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Daniel Shoer Roth

Viaje al rescate de la historia: Nieto de sobreviviente del Holocausto que escapó a Venezuela desentierra su pasado

Sophia y Elias Roth en la foto de boda.
Sophia y Elias Roth en la foto de boda.

Mi abuelo Elías y yo siempre fuimos muy cercanos. Más allá de abuelo y nieto, éramos amigos.

En Venezuela, donde nací, habíamos creado nuestro pequeño mundo. Ibamos juntos a cortarnos el cabello en nuestra barbería favorita, aunque él era prácticamente calvo. Acostumbrábamos a sentarnos, uno al lado del otro, a leer y comentar tres periódicos. De vez en cuando me enseñaba palabras en yídish, su idioma materno. Y a espaldas de mi mamá, me premiaba con chocolates suizos.

Sin embargo, Opa, como le decíamos al abuelo (que es como en alemán se les dice a los abuelos) nunca quiso hablarme de su vida en Polonia. No podía sacarle ni una sola anécdota de su juventud. Tampoco quería pronunciar una palabra en polaco. Casi toda su familia había muerto en los campos de muerte de los nazis. Y ésa era toda la información que estaba dispuesto a compartir.

Esta primavera, en el décimo aniversario de su muerte, emprendí un viaje a Polonia para buscar su historia. Quería entender las cosas que forjaron su personalidad, como, por ejemplo, qué lo había hecho tan sensible al sufrimiento ajeno y, también, qué lo motivaba a dejar dinero regado por donde caminaba, anónimamente, para quien lo necesitara.

Al mismo tiempo, fui a encarar los fantasmas del Holocausto.

A pesar de que los nazis se encargaron de borrar, en numerosos casos, sus macabras huellas en lugares como Belzec, el campo de concentración donde fueron exterminados mis familiares, conseguí rescatar en el viaje piezas sueltas del rompecabezas de la vida de mi abuelo.

Sophia y Elias Roth en la foto de boda.
Sophia y Elias Roth en la foto de boda.

En la oficina de registros civiles, dentro del majestuoso ayuntamiento neorenacentista en la plaza central, demostré que Elías Roth era mi abuelo. Cosa rara en estos casos, tenía la fecha exacta de su nacimiento y el nombre de sus padres, mis bi-ew sabuelos. Fui con mi pasaporte, el de mi madre, Karin, y nuestras respectivas actas de nacimiento. También llevé el certificado de matrimonio de mis abuelos en Venezuela, en 1941, y la partida de defunción de Opa.

En un libro marrón, agrietado por el tiempo, donde sólo se registraban los nacimientos judíos, encontré su nombre: Elisze --Elías en yídish-- escrito en letras góticas cursivas. Igualmente, hallé la fecha de su bris(circuncisión), su dirección, la ocupación de Ytzjak --su padre--, los nombres de mis tatarabuelos y la fecha de matrimonio de mis bisabuelos.

Me otorgaron un comprobante de su partida de nacimiento, pero me prohibieron fotografiar el registro original. Corrí a Reynek 9, la esquina de la plaza donde vivió. El edificio estaba completamente renovado. Subí y baje las escaleras, me asomé por las ventanas, toqué las paredes y me transporté a la época de su niñez. Finalmente había llegado a un lugar tan remoto --y tan cercano-- que constituía parte mi herencia.

LOS ORÍGENES

Mi abuelo llegó a Venezuela en 1942, huyendo del nazismo. Estaba decidido a forjar un nuevo futuro para que sus descendientes naciéramos en una sociedad libre, donde a los judíos nos respetaran y nos concedieran los mismos derechos que a los demás, una igualdad que era desconocida para él.

Elias Roth en 1944, en una zona minera del Amazonas venezolano.
Elias Roth en 1944, en una zona minera del Amazonas venezolano.

Desde niño había presenciado ataques antisemitas. Su comunidad sufrió considerablemente por la ocupación rusa durante la I Guerra Mundial y, más adelante, a consecuencia de políticas antijudías instituidas por el gobierno polaco. Numerosas familias, particularmente las religiosas, como la suya, cayeron en la indigencia.

