Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: El fin de la fiesta

Miami es una ciudad de espejismos. Cada quien puede ser cómodamente quien no es o, en términos coloquiales, vivir del cuento en todos los sentidos. Y lo peor es que mucha gente, deslumbrada por las candilejas de un falso escenario de veneración pública, glorifica a los impostores.

En esta urbe, el éxito a menudo se mide por la acentuación de la figura estética, la eterna lozanía del rostro, las calorías de la chequera, el logo grabado en la tarjeta de presentación personal, el modelo del automóvil y los atajos que encaminan a la abundancia.

Pero, en este universo de fama y opulencia, no es oro todo aquello que brilla. Esta semana, una encrucijada de dos biografías en los tribunales –que desembocó en la prisión– revela la intrincada madeja de la cultura local.

Si bien la naturaleza de sus delitos es muy heterogénea –y la severidad de las sentencias dista años luz una de otra–, el don de “vivir de las apariencias” enlaza a Alvaro López Tardón y a Jimmy Sabatino, pese a las marcadas diferencias de sus apariencias: un narcisista de pasarela con abdominales cincelados por el bisturí y un gordinflón bizco con carnosa papada.

Sus infaustas crónicas son insólitas. El hecho de que confluyan paralelamente en la palestra pública invita a una reflexión sobre la anatomía de nuestra atmósfera social.

Cabecilla de un clan de lavado de capitales y tráfico de estupefacientes que ostenta, ¿acaso cómo una banda de rock?, “Miami” en su nombre (Los Miami), López fue declarado culpable el pasado lunes de blanquear más de $20 millones procedentes de la venta de cocaína en su natal España. Debajo de ningún colchón cabe la secadora de billetes, así que este galán de las tinieblas despilfarró el dinero inyectando liquidez en la economía de la zona metropolitana. ¿Cuántas empresas no usufructúan, sin saberlo (o tal vez sin querer saberlo), del dinero mal habido?

Un vistazo a los activos de este capo de la droga incautados por los agentes federales confirma una antigua moraleja: las apariencias engañan. Dicho de otro modo: no juzgues un libro por su cubierta. Una colección de 17 vehículos de lujo, entre estos un Bugatti Veyron de $1.2 millones y un Ferrari Enzo que raya el millón de dólares, explica por qué, según la sabiduría callejera, para ciertos hombres con desfallecida autoestima, el automóvil es la prolongación del miembro viril. Una plétora de propiedades en las mejores direcciones de la ciudad, incluyendo un suntuoso penthouse en un rascacielos de South Beach donde probablemente se echó encima costosísimas botellas de champán para bañarse de ego, enseña por qué el césped del vecino no es más verde.

Su listita de shopping tiene anotados muchos otros gastos alucinantes para los asalariados. Y no es el único criminal excéntrico. Como López, “Miami está llena de sujetos que utilizan fondos ilegales y tienen un estilo de vida lujoso e increíble”. Palabras firmes pronunciadas por la jueza Joan Lenard que lo condenó a siglo y medio de cárcel. ¿Llena? ¡Con razón! Ahora entendemos.

Menos de 24 horas después de la sentencia de López, en una sala de las cortes de Miami-Dade, otro pintoresco criminal veía desplomarse la fachada de sus fechorías. Jimmy Sabatino, profesional en el arte de dar gato por liebre, fue condenado a cinco años de prisión por robo en gran cuantía y fraude para gastarse un lujoso tren de vida, hospedándose en las suites presidenciales de los hoteles más chic de la ciudad en compañía de músicos y curvilíneas mujeres para la juerga. El dinero, o la apariencia de tenerlo, cosecha lindas amistades.

En Miami, el papel todo lo aguanta, especialmente los currículum vítae de fantasía. ¿Quién se atrevía a cuestionar que este hombre vestido de esmoquin y luciendo una rosa blanca prendida en la chaqueta no era un ejecutivo de sellos discográficos? Pues bien, la sed de la fama ciega, porque la gente le creyó. En el plazo de un mes, desfalcó a la industria hotelera casi $600,000 en hospedaje, entretenimiento y servicio privado de habitación, indicando a los empleados que cargaran sus facturas a las empresas disqueras.

Ladrón se nace, no se hace –al menos en casos como el suyo–. Hijo de un caporégime de familias mafiosas, en la flor de la adolescencia ya había estafado, en calidad de impostor, al equipo Miami Dolphins. Con esta célebre trayectoria, cómo explicar que los funcionarios del gobierno condal se dejaron timar por Sabatino a fin de que los contribuyentes subvencionáramos una reciente cirugía de estrabismo para corregir la desviación de su ojo, padecimiento desde su infancia, en el Sistema de Salud Jackson, un procedimiento cosmético que según él mismo confiesa costó un cuarto de millón de dólares. Atribuir el problema visual a un supuesto derrame cerebral en la cárcel era una mentira. Al enterarse, la jueza Ariana Fajardo aparentemente estalló de ira. ¡Bravo a las autoridades penitenciarias!

Pese a sus diferencias, López y Sabatino pertenecen a un gremio en el cual Miami despunta: la fábrica de identidades. Los hombres y las mujeres con “defecto de fábrica” que delinquen, ciertamente, constituyen un leve porcentaje de la producción. Sin embargo, la vanidad y la obsesión por la imagen, el prestigio, el dinero, el poder y la fama, así como otros valores superficiales, han creado arquetipos que muchos admiran e imitan. La individualidad se pierde en esta meca del consumismo donde tantas personas optan por ser clones.

Para los dos protagonistas de este guión folklórico sobre la ciudad, el party se acabó.

  Comentarios