Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: La memoria, tu mejor historia

El más glorioso libro de historia indubitablemente es la memoria personal.

Se trata de un tesoro con frutos balsámicos de vida: gozos y angustias; risas y sollozos; esperanzas y abatimientos. Desconsuelo, enfermedad y luto; aventura, celebración y viaje; aprendizaje y enseñanza. Es la historia oral que recibimos y la transmitida por nosotros. Son las costumbres de nuestros antepasados y las recientes adoptadas. Son los sueños no plasmados y los hechos inesperados.

Existe, sin embargo, una tendencia a olvidar. Y, especialmente, una presión externa a olvidar aquello que fue malo, aquello que fracasó, aquello que mucho dolió. Lo pintan como una práctica saludable. ¿Lo es?

Por doquier en Miami aflora esta disyuntiva del alma, justo por esta fecha del Día de la Recordación, cuando los asados en los parques y los festivales callejeros sustituyen las visitas solemnes a las sepulturas de los caídos hijos de la nación.

Pronto, zarparán los ferris por las turquesas aguas de un vasto cementerio hacia “la tierra más fermosa que ojos humanos han visto”, según dio testimonio el propio Cristóbal Colón. Al sonido del prolongado pitazo de salida en los muelles, estallarán las vívidas emociones de cubanoamericanos ávidos de acercarse a sus raíces; de conquistar retazos de su historia ancestral; de escuchar el retumbante eco de la juventud de padres y abuelos filtrado entre las agrietadas callejuelas y concurridas plazas. ¡Por allí gatearon! ¡Por allá maduraron! ¡En ese pasillo de luz tenue se besaron! ¡Detrás de aquella palma real elevaron al cielo una sagrada oración! ¡Bajo ese techo soplaron las velitas del pastel, horneado al calor del amor maternal!

Otros no subirán las escalerillas. Son cubanos que perdieron los olores de sus pueblos, los sabores de sus vecindarios y los colores de sus campiñas. Son las niñas arrancadas del arrullo de sus muñecas; los niños que dejaron de jugar con sus amiguitos. Son los que huyeron de la impotencia y el desaliento con temblorosos brazos. Son aquellos a quienes súbitamente truncaron las alas del pensamiento. Enmudecieron los campanarios de sus iglesias, confiscaron sus negocios, helaron la llama de su creatividad. Pasaron por lóbregas y mugrientas celdas, y en sus oídos quedó anclado el grito de “¡Viva Cuba Libre! ¡Viva Cristo Rey!” en el paredón.

Como las olas bravas y tempestades duras, dos realidades chocan frontalmente en un gran teatro de ilusión. La coexistencia de dos identidades presentan paradojas vivas en el seno de numerosas familias. Ese universo dualista yace en una atmósfera profundamente humana. ¿Y todo esto por una falsa y cruel ideología?

No es un asunto del todo generacional, sino cultural y de crianza. Pero, ciertamente, es más fácil para quienes no han sufrido en carne propia la herida –que para muchos aún supura– predicar aquello de “borrón y cuenta nueva”, creyendo en un idílico destino de paz ciudadana y prosperidad prometido con timbre de falsete. Ese retorno a una época esfumada es irreal, mas a nadie se le puede privar sus añoranzas, al menos en tierras de libertad.

El peligro de este proceso es la pérdida de la autenticidad de la historia –y de nuestros valores–. Mientras las viejas generaciones de exiliados cubanos se anidan en los álbumes de fotos, en los archivos de las bibliotecas, en las sublimes plegarias nocturnas y en las narraciones en inglés de sus descendientes, un andamiaje propagandístico usurpa con celeridad sus voces y sus testimonios.

Sucede en todo lugar, en todos los tiempos y en distintas magnitudes. Este año, se cumplió un siglo de impunidad del genocidio armenio perpetrado por los turcos. Las atrocidades, las violaciones, las ejecuciones, el zarpazo del terror, todo ese tenebroso capítulo de la humanidad ha sido ignorado e incluso negado por los verdugos y sus aliados. Más cerca de nuestra frontera, en El Salvador, ¿cuántos individuos han sido sentenciados por ordenar crímenes de lesa humanidad durante el conflicto armado de los años ochenta? Cero. Miles de familiares de víctimas de las masacres reclaman justicia, sin embargo, los gobiernos y el sistema de (in)justicia se han negado a saldar deudas del Estado.

Nunca debemos cerrar las puertas del pasado ni olvidar los horrores. Tampoco la valentía y la fe inquebrantable de gente como mis abuelos, sobrevivientes del Holocausto nazi. Ni los milagros revelados en las fugas de los infiernos. Ni la transparente bondad de personas como el arzobispo de San Salvador Óscar Arnulfo Romero, asesinado por el odio en 1980, para silenciar su conciencia, y ayer beatificado como mártir.

Los inmigrantes, los expatriados, los escapados, los refugiados, los huérfanos de patria, algunas veces volvemos al lugar que conocimos. Otros retornamos a un lugar que nunca hemos visto. Y muchos otros morimos sin jamás haber regresado, por prohibición, por peligro o por dignidad. Es una decisión de índole personal.

Lo innegable, sí, es la urgencia a echar a volar las campanadas de la memoria histórica. A los opresores no se les perdona, porque sería extender una invitación a otros desalmados a seguir sus pasos, dejando una estela de sangre y sufrimiento. Pero no podemos lamentarnos por la adversidad del pasado, porque nos nutrió de vigor y ánimo de superación. La recordamos hoy y siempre.

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