Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Viaje a la cuna de mis ideas

El columnista visita la gran Mezquita Hassan II en la ciudad de Casablanca, Marruecos, en 1995.
El columnista visita la gran Mezquita Hassan II en la ciudad de Casablanca, Marruecos, en 1995. Cortesía

Mucho antes de publicar mi primer escrito de prensa, viví envuelto en viejas escrituras. Eran tan viejas, que sus palabras se remontan a la gesta del monoteísmo.

Desde una angosta ventanilla, adyacente a la cama superior de una litera de hierro donde conciliaba los sueños de la adolescencia, divisaba un muro ardiente. De sus piedras, emanaba un ensordecedor e incesante ruido, henchido de súplicas, promesas y lamentos. Dormía yo frente a frente con la Historia. El resplandor del Muro de las Lamentaciones calaba en mis pestañas.

Pasé un tiempo de imaginación exaltada y vivaz efusión de sentimientos en un seminario rabínico –yeshivá– con sede en el centro neurálgico de la más valiosa parcela de la Tierra: la Ciudad Eterna, Jerusalén –símbolo por antonomasia de la presencia del Creador entre todos sus hijos, sin excepción.

En tiempos más recientes, alejado de aquella onírica escalera que ascendía del monte Moriá hacia el retablo de los cielos, y más cerca del spanglish que del arameo, muchos me preguntan cómo puedo comprender, con sensibilidad y empatía, profundos asuntos ajenos a mis circunstancias de carácter cultural, social, étnico o religioso.

Creo haber hallado esta semana, sorpresivamente, una de las respuestas dentro de una carpeta amarillo limón que contiene hojas amarillentas con olor a papel viejo. ¡Mis primeros manuscritos!

Los escribí poco después de culminar el primer trimestre de estudios en el recinto jerosolimitano. Adolescente al fin y al cabo, los titulé ¿Para qué vivimos o existimos? Las manos que teclearon esas letras aún no alcanzaban la mayoría de edad.

La columna inaugural, afincada en las enseñanzas de los sabios de hirsutas barbas en la yeshivá, nace con la pregunta de un alma sedienta de respuestas: “Usted vive para comer o come para vivir?”. Y continúa: “Piénselo… Su respuesta lógica sería: ‘yo como para vivir’, ¿no es así? Y si usted come para vivir, ¿para qué vive? Una persona de nivel cultural promedio me respondería: ‘dame dos minutos para pensarlo’; un adolescente lo haría con un gesto despectivo y me diría que él no está en edad de preocupación por saber la respuesta de esa pregunta. ¿Cómo que no? Todos queremos saber para qué estamos en este mundo, ya que todo ser humano tiene necesidad de tener un significado. Nadie quiere vivir una vida insignificante”.

Protegido por el más vigoroso escudo de la inocencia y la candidez, osé predicar, con absoluta libertad, la incógnita de la existencia: “Dios, el dueño de todo, es perfecto. ¿No es así? Él no lo necesita a usted, ¿o si? Por su puesto que no. Entonces, ¿para qué lo creó Dios? ¿Es que acaso Dios estaba aburrido? Imposible. El Ser perfecto no se aburre. […] ¿Diríamos que Dios nos creó para Él, para servir a Dios? Dios no necesita de ningún servicio, ni del suyo, ni del mío, ni del de nadie. Dios es omnipotente, omnisapiente, etc. Si es así, ¿para qué nos creó Dios?”.

La búsqueda de significado en una época en la cual devoraba afamadas obras de la literatura clásica y un desgastado diccionario de mitología griega, me llevó a regresar al centro rabínico los dos veranos siguientes. Mi vocación se debatía entre una tradición cultural definida por el mandato Divino y una convicción de responsabilidad individual por urgir, con empeño, a forjar una mejor sociedad. Distantes uno del otro, ambos caminos conducían hacia una misma dirección: brindar una mano de soporte seguro y perdurable a los menos afortunados.

Más adelante, animado por esa excitante electrificación humana, alcé a mis frágiles hombros un pesado morral negro al que bordé un parche con la bandera tricolor de Venezuela para salir a la conquista del mundo. En los albergues juveniles europeos y del norte de África, conocí personas oriundas de los rincones más remotos del planeta, e intercambié con ellas historias y vivencias; anécdotas y reflexiones; críticas y análisis. Las preciadas aventuras y los quebrantos propios de mochilero me ilustraron volúmenes y volúmenes de una enciclopedia llamada vida no incluida en los sistemas tradicionales de educación.

En una carta a mí mismo para acompañar un álbum de fotos, dejé testimonio de “aquellas experiencias que solo se entienden si se viven”. Y afirmé: “De mochilero por Europa uno goza, uno aprende, y mucho más importante aún, uno CAMBIA. ¡Y eso es lo que más me gusta: el CAMBIO! Paralelamente, la cantidad de amistades circunstanciales que uno conoce es innumerable. Y lo mejor es que cada quien tiene su historia, su vida, su filosofía y su visión de mundo […] Simplemente… no hay palabras”.

Aquellos periplos de varios veranos dieron luz a una larga serie de columnas en El Universal bajo el título Impresiones de un latinoamericano en Europa. “Desde navegar por las islas Cícladas o el Peloponeso –escribí a la edad de 20 años–, por donde sufrió sus estragos Ulises, toda parte de Europa puede ser atractiva, ya que en ella se desarrolló alguna etapa de la historia y produjo grandes filósofos, científicos, escritores… Además, es posible observar el transcurrir del tiempo y el desarrollo de la religión, desde la Acrópolis y el templo de Dionisio, hasta el Vaticano y la antigua sinagoga de Praga”.

El curso de mi vida, marcado por delicadas crisis y esmerados triunfos, continuó guiado por el amor a las letras. Hoy viajo entre los pasajes de la Biblia de Jerusalén y los preceptos del Catecismo de la Iglesia Católica. El descubrimiento es infinito.

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