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Daniel Shoer Roth

Una iglesia de pueblo para una metrópolis. Parroquia Corpus Christi celebra 75 aniversario

Inés Flores reza durante la misa en la Parroquia de Corpus Christi el 2 de diciembre.
Inés Flores reza durante la misa en la Parroquia de Corpus Christi el 2 de diciembre. pfarrell@miamiherald.com

Décadas antes de que el Papa Francisco exhortara a la Iglesia a salir de sí misma “para ir al encuentro de los demás, para ir hacia las periferias”, la Parroquia Corpus Christi ya se extendía por las barriadas marginales y olvidadas de Miami, donde los residentes, en su mayoría inmigrantes pobres, precisaban “comprensión, consuelo, ayuda”.

En el paisaje urbano de Wynwood, Edgewater y Allapattah no se erguían suntuosos rascacielos ni existían afamadas galerías de arte que sedujeran a coleccionistas. Más bien, proliferaban en estos vecindarios los problemas sociales, la delincuencia y la indigencia. La población era flotante según arribaban las oleadas migratorias. En un principio, los feligreses fueron italianos e irlandeses. Luego, puertorriqueños y cubanos. Después, dominicanos, centroamericanos y suramericanos.

Más que cualquier otra iglesia, Corpus Christi ha vivido la metamorfosis de Miami. Y ha sabido responder, pastoral y sociológicamente, a esa transformación desde su fundación hace 75 años, cuando la Diócesis de San Agustín regentaba toda la Florida y la misa se oficiaba en latín.

“Pese a la mala fama que ha tenido nuestro barrio y a todas las dificultades, hemos levantado una parroquia a la altura de otras en vecindarios ricos, gracias a la perseverancia y la cooperación”, reflexiona Estilita Ruiz, colombiana de 95 años. Al unirse a esa iglesia hace seis décadas, recuerda, “era difícil conseguir sacerdotes que hablaran español y los hispanos estábamos enredados con el inglés”.

Somos el aeropuerto de la inmigración. Aquí entra mucha gente de paso con limitaciones económicas, se queda un tiempo y se va

José Luis Menéndez

párroco de Corpus Christi

Hincados de rodillas al pie de una monumental imagen de Cristo en la Cruz tallada en caoba, los parroquianos celebrarán una sentida eucaristía de aniversario este lunes 12, en gratitud a ese pasado humilde de su congregación que, no obstante aquella simpleza, dio fruto a una fecunda obra evangelizadora, caritativa y cultural.

Han transcurrido tres cuartos de siglo siguiendo un modelo de Iglesia comunitaria, ministerial y festiva, impregnada de la energía y piedad popular de los pueblos hispanoamericanos. Tiempo este en el cual la parroquia cultivó un maravilloso sentido de comunidad; un profundo respeto por la dignidad de cada individuo; una cualidad señera de hospitalidad al menesteroso; una firme devoción a la Virgen María en sus múltiples advocaciones.

“Nosotros somos el aeropuerto de la inmigración. Aquí entra mucha gente de paso con limitaciones económicas, se queda un tiempo y se va”, explica el sacerdote cubano José Luis Menéndez, párroco de Corpus Christi desde finales de los años 1980. El enfoque pastoral ha sido “ir a donde estaban; no esperar a que vinieran”.

Cuna del catolicismo

La vida católica en el noroeste de Miami germinó dentro de un modesto auditorio cuando la práctica del protestantismo preponderaba en toda la ciudad.

El 12 de diciembre de 1941, el Obispo de San Agustín Joseph Hurley decretó la fundación de Corpus Christi, liderada por el padre Francis Finnegan, quien prometió convertirla en “la mejor parroquia de Miami”. Unos 400 creyentes asistían a los servicios litúrgicos en el Teatro Strand sobre la séptima avenida.

Cerca del local, en un terreno céntrico y pantanoso, se cultivaban mangos y aguacates. Sobre ese suelo se erigirá, en forma arquitectónica cruciforme, el actual templo, ubicado en 3220 NW 7 Ave. y consagrado en 1959, pocos meses después de establecer Pío XII la entonces Diócesis de Miami.

Corpus Christi es la primera iglesia consagrada de la naciente diócesis. Pronto, su fuente bautismal bañó e incorporó a la inmensidad de la fe a los nuevos retoños, y por su senda desfilaron las nuevas parejas para sellar su enlace nupcial en el altar.

Pese a la mala fama que ha tenido nuestro barrio y a todas las dificultades, hemos levantado una parroquia a la altura de otras en vecindarios ricos, gracias a la perseverancia y la cooperación

Estilita Ruiz

feligrés de la Parroquia

Por aquella fecha, el panorama político en Cuba se tornó virulento, desatándose el éxodo de cubanos hacia Miami, católicos prácticos mayormente. Corpus Christi abrió sus puertas a este grupo, impartió cursos gratuitos de inglés, acogió a menores en su colegio parroquial y abrió oficinas para ayudar a los desgajados de su patria a integrarse a la sociedad norteamericana.

En la siguiente década, se impulsaron en sus salones los movimientos apostólicos hispanos, entre estos la Legión de María, Cursillos de Cristiandad y la pastoral juvenil. Se estableció un ropero y el ministerio San Vicente de Paul en aras de auxiliar a las familias más necesitadas. Algunas de ellas eran puertorriqueñas y vivían concentradas en Wynwood, zona golpeada por el crimen y vandalismo.

