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Daniel Shoer Roth

El triunfo de la crueldad en nuestra inmisericorde metrópoli

Varios desamparados se sientan con sus pertenencias mientras la policía despeja el lugar donde pernoctaban, en Fort Lauderdale, el pasado junio.
Varios desamparados se sientan con sus pertenencias mientras la policía despeja el lugar donde pernoctaban, en Fort Lauderdale, el pasado junio. Sun Sentinel

Nuestros vecindarios despiertan del sueño de la insensibilidad y el distanciamiento ante el dolor ajeno. En ese aspecto, debemos reconocer que tratar con desprecio y crueldad a otros por sus condiciones socioeconómicas, capacidades físicas o estatus migratorio es un inadmisible insulto a su humanidad.

Tres incidentes me permiten discernir con nitidez el peligro que corremos por el hábito de anteponer el bien personal por encima del común, olvidando que todo hombre es un ser digno. La dignidad, de hecho, es su gran regalo. Al violarla, nos arriesgamos a convertirnos en una sociedad excluyente y fría.

Los testimonios de las personas sin techo que presentaron el mes pasado una demanda contra la Ciudad de Fort Lauderdale por la confiscación y destrucción de sus pertenencias, echadas a tanques de basura como porquería, tras el súbito desalojo de un campamento donde pernoctaban, hablan de la inhumanidad política; de una crueldad desprovista de sentido.

“Mi certificado de nacimiento estaba ahí, mi tarjeta de seguro social, mi ropa; la ropa que visto cuando salgo a buscar trabajo”, relata Kevin, uno de los afectados, en un mini documental de la ACLU. A Manfred le fueron despojados medicamentos para dolencias cardiovasculares. Por su parte, Raymond confiesa que “debo intentar reemplazarlo todo y cuesta dinero hacerlo”. Jennifer reflexiona sobre “cuán rápido nos borraron, como si no existiéramos”. “¡Cómo si fuésemos ratas!”, añade descarnadamente otra desamparada. Y Anthony nos recuerda: “somos seres humanos también. A fin de cuentas, tuvimos una vida alguna vez”.

Las autoridades policiales ingresaron inesperadamente al campamento, ubicado en un parque, con excavadoras y camiones de basura, dieron minutos a los residentes –considerados molestia– para reunir sus pertenencias, sin embargo, quienes no se hallaban ahí perdieron lo escaso que poseían. Al igual que Miami, Fort Lauderdale es infame por su vejatorio trato a la población sin hogar, llegando incluso a penalizar a los buenos samaritanos que alimentan a los hambrientos de pan y misericordia en lugares públicos.

En Miami Beach, hay vecinos enfurecidos, reacios a compartir las playas con personas portadoras de discapacidad física o problemas de movilidad. Después de varios años de férrea oposición comunitaria a la construcción de un centro de actividades acuáticas frente al mar para usuarios de silla de ruedas, los comisionados municipales finalmente aprobaron ceder una porción de un estacionamiento público para dicho proyecto financiado con fondos privados.

Escuchar los argumentos en contra es darse de bruces con la mezquindad. Oh no, ¡qué horror!, se perderán 20 de los 139 puestos de aparcamiento y la instalación bloqueará el acceso del público a un pedacito de playa en una región con cientos de millas de costa. Los individuos con discapacidades, argumentan, deben ir a la piscina y no al océano.

Tales fundamentos resultan no solo incomprensibles sino inaceptables con relación al derecho de igualdad. Podemos incomodarnos un poco para dar bienestar a esta minoría marginada. Es indescriptible el júbilo que reflejan sus rostros cuando sienten el mar y también el de los voluntarios que los llevan y sostienen en el agua.

Por último, está mi amigo Javi. Trabajaba en mantenimiento para una compañía de yates lujosos en un muelle del Río Miami. La empresa se trasladó a Fort Lauderdale y él la siguió. Hace unos meses, le ordenaron limpiar con prisa manchas de aceite sobre una madera sin ofrecerle botas ni guantes. Se resbaló por las escaleras y, en un intento por sostenerse, se dislocó un hombro. Tras varios días de reposo, los jefes lo presionaron para regresar o perdería el empleo. Le prometieron tareas fáciles. Pero el primer día le tocó pulir el piso de una embarcación de 65 pies de eslora.

Desprotegido laboralmente por su estatus migratorio y sin seguro médico, continuó aguantando el dolor hasta que no pudo más. En la sala de emergencias detectaron una fisura en el hueso y un ligamento roto. Pidió ayuda a su empleador para costear terapias de rehabilitación. El dueño le dio una palmadita en la espalda y le informó que no trabajaba más allí. Como muestra de caridad, le aconsejó buscar ejercicios para el hombro en YouTube.

Escritor, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

Siga al autor en Facebook y en Twitter: @DanielShoerRoth

Esta historia fue publicada originalmente el 29 de julio de 2017, 6:25 a. m. with the headline "El triunfo de la crueldad en nuestra inmisericorde metrópoli."

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