Daniel Shoer Roth

Los sobrinos de Maduro y la nueva venezolanidad

Dibujo sobre el caso por narcotráfico en la Corte Federal de Manhattan contra los sobrinos de la esposa de Nicolás Maduro, Antonio Campo Flores (2do izq.) y Francisco Flores De Freitas (der.).
Dibujo sobre el caso por narcotráfico en la Corte Federal de Manhattan contra los sobrinos de la esposa de Nicolás Maduro, Antonio Campo Flores (2do izq.) y Francisco Flores De Freitas (der.). AP

En la cultura popular, Venezuela representa el escenario del narcotráfico. Lo palpamos en películas, en series televisivas, en libros. De esa nación acariciada por el Caribe parte, en las diversas tramas, el trasiego de la droga, y en su tierra reside la malévola fuerza propulsora. Ese papel solía ocuparlo Colombia. Hoy, lastimosamente, es el país vecino: un narcoestado cuyas instituciones públicas y principales autoridades forman parte de este negocio ilícito que deja tras sí una estela global de sangre, dolor y lágrimas.


A veces es imperioso admitir que la realidad supera la ficción con creces. Así se explica el proceso penal en Nueva York contra los sobrinos de Nicolás Maduro –los #narcosobrinos– acusados de conspirar para importar 800 kilogramos de cocaína a Estados Unidos. Ambos jóvenes provienen de una clase política de forajidos sin ley; de un oscurantismo que corroe a Venezuela.

Día a día, salen a relucir informaciones del ultraje a una patria que miles de venezolanos en esta diáspora llevamos ardiente en el corazón, como una llama viva. Datos que hacen alarde abiertamente de una Venezuela con la conciencia marchita. En los tribunales de aquella ciudad de insomnes rascacielos se desvela la máscara bajo la cual oculta la deformidad de sus facciones el rostro del régimen bolivariano –y de sus adeptos.


En el elenco de esta historia de no ficción pudieran surgir nuevos personajes de la familia presidencial venezolana también con manos embarradas en el contrabando de narcóticos. La sombra de un presunto family business de la peor calaña, en el cual las ganancias nutrirían las campañas políticas, según informan a el Nuevo Herald fuentes conocedoras del expediente.

Más allá de las operaciones del narcotráfico, los sobrinos y su virulento entorno ilustran el deterioro de la fibra humana en algunos sectores de la sociedad venezolana a causa de la anarquía, el desgaste de valores y el caos general. Los venezolanos moldeados por el manejo autoritario del poder a lo largo de casi dos décadas del socialismo del siglo XXI suelen ser más belicosos y están constantemente al acecho en la jungla urbana, dispuestos a engullirse al semejante.

El salvajismo y la crueldad engendrados por este gobierno, acentuados con el devenir del tiempo, se consolidan en la formación de una suerte de nueva venezolanidad. En el país, el nivel de la conducta decayó deplorablemente mientras la población aprendió a sobrevivir en la pobreza, la criminalidad, la enfermedad y la desnutrición.


En las altas esferas esto se refleja en el desfalco del tesoro nacional, en represalias al que piensa diferente, en amordazar a la prensa, en dar la bendición gubernamental a una plataforma para el despegue de la droga. En las calles, se proyecta en el odio de clases, el resentimiento, la violencia armada y el total descarrilamiento del tren del progreso.

Recuerdo, precisamente, la época en que comenzaba a funcionar el Metro de Caracas. Para asegurar el orden, a los usuarios nos sembraron un sabio lema: “Dejar salir es entrar más rápido”. Y así era. Cuando se abrían las puertas de los vagones, quienes aguardaban en los andenes permitían el paso a los pasajeros para luego entrar civilizadamente. Hoy, en el sistema de transporte subterráneo la gente se pisa y se da codazos; se grita y se insulta. A punta de pistola, se producen atracos a cada hora en estaciones y trenes.


Tras las masivas olas migratorias recientes, las comunidades venezolanas lejos del terruño no son ajenas a ciertos síntomas de esta alterada identidad. Con frecuencia, escuchamos en Miami testimonios sobre conductas falibles en la coexistencia ciudadana. Algunos pocos no vienen a sumarse a las estructuras que los inmigrantes y exiliados venezolanos han edificado, en distintos ámbitos, con sumo esfuerzo y vocación durante décadas, sino a tumbarlas e intentar suplantarlas.

Rescatar la venezolanidad de antaño, la preciada cuna de nuestro gentilicio, que si bien imperfecta lucía atributos de cohesión, fortaleza y alegría, es una tarea que debe emprenderse sin descanso.

Escritor y periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela, ensayista, cronista del acontecer de Miami.

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