Por esta impensable razón el 2020 pudiera llegar a ser uno de los mejores años de tu vida
El calendario del 2020 cierra para siempre páginas de lágrimas, desconsuelo y miseria. La alegría desmesurada de muchos por despedirse y desprenderse de este turbulento año es comprensible, aunque las razones un tanto miopes.
Ciertamente, la pandemia del coronavirus nos azotó sin merced –y no solo por la avalancha de muertes, hospitalizaciones, contagios y penuria económica que han devastado a millones de ciudadanos del Planeta Tierra. El aislamiento y la soledad, así como la falta de tacto humano, devenidos de las medidas de seguridad sanitaria, aunado a un persistente miedo, frustración y ansiedad, infligieron un daño físico y emocional muy profundo.
Así pudiera enumerar una lista de todo lo malo que aconteció en un año que nadie quiere revivir. Pero soy un pisciano que, por naturaleza, nada contra la corriente. Respetando y validando el dolor y pérdida padecidos, me atrevo a ofrecer una visión panorámica del 2020 distinta… y sí, por qué no, positiva.
Acaso, ¿nos dejará algo aleccionador el año cruel? Creo que mucho y, de hecho, tantas enseñanzas como para transformarse, a la larga, en uno de los mejores años.
Ayuda mutua y esfuerzo común
De la tragedia, la resurrección.
Ante la fragilidad de la condición humana afloró nuestra mejor esencia, que a veces yace oculta detrás de nuestros más apegados conceptos y creencias.
La respuesta a la crisis global y local se cristalizó en una ola de solidaridad colectiva con miras a atenuar las tribulaciones de los más afectados. Cuántas cadenas de oración no inundaron las redes sociales a favor de un paciente frágil contagiado; cuántas distribuciones de alimentos no dejaron largas filas de vehículos con conductores agradecidos por una mano dadivosa.
El sufrimiento ajeno impulsó la acción en las comunidades; buenos ciudadanos se ocuparon de las necesidades de sus vecinos; la ayuda caritativa de almas generosas se concretó por doquier. Estos actos cotidianos de bondad, repetidos una y otra vez, cambiaron nuestro entorno.
El sacrificio personal y la dedicación de los trabajadores en la primera línea de defensa contra un microscópico patógeno, en especial el personal de salud, fueron dignos de admiración y ovación. Héroes invencibles cuyo titánico, disciplinado y arriesgado esfuerzo por salvar vidas y armonías rindió frutos eternos.
La urgencia por desarrollar vacunas desató todo el poder del ingenio humano y, meses después de identificarse el virus emergente, comenzó el proceso de inoculación con novedosas tecnologías genéticas. La ciencia evolucionó a una velocidad vertiginosa para combatir la pandemia, mientras que otras industrias y sus emprendedores brindaron un ecosistema de innovación y creatividad para aportar soluciones a problemas de vida o muerte.
Pese a los duros cambios en nuestra forma de vida, la adversidad también logró sacar lo mejor de cada uno y nos entrenó a ver lo mejor de cada situación.
Aprecio por lo que dábamos por hecho
Las cosas simples que mucho valen.
En medio del suplicio de la interminable cuarentena, quién no ha pensado en esas pequeñas bendiciones de la vieja normalidad, aquellas que subestimábamos en la correría cotidiana porque las teníamos.
Un beso, un abrazo o un estrechar de manos; la visita inesperada a un familiar o amigo; una fiesta de cumpleaños o una reunión de pura camaradería; orar en un servicio religioso sin distanciamiento; salir al cine o al teatro; hacer ejercicios en grupo en el gimnasio; aventurarse a un viaje sin paranoia.
Son elementos muy sencillos, como una sonrisa a un desconocido en el pasillo del supermercado, que ahora cubre la mascarilla.
No obstante, el mismo confinamiento nos enseñó a valorar las paredes protectoras de nuestro hogar, el privilegio de trabajar pese a la incertidumbre económica –y en algunos casos, la posibilidad del trabajo remoto gracias a la tecnología que nos ayudó a superar los retos del distanciamiento social en aras de mantenernos unidos con colegas, amigos y seres queridos. Estar en casa también nos permitió disfrutar más el tiempo de calidad con la familia.
Pero no es solo en el aprecio nostálgico del ayer, sino en el goce del mañana, donde se proyecta el legado del 2020.
Cuando pase la tormenta y alcancemos la inmunidad colectiva, el mundo regresará a la normalidad, aunque esta se haya redefinido. Y, en el proceso, podremos sentir más gratitud por aquello que añoramos a medida que lo volvamos a tener, pues sabremos lo que es perderlo.
Hacer un alto en el pedregoso sendero del diario vivir para identificar y estar conscientes de los regalos y las bendiciones que recibimos del universo será más fácil que antes de la pandemia.
Comprender el privilegio de la vida misma, la vulnerabilidad de la raza humana y nuestra capacidad de ser compasivos, de acompañar, de aceptar las circunstancias, es la sabiduría extraída del cambio tan hondo que se dio. ¡Feliz Año!
Daniel Shoer Roth es coordinador de AccesoMiami.com y editor de crecimiento de el Nuevo Herald. Es autor de la biografía autorizada del primer obispo cubano en la Iglesia Católica de Estados Unidos. Síguelo en Twitter o en Instagram.
Esta historia fue publicada originalmente el 31 de diciembre de 2020, 2:57 p. m..