Puertorriqueños y cubanos colaboraron en solemnidades religiosas y festivales folclóricos. La hermana Carmen Álvarez, entregada al servicio de esta parroquia desde hace cuatro décadas y a cargo de la preparación de los catequistas, observa: “Hay mucho trabajo, pero se trabaja con agilidad y gusto porque la gente participa. Son personas sencillas que comparten la vida con nosotros. Cuando empiezan a trabajar aquí, se enamoran del lugar”.

La misionera claretiana relata que aún hoy, hay quienes creen que el barrio es peligroso y temen participar en actividades nocturnas. “Siempre les digo lo que dijo el Señor cuando le preguntaron ‘¿Dónde vives?’. ‘Vengan y vean’ ”.

Las misiones urbanas

La extensión del territorio jurisdiccional de Corpus Christi –desde la Bahía de Biscayne hasta el linde con Hialeah–, su fragmentación por autopistas, línea férrea, grandes avenidas y almacenes, así como la falta de medios de transporte, suponían obstáculos para asistir a la iglesia. Estas circunstancias exigían un cambio enérgico.

Así nació, a partir de 1989, el proyecto de las misiones en sus sectores geográficos. “Nos preguntamos qué se podía hacer por estos barrios carentes de una buena comunicación”, rememora el Padre Menéndez. “Decidimos crear pequeños centros de evangelización. Los llamamos misiones, no capillas, porque capilla habla de estar encerrados, mientras que misiones significa salir hacia fuera”.

Las direcciones donde se ubicaron fueron señaladas como puntos inseguros, focos de drogadicción, delincuencia y prostitución. No obstante, florecieron estos íntimos templos con campanario, cada uno poseyendo su propia advocación a un santo. Son recintos que lucen, suenan y se desenvuelven como las iglesias de pueblo, bajo la coordinación de un laicado impregnado de una dinámica vivencia de fe.

Mila Romero, salvadoreña de 68 años, es voluntaria activa en San Francisco y Santa Clara de Edgewater, una de las cinco misiones. “Me siento dueña de mi misión y responsable de ella; dispuesta a ayudar en lo que sea”, asevera.

Cuando esta casa de oración fue inaugurada en 1997, los alquileres de vivienda alrededor eran muy asequibles y la mayoría de los fieles no guardaba ni el sueño de poseer automóvil. Con el tiempo, un gran número de aquellos pioneros fue desplazado tras el aburguesamiento de la vecindad y la espiral alcista del valor de las propiedades.

“La gente que llega a la misa ha cambiado por todos los edificios de lujo –describe Romero–. Pero los de antes cocinamos y preparamos todo para la ceremonia. Nos reunimos una vez por semana en un tiempo de oración y compartir como comunidad de base. Estamos muy unidos. Cuando alguien de Corpus Christi muere, pertenezca a la iglesia madre o a las misiones, en la funeraria no cabe la gente”.

A miles de fieles colma de goce cristiano la rica manifestación de religiosidad popular que permea la parroquia. Cada año, se celebran tradiciones latinoamericanas como las posadas navideñas, la Gritería de los nicaragüenses en la vigilia de la Inmaculada y las fiestas patronales del Señor de los Milagros (Perú), Nuestra Señora de Suyapa (Honduras), el Divino Salvador del Mundo (El Salvador), el Cristo Negro de Esquipulas (Guatemala) y la Virgen de Altagracia (República Dominicana). Los días de Viernes Santo, los devotos desbordan las calles en la vistosa procesión de la Macarena, llevando los penitentes una imagen traída de España con miras a promover el arte sacro en Estados Unidos.

Acción social y cultural

Generaciones de inmigrantes han encontrado en Corpus Christi un nicho abundante en compasión para llevar el fardo pesado de adaptación y solventar elementales necesidades materiales.

Un centro de asistencia social gestionado por la parroquia ha ofrecido cuidado médico, alimentación, asesoramiento legal, ayuda en la búsqueda de empleo y en la recuperación de adicciones, así como servicios bancarios y asesoría en la declaración de impuestos. En años recientes, aunó esfuerzos con la Iglesia San Juan Bosco de La Pequeña Habana al albergar en su sede de Allapattah la clínica cuyo nombre rinde tributo al benemérito educador italiano.

En el ámbito cultural, el Centro de Herencia Colonial de la Florida de Corpus Christi edifica la iglesia museo Nuestra Señora de la Merced, inspirada en los templos virreinales del Perú. Es una obra anhelada por la comunidad peruana de Miami, aún no culminada, que atesora una colección de arte colonial.

“Lo que está pidiendo el Papa, hace tiempo aquí lo estamos haciendo”, razona la dulce Hermana Carmen. “Es mirar alrededor y ver quién está necesitado. No solo decir a la gente que tiene que venir a misa o a confesarse, sino decirle que somos familia y que aquí estamos para ayudarles. No es una limosna. Es un regalo que nos han brindado y queremos compartirlo”.

Siga a Daniel Shoer Roth en Twitter: @danielshoerroth

Esta historia fue publicada originalmente el 9 de diciembre de 2016, 3:00 p. m. with the headline "Una iglesia de pueblo para una metrópolis. Parroquia Corpus Christi celebra 75 aniversario."

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