Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: El virus del odio se propaga

Bajo el domo bizantino de este bastión de la tolerancia en medio de la vorágine mundana del vecindario, la expresión de las raíces religiosas ha acariciado, con gracia, las almas de varias generaciones de judíos provenientes de diversas culturas y países que encuentran en las Escrituras Sagradas un sentido de comunión y perpetuidad.

El majestuoso Templo Emanu-el –cuyo nombre, en hebreo, significa “Dios está con nosotros”– es más que un lugar de oración para el pueblo de Israel en South Beach, pues la colonia judía emblemática del área perdió la batalla contra las manecillas del reloj y los cambios demográficos. Es también un santuario que tiende puentes en el diálogo interreligioso y provee un hálito de paz a los turistas dolidos por el bronceado.

Rodeado por vitrales, arcos moriscos y símbolos de las Doce Tribus, en su interior, su santidad el Dalai Lama del Tíbet ha subrayado, con sabiduría, simpleza y sentido del humor, el mensaje de compasión y perdón que unifica a los credos. Pasajes del discurso del hoy Santo Juan Pablo II durante su histórica visita a la Gran Sinagoga de Roma en 1986 –la primera de un Sumo Pontífice a un templo judío– han sido invocados en una ceremonia presidida por clérigos del cristianismo, islam y judaísmo. Fue entonces que “el Papa viajero” llamó a los judíos “nuestros hermanos mayores”, poco después de la lectura del versículo de Génesis en el que Dios promete a Abraham una descendencia abundante como las estrellas del cielo.

Indudablemente, esta historia es desconocida por el ignorante sujeto que dibujó el martes una esvástica y las iniciales KKK de los supremacistas blancos en un letrero de la fachada de esta sinagoga de La Playa. Es la quinta vez que las agencias del orden registran un acto antisemita público en Miami durante los meses de verano. Congregaciones han amanecido con el recordatorio, en sus paredes, de que la estrella amarilla, ícono de la masacre nazi, continúa ardiendo en el abismo de la xenofobia local.

Una semana atrás, un vándalo dibujó estas enseñas sobre la pared de un supermercado Publix en Surfside, barrio con alta densidad de practicantes de la fe judaica, mientras que una sinagoga en West Miami fue profanada con las palabras “Irak” y “Hamas”, la célula terrorista. A esto se añade el homicidio de un rabino ortodoxo que se dirigía a cumplir la oración matinal de Sabbat, rica en Salmos y cánticos de alabanzas, en un templo de North Miami Beach. El asesinato está bajo investigación policial y no se ha podido clasificar como crimen de odio. Sin embargo, en el seno de la comunidad judía, de sensibilidad innata por las lecciones aflictivas de la persecución milenaria, existen sospechas de que sí haya sido un incidente de carácter antisemita, pues acaeció después de la profanación de otra sinagoga en dicho municipio.

Estos hechos no son aislados; encajan en el contexto de una virulenta ola antisemita en el mundo, especialmente en la Europa que facilitó la exterminación de seis millones de judíos, a raíz de la reciente guerra entre Israel y Gaza. La gente escupe venenosas consignas contra el Pueblo del Libro, enalteciendo la “solución final” de Hitler, pero, contradictoriamente, solo mira de soslayo la masacre de 200,000 personas en tres años de guerra civil en Siria.

En Miami, los ataques vandálicos descritos no solo perjudican a una minoría de la población sino a la comunidad entera, sin diferencias de religión, raza, etnia o nacionalidad. Ningún grupo es inmune al fanatismo que se empeña en humillar y despreciar razas, etnias, religiones y orientaciones sexuales. En este paraíso para los refugiados, en el cual no es ajeno el racismo ni los sentimientos antiinmigrantes, todos pueden llegar a ser víctimas. Recuerden aquellos tiempos en los que los judíos eran confinados a residir al sur de la calle 5 de Miami Beach, los afroamericanos eran segregados a una sola playa y en los albores del exilio cubano, una popular etiqueta engomada en la parte posterior de muchos vehículos decía: “El último estadounidense que deje Miami, pudiera, por favor, traer la bandera consigo”.

Recientemente en el gobierno de Miami-Dade ha habido tensiones raciales entre líderes de las comunidades étnicas, que constituyen la mayoría de la población. Se han limado un poco esas asperezas, sin embargo, demuestran que la enemistad sigue latente.

La paz que muchos hemos encontrado en este crisol de culturas e identidades emana, precisamente, de la tolerancia mutua, un ambiente de respeto colectivo que ha servido de imán para que miles de inmigrantes llamemos esta ciudad “hogar”. Por eso se necesita mayor seguridad en los centros comunitarios y de oración de la colonia hebrea, mano dura con los despiadados que cometen actos antisemitas y campañas de educación y esclarecimiento, especialmente en las escuelas, para que los residentes conozcan hechos como la grandeza ecuménica del Templo Emanu-el.

Aprendemos del pasado que el antisemitismo a menudo sirve como termómetro moral del grado de tolerancia, la libertad y la observancia de los derechos humanos en un país o en una comunidad. Los judíos son los primeros en la fila del paredón y pronto son otras minorías las que ven cara a cara a sus verdugos apuntándoles.

El pastor luterano Martin Niemöller, un prominente activista antinazi, dejó como legado un brillante poema que esclarece por qué es contraproducente la indiferencia (las traducciones al castellano varían):

Cuando los nazis vinieron a llevarse a los comunistas / guardé silencio / porque yo no era comunista. //

Cuando encarcelaron a los socialdemócratas / guardé silencio / porque yo no era socialdemócrata. //

Cuando vinieron a buscar a los sindicalistas / no protesté / porque yo no era sindicalista. //

Cuando vinieron a llevarse a los judíos / no protesté / porque yo no era judío. //

Cuando vinieron a buscarme / no había nadie más que pudiera protestar.

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