Daniel Shoer Roth

Año Nuevo sin cotillón ni champán

Peregrinos judíos ortodoxos oran cerca al lago hoy, jueves 25 de septiembre de 2014, durante la celebración del Rosh Hashanah en Uman (Ucrania). Cada año miles de Judios jasídicos ortodoxos de Bratslav de diferentes países se reúnen en Uman para celebrar el Año Nuevo Judio (Rosh Hashanah) cerca a la tumba del rabino de Nachman.
Peregrinos judíos ortodoxos oran cerca al lago hoy, jueves 25 de septiembre de 2014, durante la celebración del Rosh Hashanah en Uman (Ucrania). Cada año miles de Judios jasídicos ortodoxos de Bratslav de diferentes países se reúnen en Uman para celebrar el Año Nuevo Judio (Rosh Hashanah) cerca a la tumba del rabino de Nachman. EFE

Esta misma tarde al caer el sol, los judíos reciben el año 5777 con abundancia de miel y alegría. De los pueblos de la Antigüedad, el hebreo es tal vez el que mejor conserve incólumes tradiciones de profundo arraigo, como la revisión crítica de nuestra conducta que define al Rosh Hashaná, el día del Año Nuevo.

La festividad recibe el nombre de Yom Hazikarón, el día del recuerdo. Siendo seres imperfectos, cometemos errores; somos falibles; causamos daños al prójimo. Entonces, es hora de mirar atrás, a la luz de la conciencia toda, y evaluar dichas fallas para enmendarlas.

A diferencia del 31 de diciembre del calendario gregoriano, en esta celebración no hay trasnocho, ni mariachis, ni serpentina, ni borrachera. Se acostumbra ir durante el día siguiente a la orilla del mar, el río, un pozo o cisterna, a arrojar migas de pan. La finalidad de esta simbólica ceremonia, el Tashlij, es hundir en las profundidades los “pecados” acumulados, desprendiéndonos de la grandeza, el negativismo y la desilusión. Un ritual de autopurificación.


La lectura de la Torá para la segunda mañana de Rosh Hashaná relata el mandato divino a Abraham de ofrecer a su hijo Isaac como un sacrificio, pilar formativo de la fe judeocristiana. Vivir en nombre de un ideal entraña privaciones. Precisamente, la capacidad de entrega es uno de los secretos de la milagrosa supervivencia del pueblo de Israel, perseguido, masacrado, expulsado y forzado a la conversión en el curso de la Historia.

No obstante, la excesiva victimización y nostalgia, si bien han asegurado el porvenir de un sistema de valores –hoy universal– que atesoramos, también comienzan a distanciar a los jóvenes de esa espléndida herencia milenaria. Las añoranzas de tiempos pasados y las historias de valerosa amargura propician un halo melancólico de tragedia que muchos simplemente prefieren eludir.


Cuando se trata de la tasa de retención, igual que sucede a la feligresía de otras confesiones institucionalizadas en Estados Unidos, los judíos muestran un descenso moderado en sus creencias, afiliación a una congregación y obediencia de normas de carácter religioso. Casi la tercera parte de los hebreos norteamericanos de la generación Milenio afirma no pertenecer a una religión, concluye una reveladora investigación del Centro Pew en 2013. Se identifican como judíos solo en el sentido étnico, genealógico o cultural.

Isaac no fue inmolado en el Monte Moriá. Pero, tal como escribe el laureado poeta hebreo Hayim Gouri, “legó a su progenie una marca: Nacen con un cuchillo en el corazón”.

¿Guardan eternamente los descendientes del segundo patriarca la cicatriz de una herida indeleble o ha de evolucionar esta visión en el ámbito educativo actual?


Las nociones de culpa y persecución deben cambiar, arrancando el sable del alma judía. Más que concentrarse en el silencio funesto de Isaac en la atadura, la narrativa pudiera exaltar el regocijo que porta su nombre. En hebreo, Itzjak, significa “el que reirá”. Su madre, Sara, estéril hasta los 90 años, rió para sus adentros de incredulidad y finalmente de gozo al sostener a su criatura. La moraleja: nuestras dudas logran encontrar un momento de felicidad.

En efecto, no hay nada más judío que la capacidad de reírse de uno mismo. El humor ha sido un valioso acto de resistencia. Y también lo es la capacidad de cambio. Cada época traza nuevos riesgos y retos para encarar fuerzas negativas. El análisis introspectivo de Rosh Hashaná brinda la oportunidad de aceptar una renovación; de robustecer los lazos con el pasado, acentuándose el sentimiento de pertenencia, continuidad y orgullo compartido, pero con una mirada hacia el futuro.

Cada año que transcurre el tiempo por vivir es menos. Esta efeméride exhorta a maximizar el regalo de la vida, un proceso conducente a la realización de un mundo más justo y armónico, sueño que vive en el fundamento del pensamiento hebraico.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo, nieto de sobrevivientes del Holocausto.

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