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Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Estigma en la cúpula

Hispano o blanco, ¿qué soy?

Es una interrogante que a muchos hispanos de tez blanca se nos filtra, con la celeridad de una estrella fugaz, al encarar una sucesión de cajitas para encasillarnos en una categoría racial. Incluso para participar en la rifa de una tienda de artículos de oficina, días atrás me tocó auto-segregarme en un talonario. Aunque mi piel desvela el color de los copos de nieve y mis apellidos dejan bien al sur el Trópico de Cáncer, punteo, con la pluma o el cursor, el cuadrito de la “raza” hispana, porque es el manto que abriga mi identidad cultural –y sentido del humor.

Ambiciosa tarea la de explicar este precepto en la cultura anglocentrista de Estados Unidos, en cuyo seno prevalece una imagen estereotípica y despectiva del mexicano que, frecuentemente, se aplica a todas las poblaciones hispanoamericanas, incluyéndome.

En Miami, donde los habitantes de origen hispano constituimos la mayoría, el estereotipo del latino del barrio es menos vehemente. No obstante, para los inmigrantes que arribaron en las décadas de 1960 y 1970, el desapacible gustillo de una sociedad separatista que los forzó a vivir en enclaves étnicos no les es ajeno en el paladar. Los refugiados cubanos de esa época recuerdan una popular etiqueta engomada a la parte posterior de vehículos que declaraba: “El último estadounidense que deje Miami, pudiera, por favor, traer la bandera consigo”.

Imagino que la discriminación, exclusión y estereotipos sobre sus orígenes, también las experimentaron entonces los cubanos –al igual que los puertorriqueños y dominicanos– radicados en Nueva York. Entre los emigrados estaba un niño de 12 años, hijo de un campesino de Manzanillo, Cuba, que de un estacazo se vio separado de su vecindario, cultura y amigos, al huir con su familia de las garras del comunismo y el totalitarismo.

El régimen comunista, empero, no pudo despojar al joven del espíritu de superación. Con miras a labrarse un porvenir en la patria adoptiva, se ganó una beca en una escuela jesuita para varones, la Secundaria Xavier. Su padre, que para poner la leche y el pan en la mesa regó tres empleos con el sudor de la frente, un día preguntó a su retoño si recibió la subvención por sus calificaciones. “La conseguí porque soy hispano”, respondió. Entonces, indicó el papá, “sugiero que busques un empleo y pagues una mitad tú y la otra mitad yo. No aceptamos limosnas”.

Mike Fernández –hoy magnate y filántropo– recordó recientemente la sabiduría del viejo campesino: no aceptar limosnas.

Presuntamente, unos asesores de campaña del gobernador de Florida Rick Scott, bromearon rumbo a un restaurante mexicano en Coral Gables caricaturizando el acento de inmigrantes mexicanos. No estaban solos, sino acompañados por el socio comercial de Fernández, entonces principal recaudador de fondos y financista clave de dicha campaña. Cuando el comentario llegó a Fernández, sonarón ecos del pasado. El fantasma del estigma sobre los hispanos ordenó unos tacos crujientes. Y el guacamole perdió el sabor.

Su consecuente renuncia, que se ha cobrado la deserción pública de otro prominente aliado hispano de Scott, y posiblemente de muchos otros, pone de relieve la desconexión entre la clase política dominante y los votantes hispanos que pretende conquistar con banderitas multicolores, frases cliché balbuceadas en español y la evocación de tradiciones culturales.

Muchos de estos asesores políticos son oriundos de otros estados; carecen de la sensibilidad imperiosa para comprender la cultura hispana que, lejos de ser monolítica, es rica en su diversidad y compleja en su fibra social. Acarrean, asimismo, los prejuicios que permean en algunas comunidades norteamericanas y, especialmente, en los medios de comunicación y redes sociales.

Un sondeo nacional de la encuestadora independiente Latino Decisions, encomendado por la Coalición Nacional Hispana ante los Medios (NHMC), concluyó en 2012 que “las representaciones mediáticas de los latinos y los inmigrantes están alimentando estereotipos negativos de manera rampante al público en general”. Las representaciones de jardineros, mucamas, adolescentes que renuncian a la instrucción escolar y delincuentes callejeros en la televisión y el cine han derivado en una percepción errónea, en amplios sectores de la sociedad, que clasifica a los latinos e inmigrantes sin papeles como un grupo homogéneo.

Para describir a los 53 millones de habitantes hispanos en Estados Unidos, la mitad de la población norteamericana no latina indica que somos “menos educados” y “beneficiarios de asistencia social”. Un 44 por ciento de los encuestados respondió que los hispanos “rehúsan aprender inglés”, mientras que un 37 por ciento considera que “quitan empleos a los estadounidenses”.

Todas estas son personas que desconocen el testimonio de Mike Fernández y de decenas de miles de inmigrantes que, como él, han renacido de las cenizas tras tenaces esfuerzos y noches de desvelo. El adolescente exiliado comenzó vendiendo dinosaurios de plástico en la tienda del Museo Norteamericano de Ciencias Naturales. Percatado de la falta de brontosaurios, el más popular del museo, fue por cuenta propia a la distribuidora de los muñecos e hizo su primer negocio. Décadas después, el acaudalado empresario de la industria del cuidado de la salud donará un millón de dólares a la campaña de Rick Scott y lo ayudará a recaudar $35 millones adicionales.

Poco, muy poco, al parecer, para los asesores que ignoraron su exhortación a una minuciosa supervisión de los gastos de campaña. E incluso para Scott, pues se queja el triunfador cubano de la restricción del contacto con el gobernador de Florida.

Las prácticas discriminatorias y separatistas, a la larga, nos hacen un enorme favor: abren una ventana al corazón de aquellos que viven inspirados por prejuicios –gobernantes o autoridades; jefes o empleados; maestros o alumnos; compañeros o vecinos.

Estereotipos y estigma han sazonado, a menudo dolorosamente, mi desarrollo. Es verdad, son múltiples las categorías que me tocan marcar con una equis. Pero ante los ojos de Dios, ninguna.

Esta historia fue publicada originalmente el 31 de marzo de 2014, 0:35 a. m. with the headline "DANIEL SHOER ROTH: Estigma en la cúpula."

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