Daniel Shoer Roth

Irma, el apocalipsis y la comercialización del miedo

El propietario de un establecimiento protege puertas y ventanas con tablones ante la inminente llegada del huracán Irma, en Miami, Florida, este viernes 8 de septiembre de 2017.
El propietario de un establecimiento protege puertas y ventanas con tablones ante la inminente llegada del huracán Irma, en Miami, Florida, este viernes 8 de septiembre de 2017. EFE

Los instintos naturales de supervivencia, el miedo, la autopreservación, la angustia, el sentimiento de pérdida, han estado activados ante una amenaza tan real y fulminante como el huracán Irma. Esa es precisamente la misión de los instintos innatos. Por eso nos preparamos prudentemente para hacer frente a una posible contingencia, ya sea fortificando nuestras viviendas o refugiándonos bajo techos más seguros.

Como dicen a nivel de calle: hay que estar preparados para lo peor, esperando lo mejor. Nunca se debe perder la fe. Ese es nuestro alcázar.

Pero lo que hemos vivido estos días, sin restar urgencia a la preparación que exige un monstruoso huracán, ha sido un aluvión de instintos desbocados, exacerbados tanto por el bombardeo de imágenes de la devastadora secuela de Harvey en Texas, como por los intereses mercantiles de quienes lucran con esta crisis de las emociones.

Escribo desde Orlando, cuando aún se desconoce a ciencia cierta el trayecto exacto del sistema atmosférico, mas se sabe que los desastres en Florida podrían ser colosales, una destrucción inaudita desde Andrew. Según las autoridades, somos el estado del país mejor preparado para este gran reto que depone la Madre Naturaleza, porque la historia –y la tragedia– nos ha obligado a estarlo.

Aun así, con cada avance informativo de última hora, los noticieros lanzan misiles de miedo que, lejos de exhortar a la cautela, la paciencia y la concordia, principios que deberían guiarnos ante peligros colectivos, avivan aún más la ansiedad, el caos y el enfrentamiento mutuo.

Es vergonzosa la forma en que algunos comercios y particulares hacen un negocio del temor fidedigno de la gente. Para ellos llegó la hora de vender en grande, de promover sus productos con la mejor publicidad: la incertidumbre sobre un futuro desalentador plagado de miseria y hambre del que nos han convencido.

La escasez de insumos básicos ante el voraz consumo despierta la codicia entre algunos mercaderes. Surge la especulación de precios por bienes de alta necesidad en zonas declaradas en emergencia, desde el agua potable y la gasolina antes de la catástrofe, hasta el alquiler de automóviles y servicio de grúas a posteriori. Constantemente hemos escuchando historias ciudadanas y noticias sobre esta gestión que transgrede la moral y las leyes.

Todo este escenario apocalíptico, basado en una amenaza real que requiere mantenerse alerta empero con la mayor claridad mental, propicia la profusión de otros instintos, los que rinden como fruto las peleas en las tiendas a raíz de una botella de agua; los insultos en las estaciones de gasolina porque algún maleducado se las ingenió para colarse; la ira en las carreteras por el “quítate tú para ponerme yo” en la presurosa evacuación de la región.

Es curioso, en general, observar la conducta a menudo egoísta en esta etapa de querer salvarse de una potencial gran catástrofe, y compararla al comportamiento generoso y magnánimo que afora pasada la tragedia, como sucedió en Texas y seguramente también en Florida después de Irma. Las personas se vuelcan a ayudar de manera masiva. Los ciudadanos no afectados sienten el llamado altruista a colaborar con los damnificados que han sufrido la desgracia. La solidaridad colectiva se erige como la única respuesta al desconsuelo.

Se perfilan en el horizonte días de suma convulsión que pondrán a prueba la diligencia, el buen recaudo y la voluntad de luchar juntos contra la pérdida, la pobreza y la miseria. Los gestos de bondad serán tan apremiantes como cualquier material de construcción para levantar de la ruina a la ciudad y el ánimo de sus habitantes si el impacto de Irma es demoledor como pronostican los agoreros.

Haría falta, sí, un discurso más positivo y menos sensacionalista, comenzando con las autoridades que, en su enaltecedor esfuerzo por velar por la seguridad pública y concientizar sobre el peligro inminente, acentúan a niveles extremos el miedo de la ciudadanía, dando pie a la comercialización de este instinto tan valioso en dosis realistas, y tan perjudicial al magnificarse. Oremos para que el fenómeno atmosférico se disipe y no cause daños severos ni pérdidas humanas.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista del acontecer de Miami.

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