra los gobernadores de las tinieblas que, desde sus desiertos, intentan atemorizar a nuestra sociedad fértil y plural que brota olor a vanguardia, a espíritu cosmopolita, a ilusiones y a ambiciones de éxito. A la postre, se reanimó una esperanza colectiva en ver cumplido el buen futuro.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

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