Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Honor a nuestra historia

Vivimos, a menudo, anclados en lo que carecemos; deseando lo inalcanzable; soñando con estar en otro lugar, en otro tiempo y calzando los zapatos de alguien más.

En particular los inmigrantes solemos sentirnos como niños recién salidos del orfanato, adoptados en un amoroso núcleo familiar. Echamos de menos el pasado y nos aferramos a las delicadas ramas de un árbol genealógico cultivado en otro suelo –o en otros, si descendemos de pueblos errantes.

Pero este año 2015, lo que no parece nuestro es nuestro. Y lo que no es nuestro, es nuestro hogar.

Dos significativos aniversarios se entrelazan en el calendario local: los 450 años de la fundación de la ciudad permanente más antigua de lo que hoy es Estados Unidos, San Agustín, por un comandante de la Escuadra de Armas española; y el centenario de la incorporación de Miami Beach como ciudad, otrora un terreno pantanoso, intransitable, habitado por mosquitos y culebras, que alcanzó renombre mundial y es el rostro urbano emblemático de la región con sus destellantes luces de neón.

Sin duda, estos meses son propicios para disfrutar las raíces y cultura hispanas en el Estado, que antecedieron a las inglesas, y festejar el esplendor de la Playa que nos acoge como residentes o bañistas; como parejas en una cita romántica o adeptos de la belleza superficial; como aventureros de la juerga nocturna, espectadores de ovacionadas funciones culturales o meditadores atentos a las cristalinas melodías del viento.

Ondeando la bandera con la Cruz de Borgoña roja, en 1565, el hidalgo Pedro Menéndez de Avilés se instaló con un grupo de exploradores españoles en San Agustín de la Florida, el bastión de una colonia de diversidad étnica que llegará a extenderse en años ulteriores hasta California. Fueron pioneros en introducir una lengua europea escrita, en la alfabetización de la población autóctona, en el establecimiento de bibliotecas, registros de gobierno, bancos y cortes. Junto con ellos, vinieron misioneros capacitados para enfrentarse a las circunstancias que pudiesen frenar su faena evangelizadora. Y plantaron la semilla del cristianismo en Norteamérica durante una misa frente a un altar rústico el 8 de septiembre.

Culminada la ceremonia, celebraron la entrada al Nuevo Mundo con una comida de Acción de Gracias, casi seis decenios antes de aquel bien merecido banquete en la Colonia de Plymouth evocado cada Thanksgiving. Se había puesto de moda el Sueño Americano que a tantos nos convoca; entonces buscaban los españoles oro, perlas y gloria; hoy, los hispanos procuramos libertad, progreso económico y seguridad personal. Las condiciones eran hostiles: falta de alimentos, dependencia del Virreinato de Nueva España, ferocidad de las tribus indígenas, fuerzas inglesas determinadas a extirpar la presencia española. Tampoco hoy es fácil. Algunos comenzamos desde cero; a otros nos cuesta adaptarnos a una cultura e idioma ajenos; sufrimos las heridas de la separación familiar; somos blanco de los estereotipos.

Residir en un país extranjero acrecienta la necesidad de una identidad. Como para muchos latinoamericanos España encarna una madre patria, conocer la pincelada histórica española de la tierra que habitamos robustece la identidad. Desde que se escribió la primera letra del Registro Histórico en 1513, los hispanos hemos desempeñado una labor indispensable en el desarrollo estatal. Sin embargo, el relato de la historia colonial ha sido perfilado por la cultura anglosajona centrada en los hechos de los ingleses y los aborígenes. Es hora de sacudir el polvo de las amarillentas páginas archivadas en cajones que huelen a antigüedad y dan ganas de estornudar.

Lo cierto es que no somos extranjeros en la tierra de Egipto, pero sí hemos ayudado a levantar las “pirámides”.

¿Qué sería de Miami Beach sin la mano de obra hispana? ¿Quién lavó los platos de la cena de Frank Sinatra? ¿Quién tendió la cama de Lucille Ball? ¿Quién barrió el escenario donde Bob Hope y Sammy Davis Jr. deslumbraron a sus admiradores?

Poco imaginaba el industrial Don Carl Fisher que el puente de madera más largo del país para la época –que en 1913 conectó una islita llamada Ocean Beach a tierra firme– se convertiría algún día en un puente hacia el Sueño Americano para olas de inmigrantes que en sus sublimes playas han pisado los arenosos caminos de la superación. Dos años después, garantizó el futuro para muchos de nosotros, cuando Miami Beach estrenó su nombre.

De las cenizas esparcidas por un devastador huracán en 1926, nacieron las simétricas edificaciones Art Deco. Posteriormente, abrió el comercio Burdine’s de Lincoln Road, los suntuosos hoteles de la Avenida Collins y el Teatro Jackie Gleason. Un destino turístico pronto abriría sus puertas a las personas que viajan, pero no por placer: a los refugiados, a los expatriados, a los desamparados. Surgieron incómodos retos y luego una mejor avenencia. Hoy, el ronco rebramar de las turquesadas aguas tiene un marcado acento hispano y por doquier seduce el paladar el aroma de las comidas criollas de los países de América Latina en restaurantes y reuniones familiares.

Somos nuevos residentes y también los más antiguos; somos inmigrantes y también nativos; somos como nosotros y también como los otros. De San Agustín a Miami Beach, hemos dado lo mejor que tenemos. En cien o en cuatrocientos cincuenta años celebraremos lo mismo.

  Comentarios