Daniel Shoer Roth

Obama y Trump: una lección de liturgia política

El presidente, Barack Obama, recibe en la Casa Blanca a su sucesor, el republicano Donald Trump el 11 de octubre de 2016.
El presidente, Barack Obama, recibe en la Casa Blanca a su sucesor, el republicano Donald Trump el 11 de octubre de 2016. AFP/Getty Images

Justo miraba el video del afable encuentro entre el presidente Barack Obama y su sucesor Donald Trump frente a la computadora, cuando un rabino me envió una conmovedora canción titulada Olam Jésed Yibané, proverbio hebraico de los Salmos, traducido como “el mundo está construido sobre la bondad”.

Jésed, bondad o misericordia, es mucho más que su definición literal. Como concepto cabalístico, consiste en la fuerza vital investida en el brazo humano y enraizada en un atributo divino. No hay mayor bien que el bien mismo. O, como escribió Séneca, uno de los pilares de la cultura occidental, en sus ensayos Tratados morales, “no hay mayor bien del que puede darse a sí mismo”.

Por los ojos, veía a Obama y Trump en el Despacho Oval, dos figuras antagónicas que, al unísono, intentaban transmitir un mensaje de coherencia y prudencia tanto a los manifestantes anti-trumpistas en una decena de ciudades que lo acusan de xenófobo, como a aquellos que sienten aversión extrema al primer presidente afroamericano en la historia estadounidense.

Por los oídos, escuchaba la melodía –y moraleja– de Olam Jésed Yibané. La canción, compuesta por otro rabino para su hija, nacida poco después del 9/11, reza: “Construiré este mundo sobre el amor / Y tú debes construir este mundo sobre el amor / Y si construimos este mundo sobre el amor / Entonces Dios construirá este mundo sobre el amor”.

Inesperadamente, descubrí una conexión entre las imágenes sensoriales que desbordaban la pantalla. Y aposté a ella en la imaginación como cimiento de esta columna para proyectar un mensaje alentador en medio de tan abrumadora negatividad, desesperanza y miedo al futuro imperantes en amplios sectores.

Tras una campaña electoral sumamente polarizadora, tensa y divisiva, con intensos cuestionamientos a las credenciales de legitimidad de cada adversario, el presidente electo y el saliente aparcaron sus rencillas y acallaron la acentuada voz de demérito recíproco para despejar el camino al traspaso del bastón de mando el 20 de enero. La transición –aseguraron– será fluida y en respetuosa concordia. Estará asentada sobre los valores éticos propios de una democracia, que supone la facultad racional de los líderes para comunicarse y fijar acuerdos mediante el diálogo. Es imprescindible mostrar una voluntad de actuar con delicadeza, compromiso y responsabilidad.

“Creo que es importante para todos, independientemente del partido y de las preferencias políticas, que nos unamos, que trabajemos juntos, que afrontemos los muchos desafíos que tenemos enfrente”, declaró Obama, próximo al hombre que dio visibilidad a una falsa teoría conspirativa sobre su nacimiento en Kenia. Por su parte, Trump elogió como “un buen hombre” a quien alertó del peligro que sería tenerle, por su temperamento intempestivo, cerca del botón nuclear. “Estoy deseando trabajar con el presidente en el futuro, incluso para pedirle consejo”, subrayó el heredero republicano.

La lección desprendida de aquel encuentro de hora y media, no obstante escaso de calor amistoso, es categórica y prodigiosa: si ambos son capaces de bajar las armas en un espíritu abierto de cooperación cívica, cómo no va a poder hacerlo el resto de la sociedad norteamericana fragmentada en mil pedazos por el tratamiento inicuo que en los asuntos cotidianos separa, como un abismo de rencores, a una elite gobernante del ciudadano común afligido por un deterioro del estándar de vida.

He ahí donde yace el peligro, porque la ira es un estado de ánimo; no una estrategia de progreso. No resuelve conflictos; los enardece. Todo lo cual exhorta a la creación de una nueva política de esperanza en la que se reconozcan los sentimientos de todas las partes, promoviéndose una cultura de responsabilidad colectiva y una economía del bien común. En juego está la viabilidad de los proyectos relativos a la libertad por los que tanto ha luchado Occidente.

Un mundo anhelado este que solo puede construirse sobre los actos de bondad de cada uno de sus habitantes –sobre esa región de la conciencia llamada jésed.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

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