Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Vecinos rompen el caparazón

Enojados por los caprichos de los políticos, por la influencia de los grupos de poder en las decisiones del gobierno municipal y por la devaluación de su calidad de vida, vecinos de Hialeah han elevado su voz endurecida en el Ayuntamiento, opuestos a enormes proyectos de construcción y súbitas modificaciones de permisos de zonificación, secuela del crecimiento urbano desmedido y deficientemente planificado.

En una ciudad marcada por lealtades sectarias, por el parco activismo de los residentes para hacer valer sus derechos ciudadanos y por la fragilidad de las estructuras democráticas, sin duda sorprende la valentía –poco antes observada– de estos sencillos hombres y mujeres de clase media abrumados por los problemas cotidianos: el aumento del ruido, la falta de estacionamiento, la congestión vehicular, la proliferación de basura, los hoyos en carreteras y aceras, y los costos de los servicios públicos.

Pero esta cruenta batalla de David contra Goliat no es exclusiva de Hialeah. Se fragua por todos los rincones del Condado Miami-Dade. La razón: los dirigentes de las ciudades no han conseguido el primordial equilibrio entre el desarrollo urbanístico, el fomento de la economía local mediante el establecimiento de nuevas fuentes de empleo, los drásticos cambios demográficos por la inmigración y los derechos de sus residentes, quienes al final del día pagan sus copiosos salarios y beneficios con los impuestos a la propiedad y otras elevadas tarifas.

Se trata de una metástasis difícil de frenar, pues los barrios vienen perdiendo su identidad al ser fracturados por cambios de zonificación y de uso de suelos para abrir paso a residencias de mayor densidad, oficinas, restaurantes y centros comerciales –todo ello a menudo incompatible con el hábitat que escogieron las familias al establecer allí sus raíces–. De pronto, son forzadas por su entorno a adoptar un estilo de vida ajeno al de su preferencia. Esta fatídica planificación tiene como consecuencia un éxodo: la gente se agobia de Miami y empaca sus pertenencias. Bye-bye.

Por otra parte, como ha sido visible en tiempos recientes en La Pequeña Habana, numerosos vecinos de bajos recursos continúan siendo desplazados por otros de mayor nivel adquisitivo ante el aumento del valor de los inmuebles y, por consiguiente, del costo de los alquileres, propiciados por alteraciones en los códigos de los terrenos. A estos desfavorecidos por la imperante cultura de indiferencia hacia los pobres, les aguarda el parque de casas móviles o prefabricadas, donde sobreviven en condiciones indignas.

Apiñados entre tanta población, minúsculos entre tanto hormigón, vencidos entre tantos funcionarios lucrados, ignorados entre tanta apatía... no faltan los miamenses que alzan las manos al cielo en horas de desaliento y gritan, a todo pulmón, ¡Auxilio, auxilio!

“¡Revocatorio! ¡Revocatorio!”, coreaban la semana pasada vecinos encolerizados en la sala de audiencias durante la sesión del Concejo de Hialeah, en la cual se ratificó el cambio de zonificación de 10 acres para edificar un complejo de apartamentos de alquiler. Vestían camisetas blancas con el clamor ciudadano estampado a sus pechos: “Stop high density” –no a [proyectos] de alta densidad.

A nadie debe sorprender que la empresa beneficiada por esta decisión haya contribuido miles de dólares a las campañas de los políticos de la ciudad. Estos aportes no pretenden comprar votos –aclaró un representante del grupo inmobiliario a mi colega Enrique Flor–, sino proyectar a líderes “beneficiosos” para la comunidad.

Tal vez esto explica por qué conglomerados de inversionistas promotores de otros polémicos proyectos de bienes raíces a los que algunos vecinos se oponen con fervor, también hayan puesto un granito –o un puñado– de arena en las contiendas políticas de las autoridades, quienes rechazan categóricamente la presunción de favoritismo a raíz del respaldo económico.

Hialeah encara un problema demográfico por la movilidad de su población joven. Aseveración del propio alcalde Carlos Hernández en declaraciones a el Nuevo Herald: “Esta ciudad ha hecho mal trabajo en los últimos 30 años en mantener a nuestros hijos y a nuestros nietos en esta ciudad. Hemos perdido generaciones que se crían aquí; hacemos las inversiones, y después se mudan para Miami Lakes, Doral, Pembroke Pines. Y es muy importante tener el tipo de vivienda [para] que nuestros hijos y nuestros nietos se queden en nuestra ciudad. Por eso este proyecto creo que es importante, porque se ha hecho o se va a hacer con esa meta”.

Ciertamente, esta tendencia migratoria no impacta solo a Hialeah. En mayor escala, miles de jóvenes se fugan a las universidades del norte, al graduarse consiguen trabajos bien remunerados, y en esas latitudes se asientan, alejados del caos reinante y la falta de oportunidades en la Ciudad del Sol.

La sustentabilidad de Miami-Dade y de sus contrastantes vecindarios demanda urgentemente una evolución del crecimiento urbano excesivo hacia una planificación coordinada que cree y preserve una infraestructura eficaz, incluyendo mejores medios de transporte público y viviendas asequibles, y fomente el sentido de comunidad perdido por el miedo a cuestionar la realidad. Es hora de que los vecinos, sin faltar el respeto ni alterar el orden público, empiecen a quebrar el caparazón que mantenía aprisionada a su conciencia. Miami ruge y despierta.

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