Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER: La Florida marchita

Florida es erudita en florear su imagen con todo tipo de flores.

Descollantes paisajes de tibias aguas cristalinas que permiten ver la blancuzca arena; inolvidables aventuras en los parques temáticos que estimulan las fantasías; vistosos centros comerciales que son el Jardín del Edén para voraces consumidores; generosa exención del impuesto sobre la renta que da un respiro al contribuyente del fardo infligido por el Tío Sam; incentivos fiscales a empresas que promueven el crecimiento económico; comunidades para retirados que tornan el invierno en otoño bajo un refulgente sol que broncea sin timidez.

No tan radiante es el desempeño del Estado –y de los condados– en el mantenimiento de la infraestructura pública, la ética y transparencia gubernamentales, la conservación ecológica de áreas naturales protegidas, la política administrativa de los servicios sociales, la inversión en la enseñanza escolar y universitaria, las leyes laborales con salarios dignos y el acceso a una atención sanitaria para casi cuatro millones de habitantes sin seguro médico.

Pero lo malo luce bueno si se compara con lo peor del Estado del Sol: el sistema para la protección social y bienestar del niño. Y en penúltimo lugar: la situación execrable de los derechos humanos en el ámbito penitenciario.

Son escasas las semanas en las que no se escucha sobre la brutal muerte de un menor bajo custodia del gobierno floridano o por causa de la inacción de impávidos funcionarios alimentados por la burocracia estatal. También se ha hecho rutinario leer acerca de las torturas y homicidios en las cárceles perpetrados, no por criminales convictos, sino por los asalariados del Departamento de Prisiones.

Quizás la asiduidad y trivialización de estas tragedias nos haya hecho inmunes al sufrimiento injusto de ambas poblaciones –una inocente, la otra culpable– que sentimos muy ajenas, mas no lo son. Por un lado, una vida es un alma sagrada. Por otro, en casi todos estos “fallos” hay dinero de los contribuyentes de por medio y, consiguientemente, cierto grado de responsabilidad moral colectiva. No olvidemos que la prueba de la moralidad de una sociedad, es lo que esta hace por sus niños, afirmaba un teólogo luterano ejecutado por los nazis.

Días atrás, un sujeto bendecido por el Departamento de Niños y Familias (DCF) para ser padre adoptivo pese a un turbio pasado de presunta negligencia, fue acusado por la Policía en Port St. Lucie del homicidio de una criatura de dos años que el Estado colocó en sus perversas manos hace un par de meses. El angelito, llamado Trysten, fue destripado de sus alas con un rabioso golpe o patada. Para más, el sospechoso trabaja como maestro suplente en las escuelas públicas de dicha localidad.

La efímera historia de la víctima parte, como miles de otras en la red estatal de hogares de acogida, de la disfunción familiar, la violencia doméstica y la arrolladora enfermedad de la adicción. Ante el peligro inminente que corría el retoño y sus hermanos, a los padres les privaron temporalmente de la patria potestad. Sin un techo seguro, los menores quedaron bajo custodia de esa suerte de ángel de la muerte que zigzaguea por las órbitas del DCF.

Primero vivieron con padres de crianza que, según registros públicos citados por el Miami Herald, permitieron a los padres biológicos visitar a uno de los hijos hospitalizado por dificultades respiratorias. En plena visita, el progenitor del enfermo amenazó a la madre: “Te ataré a un árbol y nadie te escuchará”. Posteriormente, a los niños los transfirieron al hogar sustituto de Michael Beer –el acusado– y su esposa quienes “siempre han estado deseosos de ayudar a otros y quisieran concretar ese deseo cuidando a hijos en adopción temporal”. Eufemismo este que resalta en la solicitud de la pareja a la agencia de “bienestar” infantil.

He aquí un veraz indicador de la sequía de empatía en los campos de Florida: funcionarios de los servicios sociales para menores aprobaron, y un año después renovaron, la licencia que autorizó a los Beer a ejercer la paternidad de acogida, soslayando un hecho que debió descalificarlos. El hombre, según verificó la propia entidad dos décadas antes, relegó la ayuda que debió prestar a una niña de dos años bajo su cuidado que había sufrido abuso. No solo eso. En la reciente catástrofe, tras la muerte de Trysten, las autoridades no corrieron a salvar a los hermanitos supervivientes, sino que los abandonaron en el hogar del sospechoso por un día más. Acaso, ¿a nadie le importa la seguridad de unos niños sin padres biológicos que los amen y defiendan?

Si es parco el interés por subsanar la agonía de los polluelos sin nido, ¿quién prestará atención a la caza de zorros?

Los delincuentes, indudablemente, no son imán de compasión. Sin embargo, la sociedad no quiere convertirse en lo mismo por lo que ellos guardan prisión, aunque se encamina a eso si no cesan los castigos crueles e inhumanos en las cárceles floridanas a manos del personal penitenciario.

No todos los reclusos son asesinos en serie. Latandra Ellington, por ejemplo, era una madre de cuatro hijos purgando una pena de menos de tres años por hurto mayor. Hasta que, a siete meses de salir en libertad, apareció muerta en el Instituto Correccional Lowell a principios de octubre. Apenas habían transcurrido diez días desde que la reclusa escribió una misiva a una tía denunciando presuntas amenazas hechas por un sargento del centro de detención que, como ella, luce en su hoja de vida antecedentes penales.

Trabajar de carcelero no es lo mismo que mimar pasajeros en la cabina de primera clase de un avión. La población es violenta, peligrosa, y la paga muy mala. Pero el deceso de esta mujer, a causa de puñetazos o patadas estando en confinamiento solitario, no es un caso aislado. En el transcurso de este año, se produjeron otras dos muertes en la misma cárcel investigadas por la Policía de Florida. Y a esto se suma el fallecimiento, en condiciones dudosas, de una docena de reos en el sistema correccional estatal, entre estos un hombre con retos de salud mental que fue “hervido” vivo en una ducha.

Es encomiable pintar flores con acrílicos o acuarelas. El oro por el risueño sol y el celeste por el apacible mar; el verde por las hierbas finas que cubren las ciénagas de los Everglades y los colores neón por la arquitectura Art Déco. Sí, hay mucho que celebrar. Y también por mejorar, especialmente en las relaciones humanas con los grupos más rechazados, en aras de evitar que se marchiten esas flores que engalanan a Florida.

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