Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Juventud, Policía y sociedad

Gracias a la última moda, que consiste en colgar antiguas fotos personales los jueves en las redes sociales, y a la perspicacia de mi madre, que confeccionó álbumes de inconmensurable valor desempolvados hace poco del baúl del olvido, he revivido la hermosura del pasado, la historia que nos hace sombra y persona; la fuerza que nos sustenta y alienta.

También me esmeré en la elaboración de álbumes y cartas que describen mis sentimientos con la meta de resentirlos en un distante futuro; sin duda, fui un niño rebuscado. He encarado textos en los que el dolor desborda de cada letra (mi primer borrador para un libro, escrito en secundaria, se titula El hoyo negro) y otros que despiertan el inverosímil anhelo de retroceder en el tiempo y no regresar.

Vagando por el mágico laberinto de las remembranzas, hallé el manuscrito de mi primera columna de prensa –inédita, porque nadie quiso publicarla– en la flor de la adolescencia. El mero título, ¿Para qué existimos o vivimos?, me conecta con el yo existencialista del ayer. “Y para dar inicio a esta pregunta yo le pregunto –así comienza la reflexión– ¿Usted vive para comer o come para vivir? Piénselo… Su respuesta lógica sería: yo como para vivir, ¿no es así? Y si usted come para vivir, ¿para qué vive?”.

La busca del significado me deslumbraba. Qué decir de mi segunda columna –esta sí salió impresa en la prensa comunitaria– El propósito de la Creación. “¿Para qué creo Dios el mundo?”, cuestiona el primer renglón. Hoy me causa gracia. La sosegada lectura refresca los dilemas de la adolescencia, ese volátil periodo en el cual navegamos a la deriva, acarreados, por distintas corrientes, hacia un desconocido puerto.

Además de la genética, la madre de las culpas (o de los triunfos), y de la chispa divina (para los creyentes), son múltiples las variables que intervienen en el trayecto juvenil: la familia, la instrucción escolar, el entorno de la crianza y el apoyo de una comunidad. Factores sociales como la pobreza, la violencia, la criminalidad, los medios de comunicación y la soledad son, asimismo, determinantes de la conducta.

Es por ello que causa sumo pesar la muerte de un adolescente, víctima de abuso familiar, violencia callejera, negligencia del Estado o acoso escolar, o, especialmente, si la responsabilidad del trágico fin de la lozana vida recae en las fuerzas del orden público.

Uno de estos deplorables casos acaeció la noche del jueves en el estacionamiento de un popular mercado de pulgas en el noroeste de Miami. Un chico de 17 años con opaco historial, pudiera decirse, de adolescente muy mal encaminado, fue abatido por la Policía de Coral Gables, como un violento criminal, durante una fallida operación encubierta. El joven se encontraba al volante de una camioneta robada; al verse cercado por los efectivos, se estremeció y, en un intento de escape, embistió un vehículo de camuflaje de la fuerza policial del Condado. Acto seguido, los agentes abrieron fuego al compás del estruendo de la balacera.

El perfil de la víctima no es digno de aplausos: habitante de ese virulento “hogar” de asfalto llamado calle, aparentemente bajo custodia de los servicios sociales del Estado de Florida, Jason Carulla cargaba en sus hombros el fardo de cinco arrestos, diáfano indicio del fracaso del sistema de justicia juvenil que, lejos de rehabilitar a adolescentes agresores o con problemas de consumo de drogas, los engancha en una “puerta giratoria” de castigo y libertad. Por eso el efecto de la reincidencia penitenciaria es un álgido problema social que debiera recibir mayor atención de las autoridades locales, el sector privado y la ciudadanía.

No es prudente esbozar conclusiones pues la investigación, en manos de la Policía de Miami-Dade, está en sus albores. El creciente robo de vehículos causa estragos entre los propietarios y acrecienta la percepción de inseguridad personal en la comunidad. Es encomiable la creación del Equipo de Iniciativas Estratégicas, un grupo de agentes secretos que investiga el delito de hurto. Los ladrones han de ser aprehendidos. Pero hay un buen trecho entre solventar una serie de robos y matar a un menor de edad que fue al mercado a recoger un todoterreno hurtado.

Conmociona, además, porque hace menos de un año otro joven perdió la vida tras un disparo policial en Miami Beach –por el “crimen” de pintar grafitis en la fachada de un restaurante clausurado de comida chatarra y darse a la fuga–. El artista de 18 años rehusó cumplir las órdenes de detenerse y el agente lo abatió con un arma de electrochoque. Según las autoridades de La Playa, el efectivo actuó dentro de la ley. Y la muerte de Israel Hernández-Llach, de un paro cardiaco a raíz de la descarga eléctrica, fue clasificada “accidental” por la Oficina del médico forense.

Hernández no tenía antecedentes penales, mas sí un par de premios en su currículo por su obra artística. No cometió un acto violento, sino el presunto delito de vandalismo de propiedad privada, en otros tiempos una suerte de rebeldía juvenil, que le costó el alma, colosal injusticia.

Prevalece la incomprensión de la naturaleza del adolescente en las agencias del orden público de los gobiernos locales. Es su obligación velar por el cumplimiento de las leyes, sin embargo, el uso excesivo de fuerza no se justifica. La Justicia debe tener la última palabra. Imponer condenas de adultos a menores tampoco es una solución viable, dependiendo, por razones obvias, de la crueldad del delito.

El gobierno no puede asumir toda la carga de los menores de edad problemáticos. Prueba de esto es que los funcionarios del sistema estatal para la protección social y bienestar del niño cargan en su conciencia la culpabilidad de casi medio millar de vidas extinguidas, en un plazo de seis años, por sus deficientes políticas administrativas. El apoyo del sistema de escuelas públicas y privadas, las iglesias, los organismos sin fines de lucro y las empresas se requiere con urgencia.

Con la contribución conjunta y natural de la sociedad, por un bien común, más adolescentes anclarán en puertos seguros. Y les será más fácil escapar del hoyo negro.

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