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Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Sotloff somos todos


El periodista Steven Sotloff en Egipto.
El periodista Steven Sotloff en Egipto.

Los vientos soplan sin aliento; el sol brilla sin fulgor; las nubes cobijan sin protección; el mar baña sin refrescar. De noche en noche viaja el duelo y de día en día se asienta el consuelo. Arde la sangre; asaltan las lágrimas; se constriñen los músculos; un escalofrío azota al descifrar su expresión arrodillado ante la hora suprema.

Vemos tan próximo, en las pantallas del televisor, ordenador y teléfono, el chantaje de la barbarie a la civilización que le da a uno tiritones. El mal y el bien cara a cara representados por un individuo cada uno. El mal se enmascara porque en su interior se avergüenza. El bien, al contrario, no teme desnudarse porque es de vehemente convicción en sí mismo.

La brutal decapitación del periodista Steven Sotloff en un santiamén lo torna en el arquetipo del hombre que enarbola la justicia y la dignidad humana; arriesga su vida para dar constancia del salvajismo que plaga otros vecindarios del planeta azul. No solo ha sido testigo, dejando con su concienzuda pluma fe de la masacre de los débiles en Siria, sino que es víctima del terror que desvela en sus escritos. Hoy, disemina la noticia no en un par de renombradas revistas, sino en el mundo entero. Trágicamente, mediante su propio ejemplo.

Muestras de afecto y consternación pululan, con ecos chirriantes, por la indomeñable Red, por serpenteantes calles y concurridas plazas, por bares de luz tenue y centros de sagrada oración. En ningún lugar, empero, reverdecen los nobles sentimientos más que en el jardín de su patio: Miami. Por allí gateó; por allá aprendió; en esa esquina se enamoró; detrás de ese muro elevó una plegaria; en aquella mesa apagó las velitas de un exquisito pastel.

Remembranzas de su invencible humanidad endulzaron la amargura de familiares, amigos, vecinos, colegas y extraños, aunados bajo la égida del Omnipresente, en un servicio conmemorativo en la sinagoga de Pinecrest a la cual su familia está afiliada. El santuario desbordaba de gente llamada, por su conciencia, a rendir tributo al alma del joven. Era la víspera del Sabbat, el día de reposo. Pero el dolor de la colectividad no descansó.

Desde las fauces de los radicales islámicos, en los días inmediatos a su trigésimo primer cumpleaños, Sotloff envió balsámicas palabras a sus seres queridos a través de otro rehén que logró zafarse de las espinosas cadenas de la intolerancia religiosa: nunca bajar la mirada. “Sepan que estoy bien –aseguró–. Vivan sus vidas al máximo y luchen para ser felices”.

Como el milenario pueblo de sus ancestros, el reportero norteamericano rehusó dejar morir su fe judía pese a la coacción de sus enemigos, hoy, los hijos de Ismael, cuya cultura él admiraba y en aras de su defensa trabajó. En el Día de la Expiación, Yom Kipur, hizo enmiendas al ayunar en cautiverio, fingiendo estar indispuesto. Rezaba, sigilosamente, con el corazón apuntando a Jerusalén eterna y al Monte del Templo, “la colina hacia la cual todas las bocas deben estar dirigidas”, según la costumbre talmúdica.

Sus abuelos sobrevivieron al Holocausto nazi e inmigraron al magnánimo Estados Unidos de abrazos cálidos; él se trasladó a Oriente Próximo a cubrir la desolación de los musulmanes provocada por las tiranías y no sobrevivió a la hecatombe provocada por los encarnizados yihadistas que hallan placer en lo macabro como tributo a Alá. Dos mundos contrapuestos cohabitan la Tierra con resquemor. De este lado, amor y solidaridad; allende los desiertos, odio y destrucción.

Nuestro brioso vecino pereció por encarnar los valores norteamericanos –la obligación moral de brindar un mejoramiento a la humanidad–. Lo cerciora, en el cruento video del degollamiento, el verdugo del Estado Islámico: “Aprovechamos esta ocasión para avisar a todos aquellos gobiernos que formen parte de esta diabólica alianza de Estados Unidos contra ISIS que se retiren y nos dejen en paz”.

¿Qué paz promueven los militantes islamistas con su califato expansionista? ¿Quiénes son diabólicos en esta pugna entre la razón y el oscurantismo? ¿Cómo es posible que hasta combatientes extranjeros de países occidentales se seduzcan por una siniestra ideología medieval que amenaza el orden mundial?

Son preguntas que intentaban desenterrar respuestas en las fértiles libretas de notas de Steven Sotloff, un profesional que anhelaba dar voz a los mudos, iluminar la caridad en las tinieblas de la malignidad y fomentar el entendimiento en el pináculo de una prejuiciosa Torre de Babel.

“Steven vivía su sueño, su pasión”, predicó el rabino Terry Bookman en el discurso panegírico, al compás de una sinfonía de sollozos en el seno de la congregación ecuménica. “Le encantaba escribir, amaba a la gente, disfrutaba viajar alrededor del mundo. Fue un judío orgulloso y comprometido, un leal norteamericano y un ciudadano de Israel. Se sentía como en casa adonde fuera y donde estuviera, la gente se sentía cómoda en su entorno”.

Una circular distribuida por la familia en la ceremonia contenía la canción Wish you were here de la banda de rock Pink Floyd, un tema para honrar a los ausentes y en particular, en este caso, a Steven. “¿Consiguieron que cambiaras a tus héroes por fantasmas? ¿Cenizas ardientes por árboles? ¿Aire caliente por aire fresco?”, dice la letra en inglés.

Un héroe sobre la copa del árbol de la verdad cuyas ramas cimbrean por el aire fresco… ese es él.

Esta historia fue publicada originalmente el 6 de septiembre de 2014, 7:51 p. m. with the headline "DANIEL SHOER ROTH: Sotloff somos todos."

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