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Daniel Shoer Roth

El venezolano salvaje, cortesía del chavismo

Un miembro de un colectivo chavista agrede al abogado opositor Franco Casella, cuando un grupo de seguidores del gobierno intentaron entrar a la fuerza a la Asamblea Nacional en Caracas, el miércoles 5 de julio de 2017.
Un miembro de un colectivo chavista agrede al abogado opositor Franco Casella, cuando un grupo de seguidores del gobierno intentaron entrar a la fuerza a la Asamblea Nacional en Caracas, el miércoles 5 de julio de 2017. AP

La historia se repite y, como en las películas, la segunda siempre es peor.

Afligida por guerra civil, pobreza extrema y una moral ciudadana derruida, a mediados del siglo XIX, se pretendía conducir a la República de Venezuela por el camino de la paz y el progreso. En el Congreso se discutía enjuiciar al caudillo que presidía la inexperta nación, el General José Tadeo Monagas, por hechos violatorios de la Constitución, dilapidar rentas públicas y ejercer facultades extraordinarias ilegalmente. Señalaban el carácter represivo y tiránico de su gobierno, cuyas milicias cometían desmanes fiscales, robos, peculado e incontables delitos.

Ante la feroz pugna entre liberales y conservadores, el 24 de enero de 1848, Tadeo Monagas lanzó a sus atizados colectivos a que asaltaran el Congreso, un hecho denominado el Fusilamiento del Congreso Nacional. Hombres armados irrumpieron en plena sesión de la Cámara, cobrándose varias vidas. Los poderes Legislativo y Judicial perdieron independencia, convirtiéndose en órganos complacientes a la voluntad del Ejecutivo.

Los destinos patrios irían mejorando, con sus altos y bajos, a lo largo de la historia, hasta algún día encumbrase Venezuela como cuna de la democracia en América Latina y una de sus naciones más prósperas y felices. Transcurridos casi 170 años desde aquel episodio, en un mundo hoy más civilizado y regido por el orden, el mismo salvajismo oscurantista resucitó con otra agresión oficial al Legislativo.

Decenas de matones afines al chavismo asaltaron violentamente el miércoles la sede de la Asamblea Nacional, la única institución controlada por la oposición democrática, atacando a golpes con tubos, palos y porras a diputados, empleados y visitantes que asistían a un acto solemne por el Día de la Independencia. Una docena de personas resultaron heridas y contusionadas.

Afortunadamente no hubo víctimas mortales como sucede casi a diario en las manifestaciones de la sociedad civil contra el régimen de Nicolás Maduro, que ya superan la cifra de 90, a manos de los corrompidos cuerpos de seguridad del Estado. El hilo constitucional se ha quebrantado desde que el otrora chofer de autobús empleó a otros poderes públicos súbditos para acorralar las facultades propias del parlamento. Y con su Asamblea Constituyente en el horizonte, el país se asoma al abismo de la dictadura.

Más allá de la embestida a la soberanía popular, de toda la penuria padecida por el pueblo, de ese calvario cotidiano de necesidades, una de las peores obras del desastre socialista ha sido la creación de hombres en extremo bárbaros y salvajes que siguen una lógica de violencia institucionalizada como los bandidos que tomaron por la fuerza el Capitolio y miles de otros de la peor calaña que arremeten día a día contra la población común.

En estos años en que el discurso polarizante y agresivo oficial fracturó la sociedad venezolana, el chavismo logró desapegar a un sector de la población de los valores humanos que distinguieron a nuestro gentilicio antaño, como su generosidad, arraigo libertario y respeto por el rival no obstante las diferencias. Impera en Venezuela una cultura de muerte que secuestra, tortura, hostiga, descalifica y deshumaniza al prójimo. Con terror contemplamos el proceder de estos coterráneos en la descarga de su ira y su odio, legitimados por el régimen.

No solamente componen las filas de los colectivos, bien comparados con los cuerpos paramilitares de la Italia fascista o las Brigadas Rojas de Mao, y los pelotones de la Guardia Nacional y la Policía Bolivariana. Incluso el delincuente común, moldeado por el manejo autoritario del chavismo, se ha tornado aún más atroz y desalmado. El país registró 28,479 homicidios el año pasado.

El sentido de una vida social regida por la convivencia se debilitó, la crueldad se consolidó y el nivel de la conducta decayó deplorablemente. Al contrastar los sucesos que precedieron el atentado de 1848 con el reciente, constatamos una dolorosa regresión. Los tiempos de ayer y de hoy, empero, son disímiles. Las fuerzas democráticas son más vigorosas y el pueblo está mejor preparado para combatir a los salvajes con la educación y humanidad, atributos indelebles de la venezolanidad.

Escritor y periodista graduado de la Universidad Central de Venezuela, biógrafo y cronista de Miami. Siga al autor en Facebook y Twitter: @danielshoerroth

Esta historia fue publicada originalmente el 8 de julio de 2017, 3:51 a. m. with the headline "El venezolano salvaje, cortesía del chavismo."

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