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Daniel Shoer Roth

Un camino a la libertad repleto de espinas

Janeth Mejía (centro) con sus dos hijos, Juan David Morales, de 14 años, y Valeria Morales, de 16, pide para que su esposo, Leonardo Morales, detenido en Krome, no sea deportado después de vivir 11 años en Estados Unidos.
Janeth Mejía (centro) con sus dos hijos, Juan David Morales, de 14 años, y Valeria Morales, de 16, pide para que su esposo, Leonardo Morales, detenido en Krome, no sea deportado después de vivir 11 años en Estados Unidos. rkoltun@miamiherald.com

De época en época, de generación en generación, los inmigrantes de todos los rincones del planeta nos sentimos atraídos hacia a Estados Unidos por un profundo don descrito en solo una palabra: sueños.

No son los sueños centelleantes del Reino Mágico de Disney, ni el caricaturesco retrato del Sueño Americano que consiste en la representación de un núcleo familiar de madre, padre, hija e hijo, acompañado de un perro, frente una casa y delante de un vehículo.

El sueño buscado por estas multitudes es una aspiración acaso quimérica: el aporte al avance de una sociedad sin dueños en la cual los ciudadanos son iguales en derechos, conviven en una unión cordial y respetan sus diferencias. Anhelan adherirse a ese espíritu de progreso, renovación y moral pública que rinde frutos para el cuerpo, la mente y el alma.

Fueron clarividentes las personas que acuñaron el término DREAMers o Soñadores con el propósito de agrupar a miles de jóvenes traídos al país en la infancia por sus padres indocumentados. Son muchachos valiosos, emprendedores y talentosos; útiles para la sociedad. Sus sueños son claros en el corazón, capaces de obtener los más grandes dividendos académicos y profesionales.

Su capacidad era cegada por las sombras de la ilegalidad, la amenaza del destierro y el temor a regresar a la incertidumbre de países cuyas culturas son ajenas a las suyas. Con esa infame marca sobre sus frentes, la angustia los consumía sigilosamente, no podían obtener licencias de conducir, permaneciendo sin identificación, mientras veían cerradas las puertas de instituciones universitarias y centros laborales. Su potencial humano era decapitado.

Leyes y circunstancias adversas adormecieron sus sueños hasta que llegó el anhelado día del despertar en el verano de 2012. La ventana de la esperanza dejó traspasar aire fresco y perfumado al implementarse la Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA), alivio migratorio que a 750,000 beneficiarios ha resguardado de la deportación, a la vez que les ha permitido florecer en sus respectivos ámbitos de estudio y trabajo, contribuyendo a una mejoría socioeconómica en sus comunidades.

Ese sendero hacia la realización personal que condujo a reclamar la dignidad hasta entonces denegada, vuelve a ensombrecerse. En esa densa hierba que crece en torno a ellos, despuntan las espinas del miedo.

De aplicarse la mano dura contra los inmigrantes indocumentados prometida por el presidente electo Donald Trump, el futuro de los DREAMers pende en la cuerda floja. Primero, porque la medida protectora no es ley, sino una orden ejecutiva del presidente Barack Obama fácil de revertir. Segundo, las autoridades poseen la información de cómo y dónde encontrarlos para deportarlos.

En días recientes, Trump informó que su prioridad será deportar a los inmigrantes sin papeles con historiales delictivos, continuación de la política de Obama, a quien organizaciones han apodado "deportador en jefe" por la cifra récord de expulsiones durante su mandato. Para calificar a DACA los graduados de secundaria no pueden tener antecedentes; en ese sentido están a salvo, aunque el nuevo presidente manifestó durante la campaña que eliminaría el programa.

Deportar a los Soñadores sería una colosal injusticia, un tremendo error que no mide la magnitud del sufrimiento en el alma colectiva de estos jóvenes y sus entornos. No son culpables de las decisiones de sus padres y han sido criados como norteamericanos. El amor a esta patria corre por sus venas y a ella consagran sus más vivos sentimientos. Además, no podemos negar su influencia mostrándonos el alcance de la superación personal y existencial cuando se goza de esmero y asertividad.

Pregonan también, bastante alto, el noble recibimiento y la ovación brillante que han dispensado a los inmigrantes aquellos arribados generaciones antes, sumándonos todos a un tejido concebido en la libertad, gobernado por y para el pueblo. Solo se pide un requisito: soñar.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

Esta historia fue publicada originalmente el 26 de noviembre de 2016, 5:20 p. m. with the headline "Un camino a la libertad repleto de espinas."

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