Daniel Shoer Roth

Ser judío en Estados Unidos en tiempos de cólera

El rabino Hershey Novack recorre el cementerio Chesed Shel Emeth en University City, Missouri, donde el 21 de febrero casi 200 lápidas fueron profanadas, en medio de una ola de ataques antisemitas en el país.
El rabino Hershey Novack recorre el cementerio Chesed Shel Emeth en University City, Missouri, donde el 21 de febrero casi 200 lápidas fueron profanadas, en medio de una ola de ataques antisemitas en el país. AP

El mundo perdura en virtud de tres cosas: la justicia, la verdad y la paz.

Tratado de Principios (Pirkei Avot 1:18)

Las estridentes sirenas de alarma entorpecen el aprendizaje de los críos de kindergarten en plena sesión. Los ancianos que retan al reloj biológico en la piscina corren empapados hacia el estacionamiento. La inspiración en las actividades culturales y sociales se ahoga en un santiamén. Impera el caos; el desespero se apodera de la gente. ¡Amenaza de bomba! ¡Apúrense, hermanos, que la muerte acecha sin piedad!

Súbitamente, la persecución milenaria de un pueblo se hace presente. Ni Estados Unidos del siglo XXI es inmune al más resistente virus del odio en la historia de la humanidad: el antisemitismo.

En el transcurso de dos meses, xenófobos han llamado con amenazas de bomba a instituciones hebreas norteamericanas en más de 120 ocasiones. Dos cementerios judíos –en St. Louis y Filadelfia– fueron sacrílegamente profanados por vándalos que no respetaron ni los restos mortales. Declaraciones explícitamente antisemitas en foros públicos y grafitis de esvásticas nazis se han vuelto comunes. Sucedió en Miami Beach, donde varios automóviles fueron rayados con la cruz gamada la semana pasada.

El Centro Comunitario Judío (JCC) de la Playa recibió dos amenazas de bomba y el JCC de Kendall otra. Los estudiantes de un colegio hebreo en Davie fueron evacuados del plantel el lunes por prevención tras una llamada intimidante. Estos casos mantienen en constante zozobra y agitación a la colectividad judía del Sur de Florida, en un contexto de brotes de etnocentrismo nacionalista, xenofobia y supremacía blanca a lo largo del país, exacerbados por el populismo político.

La falta de acciones judiciales, la demora del Gobierno en condenar el antisemitismo y el silencio de una sociedad indiferente pudieran dar a entender que los actos racistas son tolerados y aumentar el riesgo de que comunidades minoritarias sufran ataques. Históricamente, el Pueblo del Libro ha sido el barómetro de la sociedad civil y democrática. Cuando un imperio o nación lo oprimió y segregó, hizo lo mismo posteriormente con otros grupos.

David Harris, presidente del Comité Judío Norteamericano (AJC), ofrece una concerniente reflexión: “La mayoría de los judíos estadounidenses viven vidas cómodas y seguras en una tierra donde prácticamente cada puerta está abierta. Una encuesta reciente, efectuada por el Centro de Investigación Pew, demostró que el grupo religioso visto más positivamente en Estados Unidos son los judíos. Pero eso es de escaso consuelo para aquellos que han experimentado, directa o indirectamente, el impacto de esta ola de fanatismo y perversidad”.

Menciona en su columna episodios aislados de agresiones violentas en años pasados a recintos comunitarios y federaciones judías. La problemática actual, empero, alcanza escala nacional. “¿Pueden los padres asumir la responsabilidad de enviar a sus hijos a las guarderías y programas para niños pequeños en el centro de la comunidad judía local?”, pregunta Harris. “Si incluso el sueño profundo de los sepultados en un cementerio judío es perturbado por personas decididas a pisotear su memoria, ¿cuál puede ser un espacio seguro estos días?”

Si bien las sinagogas son la base de la práctica religiosa judía, los JCC son el cimiento del desenvolvimiento social de los judíos afiliados, espacios que nutren de valores éticos, filosóficos y culturales la identidad heredada de un destino compartido. En su interior, se experimenta el sentido de pertenencia a un pueblo que desarrolló, por obligación, una sensibilidad particular y una forma de transmitirla; a un colectivo que, después de tantos siglos de acosamiento, puede expresarse con franqueza y cumplir con el precepto central de su fe: shemá, escuchar. Oír las inquietudes y necesidades de sus semejantes.

Precisamente por ello son el blanco principal de las amenazas, en lugar de los recintos de culto. Además, sus políticas de puertas abiertas acogen a miembros que profesan otros credos, una convivencia inaguantable para los radicales acosadores, pequeña minoría, sin duda, en una gran nación de gente trabajadora, fiel a las leyes, respetuosa de la libertad, comprensiva y tolerante. En efecto, suele decirse que no hay mejor lugar del mundo, además del Estado de Israel, para ser judío que Estados Unidos.

Pero en estos días de cólera, vandalismo y agresiones nadie se siente seguro. Porque cuando aflora el hostigamiento a los judíos, ¿quiénes son los próximos?

Escritor venezolano, biógrafo, periodista, nieto de sobrevivientes del Holocausto.

Siga a Daniel Shoer Roth en Twitter: @danielshoerroth

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