Daniel Shoer Roth

La Venezuela posible de Sofía Imber

Un venezolano muestra su bandera durante una manifestación en Madrid, en abril de 2013. Archivo/Getty Images).
Un venezolano muestra su bandera durante una manifestación en Madrid, en abril de 2013. Archivo/Getty Images).

La gran mujer venezolana que hizo de su nombre arte, y del periodismo su ser, jamás se durmió en los laureles del éxito. Mucho menos del orgullo. Un día le pregunté cómo se sentía ante sus logros. “Realmente no soy capaz de sentirlos, soy una gran inconforme –confesó–. Siempre pienso en la próxima meta”.

¿Un ejemplo? “Cuando exhibo obras de la colección de mi museo [de arte contemporáneo de Caracas] en el extranjero, mientras estamos colgando los cuadros, ya estoy pensando en cómo vamos a desmontarlos”.

Nunca olvidaré esa anécdota ilustrativa de su esencia firme y auténtica. Para Sofía Imber, una de las gerentes culturales principales de América Latina, el trabajo era la clave del progreso. El suyo fue el trabajo de una abogada del bien en todos los sentidos, en virtud de sus cualidades señeras: agudeza, inteligencia y sensibilidad ética.


Su viaje al sueño eterno, emprendido esta semana a los 92 años, me llevó a dar marcha atrás en la máquina del tiempo, hasta alcanzar la Venezuela viable que nadie mejor que ella encarnó. No por coincidencia su programa radial de entrevistas se llamó La Venezuela Posible. A mediados de los años noventa, trabajaba en mi tesis de grado en la Universidad Central de Venezuela investigando la obra escrita de Imber y otros cuatro intelectuales. Eran los cimientos de mi futuro primer libro Presencia Judía en el Periodismo de Opinión Venezolano (Ediciones CAIV, 2001).

Iba hasta su casa con vista al majestuoso Ávila, celoso guardián del valle de Caracas y vigía del Mar Caribe, a buscar copias de sus artículos desde 1969, cuando publicaba la columna “Yo, la intransigente” en El Nacional. Ese título, a la larga, dio pie a que muchos la considerasen insensible e intimidante. Capricho del azar. “Fue Alicia Briceño que me solicitó que le escribiera una columna –me relató–. En ese entonces se hacían cabezales. Cuando vi el mío, le dije ‘yo no soy intransigente, cámbialo por exigente’, y ella me respondió ‘es que ya está hecho’ ”.


A finales de 1975, la Asamblea General de la ONU equiparó al sionismo con el racismo. Imber escribió una columna de protesta por la abstención de Venezuela. La dirección de El Nacional rehusó publicarla. Entonces la primera mujer galardonada con el Premio Nacional de Periodismo –quien nunca aceptó un no por respuesta– lo divulgó en El Universal como remitido y terminó pasándose para este periódico. No se mudó por ser “judía, sino por solidaridad conmigo misma”, me aclaró.

Su familia había escapado del comunismo y antisemitismo ruso, y emigrado con la meta de “hacer América”. La Venezuela que los acogió era una tierra de gracia que permitía a los inmigrantes florecer con su máximo potencial. Aunque de condición humilde, en su hogar siempre había algo para dar a quien tuviera menos. Su madre le decía: “no importa lo que hay en la mesa, sino cómo se va a servir”. Las hermanas Imber aprendieron la importancia del trabajo y un profundo sentido social desde temprana edad. Lya, la primogénita, fue la primera mujer médico en Venezuela, mientras que la menor asumió el periodismo como herramienta de acción contra la injusticia.


Su pluma impulsó el desarrollo en Venezuela. Para alcanzarlo, pregonó el esfuerzo propio, la voluntad de hacer, transformar y trabajar. Estimuló la incorporación de la mujer al mercado laboral. Defendió la democracia. Transmitió su creencia en la capacidad del perfeccionamiento humano y su fe en que las cosas siempre mejoran. No fue así, empero, cuando Hugo Chávez la despojó de su creación más preciada –el Museo de Arte Contemporáneo de Caracas Sofía Imber– y suprimió su nombre de la institución. Corría el año 2001. El chavismo comenzaba a regar las raíces de la Venezuela imposible de hoy.

Entre sus obras de arte, Imber tenía en un ventanal de su casa un cuadro en forma de nube rosada, obsequio del pintor Pedro León Zapata. Solía decir a sus nietos que cuando ya no esté presente, no habría que lamentarse, porque se iría en esa nube bella y divertida. Una nube que brilla y no se aleja, al igual que su fecundo legado.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo, y cronista del acontecer de Miami.

Siga a Daniel Shoer Roth en Twitter: @danielshoerroth

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