Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Los casinos no se dejan vencer

Decía sabiamente Napoleón Bonaparte que “la victoria es del más perseverante”.

Parece que los mercaderes de los juegos de apuestas y sus aliados en el Capitolio de Florida siguen al pie de la letra aquel célebre precepto para instaurar, no el Imperio Napoleónico, sino el “Imperio de los Casinos”.

Recién estrenada la sesión parlamentaria en la capital estatal, empieza a escucharse por la península el tentador tintineo de la industria tragamonedas –y tragavidas– con propuestas para ampliar el alcance de sus tentáculos, entre estas la creación de dos ostentosos casinos estilo Las Vegas en nuestra comunidad, no obstante las adversidades de índole social que sobrepasan el usufructo de los ingresos fiscales y los placeres mundanos que prometen estas entidades discordantes con la distintiva identidad de Miami.

Además de los casinos, el abanico de propuestas legislativas en la Cámara baja abarca la transformación de los establecimientos de carreras de galgos en centros de juego, la reducción de la tasa impositiva a los casinos con pistas de carrera –espléndidos financistas de las campañas electorales estatales– y la ampliación de la oferta en los casinos administrados por la Tribu Seminole que incluiría nuevos juegos de azar con mayores riesgos para los apostadores y más miseria para sus seres queridos.

Ignorando la tragedia humana de la adicción a los juegos de azar, los legisladores aúpan estos cambios bajo el eufemismo de una reducción de las apuestas. “Este proyecto provee una contracción sin precedentes del juego en el estado”, declaró la representante Dana Young, al anunciar esta semana el paquete de leyes descrito en más de 300 páginas.

Los colosales casinos de destino turístico en Miami y Broward representan una amenaza a los pequeños negocios en distintos giros porque seducen a la clientela, en especial a la juventud, con la carnada de subvenciones en comida, consumo de bebidas alcohólicas y alojamiento. Claro, esos fondos se multiplican con creces en el salón de juegos donde, apoderados por una actitud de invencibilidad y omnipotencia, los individuos más compulsivos dejan evaporar sus ahorros, contraen deudas y causan estragos en sus familias, en la comunidad y en los contribuyentes –que subvencionamos los gastos del sistema judicial, policial y de salud pública devenidos del fraude y otros delitos financieros, las bancarrotas, los suicidios, los divorcios, la violencia doméstica y la pérdida de la productividad.

No es coincidencia que en estos días Tallahassee también sopesa permitir a cadenas comerciales como Walgreens, Publix, Target y Walmart exhibir para la venta botellas de licor fuerte en anaqueles cercanos a los juguetes, las aspirinas y el papel higiénico, en lugar de las tiendas aledañas separadas del supermercado y la farmacia como en la actualidad. Y la legalización de la marihuana medicinal, con sus ventajas y desventajas, vuelve a la palestra en el Capitolio a pesar de la derrota de sus partidarios en el plebiscito del pasado año.

A todas estas, mientras dejan un semillero de problemas en la ciudadanía tendiendo la alfombra roja a la devastadora enfermedad de la adicción y el alcoholismo, los jerarcas del gobierno floridano, por razones ideológicas, no se apiadan de los residentes de escasos recursos económicos sin seguro médico que sufren las penurias del dolor y el miedo por carecer acceso a los servicios de salud.

Sobrevivir sin cobertura médica es una de las peores pesadillas para los más enfermizos. Recurrir a la sala de emergencia cuando están en el umbral del cielo no solo a ellos aturde, sino a los que pagamos sus facturas mediante impuestos, primas más altas en las pólizas y costos exorbitantes en los hospitales. Sin embargo, nuestros intransigentes legisladores se niegan a aceptar la ampliación del programa Medicaid como parte de las normativas de la reforma sanitaria nacional, al que calificaría un millón de floridanos sin que el Estado incurra en mayores gastos. Escasea la misericordia. No hay amor al prójimo; no se respeta la moralidad de la Regla de Oro.

Son estos pobres los que vislumbran en la ruleta o en el blackjack la vía dorada para comprar unos medicamentos o alimentar los estómagos vacíos de sus niños. Muchos de los clientes de los casinos son trabajadores mal remunerados o jubilados que dependen del Seguro Social. Por su magnitud, los propuestos casinos turísticos atraerán a una multitud mayor, además de que pasarán factura a la precaria infraestructura pública. ¿No sería mejor concentrarse en robustecer los famélicos programas de vivienda asequible cuyos fondos son continuamente desviados por los gobernantes hacia el presupuesto general?

Días atrás, se desvelaron los bocetos del que será, en Miami, el centro comercial más colosal de Estados Unidos, con megatiendas, parque temático, pista de patinaje sobre hielo y otras estrafalarias atracciones como una estación artificial de esquí. Es fenomenal para la industria del turismo y el gobierno del Condado Miami-Dade por la avalancha de visitantes. Dicho proyecto, empero, no ayuda a la calidad de vida de los residentes que ya sufrimos un tránsito infernal, falta de estacionamiento, alquileres más costosos, más peajes en las carreteras y precios por las nubes en una infinidad de comercios en nuestros vecindarios que aspiran las billeteras de los turistas. Asimismo, engulle los preciados recursos naturales.

“De lo sublime a lo ridículo no hay más que un solo paso”. Lo afirmó Napoleón. Un traspié cualquiera en la cima de estos espejismos como los monstruosos casinos y centros comerciales, bastiones del consumismo y el materialismo, puede terminar en una desgracia. Estamos a un solo paso.

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