Ese panorama lo motivó, cuando apenas tenía unos 25 años, a salir de Polonia. Junto a un hermano mayor se mudó a Amberes, Bélgica, para encontrarse con un tío que trabajaba en el giro de los diamantes. Esa fortuita circunstancia le salvó la vida.

En 1939, los nazis ocuparon Polonia. Los judíos de Sandz, como le dicen a Nowy Sacz en yídish, fueron arrinconados en un gueto, despojados de sus derechos y propiedades. En agosto de 1942, más del 90 por ciento de la comunidad judía de 17,000 almas de Sandz y las aldeas aledañas fue transportado a Belzec. Entre ellos, los padres y hermanos de mi abuelo.

De cierta manera, la historia de mi abuelo se asemeja a la de miles de sobrevivientes de la barbarie nazi que lo perdieron todo en Europa y nunca más se reencontraron con sus seres queridos. Llegaron a América desmoralizados y les fue difícil adaptarse por el idioma y la cultura. Jamás pudieron sanar las profundas heridas.

Mi abuelo dividía su tiempo entre Caracas y Ciudad Bolívar, la puerta al Amazonas, donde se dedicó al negocio de los diamantes en bruto, rubro en el que se mantendría hasta su retiro, mucho antes de fallecer a los 88 años. Al saber que mi abuela Sophia, a quien conoció durante la guerra, también había sobrevivido y estaba radicada en Curazao, la invitó a Venezuela y le pidió la mano.

Venezuela había abierto sus puertas a los sobrevivientes de la guerra. En el país había una colonia hebrea ya establecida. Pero la aceptación y la tolerancia de los venezolanos hacia los judíos venía de mucho antes, pues su presencia data de la gesta independentista de Simón Bolívar.

Opa no tardó mucho en prosperar. Mi madre y mi tía se beneficiaron con una educación sólida, tanto laica como judía, que décadas después se transfirió a nosotros. Al igual que todos los abuelos, Elías estaba orgulloso de mí.

A él le había costado mucho aprender el español y yo lo escribía con facilidad, pues era mi idioma natal. Cuando empecé a publicar mis primeros artículos, a los 17 años, agregué su apellido al mío: Shoer Roth. Sabía que, para él ese era uno de los frutos de haber sobrevivido el Holocausto.

En abril de 1984, Elias Roth y Daniel Shoer-Roth.
En abril de 1984, Elias Roth y Daniel Shoer-Roth. Cortesía del autor

UN HOGAR PERMANENTE

En una Europa en la que durante siglos los judíos estaban a merced de las monarquías, Polonia les ofreció un hogar permanente desde el siglo XI. Antes de la II Guerra Mundial, la comunidad hebrea sumaba 3.3 millones, la más numerosa del Viejo Continente.

Sandz se levantó en el siglo XIII sobre una llanura rodeada por montañas cerca de la frontera con la actual República Eslovaca. Los primeros judíos se asentaron allí a finales del siglo XV. Sin embargo, no sería sino hasta comienzos del siglo XVII cuando tras invasiones de ejércitos enemigos y el azote de las epidemias que arruinaron la economía local, se les permitió establecer una comunidad oficialmente.

La historia de Sandz ilustra la de cientos de shtetls o aldeas judías que existieron en Polonia y en el este de Europa. Los judíos eran comerciantes, prestamistas, agricultores y desempeñaban labores manuales.

El presidente de Polonia, Ignacy Moscicki saluda a representantes de la comunidad hebrea en una visita a Nowy Sacz.
El presidente de Polonia, Ignacy Moscicki saluda a representantes de la comunidad hebrea en una visita a Nowy Sacz.

Mi abuelo nació el 13 de abril de 1911 en el seno de una familia jasídica. Como cualquier niño religioso de la época, estudió en el jéder, donde sólo se enseñaban asignaturas hebraicas. Su padre fabricaba materiales para zapatos y llegado a la juventud Opa se vio obligado a abandonar los estudios para trabajar con él.

No quedaron fotografías de la familia ni cartas ni recuerdos de aquella época. La imagen más joven de mi abuelo que conservo, de 1944, lo muestra vestido con largas botas negras, casi hasta las rodillas, afuera de una choza en la selva amazónica.

