Daniel Shoer Roth

Aniversario de inmigrante

El columnista de el Nuevo Herald, Daniel Shoer Roth, durante la ceremonia de juramentación para hacer ciudadano estadounidense el 29 de septiembre de 2009.
El columnista de el Nuevo Herald, Daniel Shoer Roth, durante la ceremonia de juramentación para hacer ciudadano estadounidense el 29 de septiembre de 2009. El Nuevo Herald

Dos colegas venezolanos emigrados en años recientes me comentaron que yo “parecía más de acá que de allá”. Dicho de otra forma, mi mentalidad y actuar, a su entender, eran más propias de un norteamericano que de un venezolano.

Me causó risa porque me siento arraigado a mi gentilicio. Horas más tarde, desempolvé pasaportes expirados y vagué entre sus páginas, cada una portadora de vivencias indelebles, hasta encontrar una explicación a la observación de los periodistas: en pocos días cumplía veinte años desde mi llegada a Estados Unidos.

Con 43 primaveras en mi haber sobre las ruedas de esta aventura llamada vida, dos décadas es casi la mitad de mi existencia.

La gente festeja aniversarios por infinitas razones: cumpleaños, matrimonios, independencias, empresas, organizaciones, templos, aniversario por esto y por lo otro. A este popurrí de fechas conmemorativas, los inmigrantes solemos agregar el día de arribo a una nueva tierra de acogida a la que llamaremos hogar, dulce hogar.

En las redes sociales, en ocasión de estos preciados momentos, leemos en los muros de inmigrantes sucintos relatos sobre sus éxodos –a menudo con manos vacías y corazones saturados de dolor– y sus primeras experiencias en el extranjero. Estas reflejan el fardo pesado de adaptación a una nueva lengua y cultura, y las elementales necesidades materiales y de empleo características de los albores del proceso migratorio.

Todas esas historias, no obstante nuestras disímiles procedencias, edades y particularidades, están hilvanadas por un patrimonio común: la gratitud.

Escribo estas líneas personalizadas en homenaje a la condición de inmigrante que la mayoría de los lectores comparte. A cada uno, las circunstancias nos motivaron u obligaron a desgajarnos de los olores de nuestros pueblos, los sabores de nuestros vecindarios y los colores de nuestras campiñas, dejando atrás profesión e historia ancestral; cultura y familiares. Dimos rumbo a la marcha sin saber con certeza por dónde íbamos en este periplo azaroso, casi siempre regando el suelo adoptivo con el sudor de la frente.

Pertenezco a un pueblo errante desde tiempos remotos. Soy un peregrino; está en mi ADN. Al igual que mis ancestros europeos también emigré, no por antisemitismo, sino para saciar ansias de liberación, acaso intuyendo la hecatombe política y social que se ceñía sobre el horizonte de la nación del Gloria al Bravo Pueblo.

En Estados Unidos descubrí un nicho abundante en oportunidades y tolerancia. Aquí me concedieron las herramientas –motivación, instrucción, destreza, mercado– para ser protagonista de mi propio destino, vestido con mi traje favorito, el de escritor. Pronto articulé un proyecto de vida en torno a un talento innato, un sueño, una visión, una voz. Y comencé a construir la trayectoria del inmigrante; a establecer vínculos sinceros, tanto profesionales como emocionales, con el fin de echar raíces.

Nuestras contribuciones, buen carácter moral e increíble determinación son recompensados el día anhelado de la Promesa de Fidelidad jurada a Estados Unidos en la ceremonia de naturalización. La mía se efectuó en septiembre de 2009. Mi primera asignación como ciudadano norteamericano fue actuar de orador en aquel emotivo ritual patriótico.

“¿En qué otro país del mundo se naturalizan, simultáneamente durante una tarde cualquiera, personas provenientes de 30 países?”, pregunté. “Somos afortunados de integrarnos a la democracia más grande del mundo; con este privilegio vienen grandes responsabilidades”, razoné al compás de los vítores de mis compañeros.

Celebro este aniversario de dos décadas en Estados Unidos sin cotillón ni champán, sino con una revisión crítica, a la luz de la conciencia toda, de aciertos y desaciertos; alegrías y tristezas; de las muchas veces que caí y las tantas otras que me levanté. En esta travesía he podido profundizar conocimientos, conocer quién verdaderamente soy a través de mis conductas falibles y virtudes, madurar, no solo en edad, sino también en espíritu, y aportar mi granito de arena al bien común.

No sé –confieso– si soy más de acá que de allá o más de allá que de acá. Simplemente soy yo, un inmigrante como cualquier otro que ama a este país.

Escritor, periodista, biógrafo y cronista. Siga al autor en Facebook y en Twitter: @DanielShoerRoth.

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