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Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: La tristeza de ser Trump


Donald Trump no quiere a nadie de Univisión en su imperio.
Donald Trump no quiere a nadie de Univisión en su imperio. AP

Había una vez un rey muy irreflexivo. Tanto así, que pidió a Dioniso, el dios del vino, le concediera el don de hacer oro, no obstante sus rebosantes riquezas.

Loco de contento, embriagado por la codicia, a la mañana siguiente, Midas manoseó todo aquello a su alcance para verlo convertirse en el precioso metal: las flores de sus jardines, los muebles y las cortinas de su aposento, los pasamanos de sus escaleras de doble espiral. Pero, como mágicamente todo se transmutaba para su felicidad, ya no podía conocer las texturas de nada. Le era imposible leer porque las hojas de los libros perdieron las letras, ni llevarse algún alimento a la boca, porque la comida se petrificaba con resplandor.

Recordé a aquel vanidoso Rey de Frigia estos días en los que el nombre de Donald Trump pulula por doquier en Miami –y no precisamente por ser su copiosa cabellera de color oro.

Los vehementes vínculos del magnate de bienes raíces y aspirante a la presidencia de Estados Unidos en nuestras comunidades son tales, que la Ciudad de Doral lo honró con la Llave de la Ciudad, un irrefutable indicio de los valores imperantes en los gobiernos municipales. Al mismo tiempo, el Gran Miami es hogar de cientos de miles de inmigrantes que, aunque nos sentimos muy norteamericanos –porque, de hecho, muchos lo somos– solemos ser más sensibles a la marginación de minorías inmigrantes, al desarraigo, al clamor de otros, a la “globalización de la indiferencia”.

Y prestamos gran atención a la dignidad de la persona humana, por lo que su violación al corazón llevamos.

No es de sorprender entonces la resistencia a sus incendiarias declaraciones sobre los mexicanos y a sus reacciones –pataletas, rabietas, enfados– a las consecuencias de sus excesos. A sus campos de golf en Doral prohibió el ingreso de empleados de la adyacente cadena Univisión, por romper el contrato de transmisión con el certamen de belleza Miss Universo que a él pertenece.

Siempre grandilocuente, apocalíptico, Donald Trump es una insignia universal de la opulencia, las comodidades y los privilegios. Bill Gates, que en patrimonio lo hace verse pobre, es todo lo contrario: símbolo por excelencia de la innovación, el progreso y la caridad. Uno hace gala de su actitud egoísta en su programa de telerrealidad; el otro responde, sin alardear, al llamado de la humanidad con su fundación benéfica. La antítesis del corazón duro versus el misericordioso ante vuestra mirada.

Bien es sabido que el dinero, especialmente el fresco, no compra los buenos modales, ni el respeto al prójimo, ni la seguridad en uno mismo. Por eso la gente verdaderamente rica de cuna prefiere pasar desapercibida y jamás menciona sus posesiones. No son las personas que en una reunión, sin siquiera saber quién eres, te hablan de sus relojes Patek Philippe, ni de sus amistades con famosos como Nicky Hilton, ni de sus rankings en cualquier lista de valoración. No son los conductores que en sus Lamborghini colocan placas personalizadas proclamando, en mayúsculas, PRESTIGE; ni viajeros que cuelgan en las redes sociales fotos de sus tarjetas de embarque en cabina de primera clase.

La proyección forzada de una robusta autoestima suele desvelar su fragilidad. Igual que el odio exteriorizado a toda voz, a menudo comunica un miedo interiorizado. El hombre que espera adulación por su éxito, arrogantemente mira con un desprecio insultante a quienes no se lo prodigan. Y aquel que desea parecer más de lo que es, ofrece a su prójimo un espejo de falsedad.

Para conquistar una candidatura a la presidencia de la primera potencia mundial no es necesario pisotear la dignidad de un individuo, institución o colectividad. No se debe apelar a odios, sino más bien a la tolerancia. En lugar de ser sediciosas, las críticas han de revestirse en un espíritu constructivo. El electorado demanda soluciones, no problemas.

Con sus aspiraciones personales cifradas en la consecución, a toda costa, del poder, y sus negocios rindiendo mundialmente un extraordinario usufructo –aunque al parecer exagerado–, Trump no debiera tener tiempo, ni interés, en preocuparse quién pisa la grama de sus clubes, ni cuál internauta lo critica en los medios sociales por sus propias acciones. ¿Un hombre de su talla pública, con ese virtuoso apellido, importunado por ocupar la primera fila de los chismes de la semana?

Muy triste, francamente, es tenerlo todo y a la vez no tener nada. O tener mucho y siempre estar necesitado de más. O tener a un mundo postrado a tus pies y estar descalzo. Trump no es únicamente Donald Trump, sino miles y miles de hombres y mujeres guiados por esa escala de valores ovacionada por nuestra sociedad.

Milenios atrás, Midas renunció al don divino y se libró del hechizo que pesaba sobre él, sumergiéndose en las aguas curativas del río Pactolus. Según la leyenda, desde entonces, el río arrastra en su cauce pepitas de oro. Y sus rastros brillantes continúan seduciendo a fornidos nadadores.

Esta historia fue publicada originalmente el 27 de junio de 2015, 7:06 p. m. with the headline "DANIEL SHOER ROTH: La tristeza de ser Trump."

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