EL LEGADO

Jakub Müller no quiere que la historia de los judíos de Nowy Sacz sea olvidada. A los 88 años, es uno de los últimos testigos del shtetl. Tiene la valentía de visitarlo cada año, poniéndose en contacto con su pasado, para preservar lo que, para él, es su más sagrado tesoro: el cementerio judío, restaurado con sus propias manos.

Müller es enérgico, carismático e intenso. Le gusta recordar anécdotas de su juventud. Al narrarlas, sus ojos azules se humedecen. Sobrevivió el Holocausto ocultándose durante la ocupación alemana. En 1969, emigró con su esposa e hijos a Suecia, huyendo de una severa campaña antisemita del gobierno comunista.

Cuando regresa a Sandz durante la primavera, los descendientes de otros judíos del área vienen a preguntarle si los recuerda.

“Creo que conocí a los Roth’‘, me dijo en polaco, por medio de un intérprete.

¿Por qué mi abuelo nunca quiso hablarme de este lugar?

“A lo mejor porque no se sentía conectado’‘, me respondió minutos antes de la víspera del shabat.

El barrio donde transcurrió la infancia de Elias Roth, en Nowy Sacz.
El barrio donde transcurrió la infancia de Elias Roth, en Nowy Sacz. Daniel Shoer Roth / el Nuevo Herald

Lo acompañé a la pequeña Sinagoga de Sandz, donde él es el único fiel. Tiene bancos de madera y un sencillo altar con los rollos de la Torá.

Tengo curiosidad de saber por qué, si aquí perdió a su familia, Müller sigue regresando a Nowy Sacz.

“Estoy acostumbrado a este lugar’‘, precisó. “Aquí tengo mi corazón’‘.

Para cerrar el viaje, toqué las puertas del Instituto Histórico Judío, en Varsovia, donde se documentan 10 siglos de presencia hebrea en Polonia.

“¿Por qué estás aquí?”, me preguntó Anna Przybyszewska, directora del Proyecto de Genealogía de la Fundación Ro-ew nald S. Lauder.

Le respondí que había viajado para indagar sobre lo que mi abuelo nunca me contó de su pasado.

“¿Y qué encontraste?”, replicó.

Le conté que había encontrado su partida de nacimiento, visitado la casa donde creció y me había podido hacer una idea de lo que era el shtetl de Sandz conversando con, muy posiblemente, uno de sus últimos testigos.

Przybyszewska me miró escéptica: “¿Eso es todo?”

Súbitamente, me invadió una sensación de vacío. Me di cuenta de que sólo había visto la punta del iceberg.

Pude haber investigado en los archivos estatales del gobierno polaco. Me faltaba recrear mejor la atmósfera de la infancia de Opa recopilando más testimonios.

“Viniste por muy corto tiempo’‘, afirmó Przybyszewska. “Necesitas por lo menos un año. Todo depende de cuán importante sea para ti’‘.

Me sentí frustrado.

“Es muy importante para mí’‘, le dije.

No sólo por mi cercanía con Elías, sino también por el compromiso que tengo como judío --y periodista-- con la historia de mi pueblo. Cientos de familiares de mis cuatro abuelos perecieron durante el Holocausto. Tengo la obligación moral de que no se opaque su memoria.

En retrospectiva, la visita me hizo aún más consciente de mi responsabilidad.

Sé que mi abuelo sigue orgulloso de mí. No solo por ser su único nieto varón, por saber escribir en español y por ser su inseparable amigo, sino también por intentar rescatar su historia. Este es solo el comienzo.

En esta foto de octubre de 1988, Daniel Shoer Roth (derecha) junto a su abuelo Elias Roth, en Caracas.
En esta foto de octubre de 1988, Daniel Shoer Roth (derecha) junto a su abuelo Elias Roth, en Caracas.

Esta historia fue publicada originalmente el 18 de julio de 2009, 9:09 p. m..

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Daniel Shoer Roth
Opinion Contributor,
el Nuevo Herald
Daniel Shoer Roth es el Editor de Sociedad y Servicio Público para el Nuevo Herald y Miami Herald. Galardonado autor, biógrafo, periodista, cronista y editor con más de 25 años en la plantilla de el Nuevo Herald, se ha desempeñado como reportero, columnista de noticias, productor de crecimiento digital y editor de Acceso Miami.
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