Daniel Shoer Roth

Un año después de la masacre en el club Pulse vivimos más ansiosos

Un amigo de dos víctimas de la masacre en el club Pulse de Orlando pone flores en el sitio de la tragedia.
Un amigo de dos víctimas de la masacre en el club Pulse de Orlando pone flores en el sitio de la tragedia. TNS

Decía Plutarco, el historiador griego y filósofo moralista: “La muerte de los jóvenes constituye un naufragio. La de los viejos es un atracar en el puerto”.

Ese naufragio, súbito y trágico; esa muerte injusta a la que todos estamos expuestos, sale a flote a la superficie en la Florida cuando se conmemora, en vigilias y solemnes actos de recordación, el primer aniversario de la más cruenta matanza a tiros en la historia norteamericana: el atentado en el Club Pulse de Orlando.

Ni el devenir del calendario, ni las muestras imparables de cariño, ni la solidaridad colectiva canalizada en donativos, logran sanar el duelo de los padres y familiares que perdieron para siempre a esos jóvenes llenos de vida por culpa de un fanático sanguinario y su vil ideología religiosa. El ataque en un club gay que auspiciaba una velada de ambiente latino demostró que ya no hay lugar seguro. El terror está a un latido de distancia.

Aquella madrugada del 12 de junio, las 49 víctimas mortales y cientos de supervivientes disfrutaban la música, el baile, la amistad, el romance y las risas en una celebración de la autenticidad y la aceptación de sí mismos, sin desvelo por el juicio ajeno. Hasta que tronó el fusil de asalto y se escucharon los alaridos de los heridos.

Casualmente días después, unos amigos me invitaron a un establecimiento nocturno similar en Hialeah. En la entrada, hercúleos vigilantes intentaban dar un falso sentido de seguridad. Adentro, mientras la clientela bailaba, yo obsesionaba; meditaba sobre nuestra vulnerabilidad. ¿Y si la matanza ocurría aquí y ahora?, me pregunté. ¿Estaría entre los muertos o los heridos? ¿Me recuperaría del shock emocional? ¿Andaría por doquier con una ansiedad acentuada?

Eran aquellos valores de una sociedad abierta, igualitaria y tolerante que me habían traído allí precisamente los mismos que pretendían extinguir las tenebrosas fuerzas del radicalismo islamista. Sucedió el mes pasado en Manchester al término del concierto de la artista estadounidense Ariana Grande, que atrajo a miles de adolescentes y niñas alborozadas. El mensaje simbólico del bombardeo es irrefutable: la libertad de la mujer molesta al fundamentalismo y por ello es necesario demolerla.

En el fondo, los yihadistas envidian el disfrute de los placeres simples, que también son nuestra mejor armadura. Quedó evidente en la cuna de la Ilustración, París. En el Teatro Bataclan atacado en 2015 se congregaba la juventud bohemia, multiétnica, estudiantil y profesional, individuos que ensalzaban la joie de vivre, esa pródiga alegría locuaz de carácter francés. La felicidad de los pueblos les roba el sueño. Detestan nuestra cultura; nuestra civilización.

A la masacre en Pulse se agrega un componente de homofobia, el rechazo irracional y sistemático a una minoría por su orientación sexual. En Miami se nos olvida la persecución y la violencia que padecen alrededor del mundo las personas agrupadas en el colectivo LGBT. Fue brutal la reciente flagelación pública de dos hombres en Indonesia –y más despiadado aún el entusiasmo del público que coreaba sonriente: “pégale, pégale más fuerte”, mientras recibían los varazos de los verdugos de la policía de sharia.

No hay que ir lejos para presenciar angustia y desolación. He investigado durante las últimas semanas el flagelo social de los jóvenes sin techo en el Sur de Florida. Un alarmante porcentaje se identifica como LGBT; sus padres los echaron de casa o escaparon de la humillación y el abuso en sus hogares. Enfrentan ahora una miríada de obstáculos en las calles o en los refugios para adultos, habiendo sufrido ya discriminación y hostigamiento en las escuelas, los sistemas de acogimiento de menores y justicia juvenil.

La tragedia en Orlando, no obstante, generó una colosal ola de simpatía y solidaridad sin precedentes que barrió la crueldad y el rencor. Numerosas comunidades de diversos ámbitos se unieron al condenar la violencia. Y miles de personas, no obstante sus diferentes creencias, se sumaron al movimiento “Somos Orlando”. Cierto, ha descollado la extraordinaria facultad humana para enfrentar a toda costa las calamidades, pero lejos de evaporarse, la amenaza terrorista se ha acrecienta cada día y vivimos con más ansiedad y miedo.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami. Siga al autor en Facebook y Twitter: @danielshoerroth.

  Comentarios