Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: La fortuna del destino

Bien hemos ganado el derecho a sentir la gloria de ser inmigrantes en estos últimos días.

Algunos arribamos a Estados Unidos desafiando las inclementes corrientes marinas en una barcaza como refugiados, o surcando el infinito cielo mimados en cabina de primera clase como inversionistas, o pagando con sudados ahorros el exceso de equipaje como estudiantes universitarios, o sorteando ríos, inhóspitos desiertos y sabandijas en peligrosas travesías sin documentos de viaje.

Lo cierto es que pisado este suelo, lo único necesario es conseguir un buen par de zapatos –pues nunca culminan los peldaños en la áurea escalinata de la superación y la abundancia.

En momentos en que afloran los retoños de las candidaturas presidenciales, uno de los ejemplos más fehacientes fluye a través de dos millas y media de calles y avenidas en nuestros multiculturales vecindarios de Miami. Es la distancia que separa las residencias de las familias Bush y Rubio.

Sus historias se entretejen en un épico relato del patrimonio común de los inmigrantes, sin distinción de raza, nacionalidad o estatus migratorio.

Marco Rubio, en la vanguardia de la contienda republicana según el último sondeo, es hijo de un barman y mucama de hotel. Y Columba Bush, quien pudiera ser el rostro femenino emblemático de la primera potencia del mundo, es hija de un jornalero y nieta de un vendedor ambulante que ganaba el pan a lomo de mula.

Ninguno es pionero de esta estirpe. Alberto González, hijo de un indocumentado obrero de la construcción, creció sin agua caliente ni teléfono y se convirtió en Fiscal General de Estados Unidos. El primer senador de origen cubano, Mel Martínez, perdió –de un estacazo– hogar y patria, y siguió, tembloroso, el espíritu del ficticio niño volador refugiado en el País de Nunca Jamás. Al padre de la astronauta de la NASA Ellen Ochoa, directora del Centro Espacial Lyndon B. Johnson, solo le permitían nadar en la piscina pública si al día siguiente era desinfectada con cloro. Criada por una madre viuda en el crispado Bronx, Sonia Sotomayor ocupa un sillón en la máxima instancia judicial del país.

Y el presidente de Estados Unidos Barack Obama, hijo de un keniano y una nativa de Kansas, posiblemente desciende de uno de los primeros esclavos africanos registrados en las trece Colonias, concluyen recientes estudios genealógicos.

En el preludio de la batalla electoral nacional, la cercanía domiciliar y emocional entre Rubio y Jeb Bush –quien pese a provenir de una de las más prominentes dinastías norteamericanas escogió, con orgullo, a una esposa de minoría étnica– pone a flor de piel el arraigado alcance del Sueño Americano.

La historia de Rubio, a veces ornamentada, es bastante conocida. A lo largo de su meteórico ascenso al pináculo de Washington, siempre ha hecho de sus raíces inmigrantes y humildes una insignia de “la grandeza” de América que facilitó su potencial humano. De hecho, al lanzar su cruzada por la presidencia en la icónica Torre de la Libertad expuso, ante la mirada del mundo, su herencia: el sacrificio y progreso del exilio cubano; el testimonio de fe de un pueblo que no olvida sus valores, ni su historia, ni sus tradiciones.

Poco han compartido los Bush sobre el árbol genealógico de la otrora primera dama del Estado de Florida. Es válido el derecho a la privacidad. En tiempos de cambios demográficos, sus orígenes despiertan una salva de aplausos. Ella es el fruto del inmigrante luchador; del inmigrante esmerado por prosperar.

Una minuciosa crónica familiar fue publicada en estas páginas días pasados. Son asombrosos los hallazgos. Su padre tomó parte en el “Programa Bracero” para campesinos mexicanos a fin de realizar el trabajo agrícola y ferroviario a mediados de la centuria pasada. La pobreza y la falta de oportunidad lo impulsaron, años después, a brincar la frontera sin papeles. Un tío de la esposa del exgobernador cultivaba rosas de sol a sol; primos hermanos aún viven ocultos de los allanamientos signados por el clamor y las lágrimas de los niños separados a la fuerza de sus padres; sobrinos forman parte del escuadrón que mantiene encendido el fogón de los restaurantes.

“Un cielo: desde que los Apalaches y Sierras reclamaron su majestad, y el Missisipi y Colorado forjaron su camino hacia el mar. Da gracias al trabajo de nuestras manos: tejiendo el acero en los puentes, terminando un reporte más para el jefe a tiempo, cosiendo otra herida o uniforme, la primera pincelada en un retrato, o el último piso de la Torre de la Libertad”. Estos son versos del poeta cubanoamericano Richard Blanco, recitados en la ceremonia de investidura del presidente, durante la cual un pastor que en la infancia salió de Cuba solo con un cepillo de dientes, una muda de ropa y tres dólares en el bolsillo, invocó a Dios en las escalinatas del Capitolio.

A veces a los inmigrantes nos quieren hacer sentir como parias. Sin embargo, tenemos la bendición de habitar bajo el manto de los derechos inalienables a la vida, la libertad y la consecución de la felicidad. Son los dones llevados hacia delante por millones de personas como Mario y Oriales Rubio, o como José María Garnica.

Pero nacer de padres inmigrantes no dicta el bienestar, ni ser inmigrante garantiza el progreso. El destino –a veces afortunado, a veces no– lo forja uno mismo.

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