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Daniel Shoer Roth

Maduro, el dictadorzuelo está desnudo

El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro (der.), observa un desfile militar en Caracas. Maduro dijo recientemente que estaba analizando el discurso del presidente de EEUU, Donald Trump, ante el Congreso, el 28 de febrero.
El presidente de Venezuela, Nicolás Maduro (der.), observa un desfile militar en Caracas. Maduro dijo recientemente que estaba analizando el discurso del presidente de EEUU, Donald Trump, ante el Congreso, el 28 de febrero. AP

Los titulares recogieron la realidad sin vestidura: en Venezuela hubo un golpe de estado, un autogolpe, un fin a la separación de poderes, un salto directo, no al socialismo, sino a la dictadura del siglo XXI.

El infame decreto del Tribunal Supremo de (In)Justicia para usurpar los poderes legislativos de la Asamblea Nacional elegida democráticamente derrumbaba el último vestigio de la institucionalidad.

Esa gentuza bruta y desalmada de la jerarquía chavista, encabezada por un chofer de miserias, se iba a robar desfachatadamente la voluntad de un pueblo que hasta ha visto desvanecerse sus últimas esperanzas. Pero la presión nacional e internacional obligó a Nicolás Maduro a darle marcha atrás al barco del absurdo.

Mientras, en este lado del océano, en la creciente diáspora venezolana cuya capital indisputable es Miami, se escucha un grito agudo y desgarrador, portador de un dolor supremo vertido en lágrimas nocturnas. Pero ¡qué dolor! ¿Cómo definirlo? ¿Aniquilación de ilusiones? ¿Tormenta de iniquidades? ¿Tragedia de tragedias?

En las portadas de renombrados periódicos quedó inmortalizada la escena del piquete de efectivos de la Guardia Nacional agrediendo a diputados opositores a las puertas del Tribunal, una deplorable arremetida contra la manifestación pacífica. A los venezolanos nos aterra no solo por el autoritarismo que ilustra. O por el duelo entre la opresión y la libertad. O por el amordazamiento de la expresión de la soberanía popular.

Es en el rencoroso enfrentamiento de venezolanos contra venezolanos donde yace la mayor catástrofe, acaso irredimible. Los rostros impávidos de aquellos peones del régimen que sufren hambre, escasez, inflación, enfermedad, penuria, mientras sus cabecillas se alimentan del narcotráfico y del desfalco al tesoro nacional, muestran una pobreza moral sin parangón. El nivel de violencia y la descomposición social son sorprendentes, igual que el salvajismo y la crueldad.

A mediados de febrero, una estudiante de secundaria embarazada fue brutalmente asesinada a golpes en Caracas por feroces compañeras de clase de 16, 17 y 18 años. Le propinaron la paliza por presuntamente haberlas sacado de un equipo de trabajo. Sucedió ante la mirada cómplice de los vecinos que no movieron ni un dedo para impedir el homicidio. Según el Observatorio Venezolano de Violencia, el país registró 28,479 muertes violentas en 2016.

El desmoronamiento de la institucionalidad ahondada tras la partidización abierta del sistema judicial, en especial del Tribunal Supremo, afirmó la ONG en su último informe, “ha debilitado de una manera notable el sentido de una vida social regida por normas, acuerdos y leyes”.

Hoy, el nivel de la conducta de un gran sector de la población ha decaído penosamente a causa de la anarquía, el desgaste de valores, el odio de clases, la violencia armada y el caos general. La conflictividad es atizada por la carestía de productos y servicios. Hurgar, como los perros, entre los tachos de basura para rescatar algún desperdicio es el corolario de una transformación que origina con Hugo Chávez y acaba estos días en un golpe a la institucionalidad democrática.

La grotesca dominación represiva deja a su gobierno desconectado de la sociedad y sin legitimación política. Ante el rechazo activo y generalizado del pueblo se abre paso a la dictadura.

Como en El traje nuevo del emperador, cuando un niño en el desfile exclama “¡Pero si va desnudo!” en medio de la ignorancia colectiva, la verdad evidente desprendida del intento de suspensión del Parlamento y la ruptura del orden constitucional es que ya nadie puede negar un hecho: las riendas de Venezuela las lleva un dictadorzuelo. Se quedó sin prendas para esconderlo.

Claro que el rey creado por Hans Christian Andersen escuchó el cuchicheo de la multitud y supo que tenían razón. Por eso es un cuento de hadas. En la tragedia venezolana, en la lucha de los venezolanos por la democracia y la paz, el final no pinta nada bien.

Escritor y periodista egresado de la Universidad Central de Venezuela, ensayista, cronista del acontecer de Miami.

Siga a Daniel Shoer Roth en Facebook y en Twitter: @danielshoerroth

Esta historia fue publicada originalmente el 31 de marzo de 2017, 4:34 p. m. with the headline "Maduro, el dictadorzuelo está desnudo."

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