Daniel Shoer Roth

El flagelo de los opiáceos: más grave que una epidemia

Un hombre es detenido después que le encontraron una jeringuilla, en Huntington, West Virginia, una ciudad considerada el centro de la crisis de opiáceos en ese estado.
Un hombre es detenido después que le encontraron una jeringuilla, en Huntington, West Virginia, una ciudad considerada el centro de la crisis de opiáceos en ese estado. AFP/Getty Images

Con una tardanza inexcusable a fin de atajar la crisis que se ha cobrado miles de vidas, el gobernador de Florida, Rick Scott, finalmente declaró una orden de emergencia pública ante la hecatombe de la epidemia de consumo de opiáceos que azota al estado.

El esfuerzo de salvación llega rezagado a raíz de los prejuicios que se ciernen sobre la enfermedad de la adicción y, en especial, sobre quienes la padecen en silencio.

La sociedad, en general, ha fallado en comprender ese tenebroso submundo del sufrimiento humano, de la aflicción del alma, de la desesperada huida del dolor cotidiano por caminos abarrotados de matorrales con hirientes espinas.

La fracasada guerra del gobierno norteamericano contra las drogas en materia punitiva, los intereses corporativos de la industria farmacéutica y la baja proporción del PIB gastado en bienestar social y tratamiento para la dependencia de las drogas dejaron un saldo de 33,000 muertes por opiáceos en Estados Unidos en 2015, el último año con datos completos. La cifra de decesos por sobredosis casi igualó a la de víctimas fatales en accidentes vehiculares.

En la Florida, su prevalencia no deja de crecer, habiendo aumentado un 80 por ciento el número de sobredosis por heroína respecto al año anterior. Casi 3,900 floridanos perecieron por esta plaga en un año. Los condados de Palm Beach, Broward y Miami-Dade encabezan el verdaderamente ominoso listado.

Tras la promulgación de normativas estatales más estrictas en la prescripción de medicamentos opioides y la batalla librada contra las clínicas para el “alivio del dolor” hace algunos años, los adictos transfirieron su farmacodependencia al uso de heroína, una sustancia altamente adictiva fácil de conseguir y económica que crea una sensación siniestra de calma. Incluso más barato y poderoso es el fentanilo o derivados, estupefaciente sintético producido en laboratorios clandestinos culpable de muchas de estas tragedias en nuestras comunidades.

La forma más prudente de proteger a una sociedad de sustancias peligrosas es restringiendo su acceso. Pero la industria farmacéutica, y el poder que les ha concedido el gobierno, se encargó de promover, durante los años ochenta y noventa, el uso de opiáceos para paliar diversas enfermedades, y los médicos la respaldaron con sus recetarios. Individuos en distintas capas sociales que jamás hubieran probado heroína por el tabú inherente, cayeron presa de la adicción. Los fármacos en el mercado negro eventualmente subieron de precio. Y los carteles de droga no desperdiciaron la demanda.

Sin restarle mérito, al proclamar la orden de emergencia, el gobernador Scott dio un paso determinante para afrontar la epidemia de sobredosis invirtiendo más recursos sin requerir aprobación legislativa. Además, la Florida aceptará una subvención federal de $54 millones destinados a cubrir servicios de prevención, tratamiento y recuperación.

Ha de ponerse especial énfasis en facilitar el ingreso a centros de tratamiento. Un estudio federal concluyó en 2014 que alrededor del 90 por ciento de las personas que desarrollan el trastorno de consumo de drogas no reciben tratamiento; terminan engendrando miseria para ellos, sus familias y sus entornos. Y entre los que sí apuestan por la senda de la recuperación, muchos recaen en el ciclo de la autodestrucción, pues la adicción es desconcertante y poderosa.

Es verdad que cada individuo es responsable de sí mismo y existen características síquicas, biológicas y sociales que predisponen a una persona al alcoholismo o la drogadicción, mas también impera una responsabilidad colectiva por las consecuencias nocivas de la adicción en toda la sociedad. De modo que las medidas por combatir la epidemia de los opiáceos o cualquier otra sustancia, serán insuficientes a menos que encajen dentro de un esfuerzo global por mejorar la calidad de vida ciudadana, fortalecer las estructuras familiares, reducir la marginalización de grupos en desventaja y estimular la educación.

La soledad, la desesperanza y el comportamiento compulsivo son superables en un marco precioso para el crecimiento personal con el apoyo de otros que comparten un dolor común. Encontrar ese amor propio y la plenitud en las cosas simples son clave. En sus infinitas bendiciones y gracias, la vida merece la lucha.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami. Siga al autor en Facebook y en Twitter: @danielshoerroth

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