Daniel Shoer Roth

A ráfaga de huracán, marea de compasión

El tráfico avanza lentamente en dirección norte por el Turnpike de la Florida, mientras una gran cantidad de personas huye del huracán Irma.
El tráfico avanza lentamente en dirección norte por el Turnpike de la Florida, mientras una gran cantidad de personas huye del huracán Irma. AP

Siempre que regreso a Miami desde Orlando, donde reside parte de mi familia, el trayecto en el Turnpike es excesivamente tedioso y matar el tiempo requiere de mucha imaginación. Pero esta semana, después de una visita por el nacimiento de mi tercer sobrino, el viaje en carretera produjo deleite y placer. Corría a mi lado un verdadero espectáculo con el sentido de la existencia.

Desfilaban camiones con toda clase de suministros y donativos, personal técnico y militar, identificados con placas de numerosos estados. Venían a sumarse a los magnos esfuerzos de recuperación tras el demoledor paso del huracán Irma en el Sur de Florida. Aquella era una caravana rica en tesoros –no los materiales–, portadora de un bien mayor y un recurso salvador.

Ante la fragilidad de la condición humana nace nuestra mejor esencia. Esencia que a menudo yace oculta detrás de nuestros más apegados conceptos y creencias.

Al igual que sucedió en Texas por las repercusiones de Harvey, Irma ha demostrado que la solidaridad, compasión y generosidad en momentos trágicos no establecen diferencias por razones de raza, credo, nacionalidad, lengua o ideología. Frente a la necesidad, el hombre abre su corazón con el fuego de la caridad. Está dispuesto a estrechar las dos manos al divisar el dolor de la pérdida tocar a las puertas del alma.

En nuestras comunidades locales, acostumbradas a lo imprevisible, a estar en un paraíso convertido súbitamente en ruinas; la determinación de la ciudadanía a ayudar a los damnificados ha sido gloriosa. La solidaridad colectiva se perfila como la única respuesta a las tribulaciones de la población. Porque para los golpeados por el sistema atmosférico, el futuro no puede ser un proyecto a largo plazo.


Las iniciativas personales, grupales, institucionales y gubernamentales florecen y se multiplican en aras de mitigar el sufrimiento. Desde lo más íntimo, como una familia abrir su hogar para acoger a otra, hasta las masivas recolectas de donativos monetarios y alimenticios. Mientras escribo estas líneas, llueven en mi buzón las invitaciones a actividades benéficas. Un comisionado municipal convida a la comunidad a un picnic. Un gimnasio organiza clases que prometen inspirar a colaborar con una organización de socorro en casos de desastres naturales. Un museo recauda productos de higiene personal para los azotados por el ciclón. Y la lista se extiende.

Comprendemos que hoy somos para otros, y mañana serán para nosotros. Los actos cotidianos de bondad, repetidos una y otra vez, cambian el entorno.

Es digno de resaltar también el esfuerzo de las autoridades en las tareas de preparación, respuesta rápida y reconstrucción, comenzando con el gobernador Rick Scott, quien ha permanecido en primera línea de combate haciendo gala de buen liderazgo. Para los vecinos de Miami Beach, los correos del alcalde Philip Levine con actualizaciones de la crisis nos han sido sumamente provechosos. Y qué decir de la valentía que desafía a la muerte desplegada por miembros de los servicios de emergencia. Los diferentes cuerpos de bomberos, rescatistas y policías han obrado con el debido cuidado e inmensa responsabilidad.

Un hombre de Estado, un servidor público, ha de ser capaz de trascender sus limitaciones con la meta de sensibilizarse con aquellos menos afortunados y hallar soluciones que demandan la destreza de unificar. Esta obligación no atañe solo a los líderes. Es un precepto que exige el compromiso colectivo.


Recuerdo hace unos años la visita del clérigo sudafricano Desmond Tutu, Premio Nobel de la Paz 1984. “Dios dice: ‘Por favor, ayúdame. Estoy buscando colaboradores humanos para que me ayuden a hacer cosas como que la pobreza pase a la historia’ ”, señaló en una ponencia este embajador de la filosofía humanista del Ubuntu, la cual predica, mediante su axioma “yo soy porque nosotros somos, y dado que somos, entonces yo soy”, la existencia de una interdependencia entre toda la humanidad.

A pesar de sus devastadoras secuelas, Irma nos dejó un manual de instrucciones de cómo los ciudadanos podemos afrontar retos abrumadores, transformando la empatía y la compasión en fuerzas claras y dinámicas conducentes a las buenas acciones a favor del prójimo.

Escritor venezolano, periodista, biógrafo y cronista de Miami. Siga al columnista en Facebook y en Twitter: @DanielShoerRoth

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