Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Empeño por el bien común

La historia de Miami, por sí misma, está entrelazada con las más saludadas virtudes humanas.

Por su ubicación geográfica, por el tesoro anidado en su diversidad multiétnica y multicultural, por su hispanidad y por una política de puertas abiertas, década tras década, la región ha recibido olas de inmigrantes y refugiados, cuyo impacto demográfico, perturbador al principio, acabó por definir su perfil. Este es un lugar donde cientos de miles de personas, en busca de un más promisorio porvenir, descargan el llanto que muere ante la alegría y abrazan la risa que nace ante el recuerdo.

Esa determinación del destino, a la par de catástrofes naturales como los ciclones, altos índices de pobreza y desigualdad, enfrentamientos violentos y enfermedades, han revestido a la sociedad local y a las instituciones de la mayor suma de bondad e indulgencia, creando estas una infraestructura de ayuda y servicios que derrochaba esperanzas e ilusiones. Tal hercúleo esfuerzo logró escombrar de espinas el sinuoso y arduo camino en que la vida a tantos colocó.

Aquellas proezas no deberían quedar exhibidas tras una vitrina de museo. Estos días nuevamente llaman al sacrificio en aras del deber; al corazón heroico; a la nobleza del alma. Nuevas olas migratorias de venezolanos y cubanos escapados de un clima de asfixia fomentado por regímenes que posicionan a sus pueblos cautivos de espaldas al mundo, arriban en la penumbra de la dificultad, desposeídas, sin techo, sedientas de solidaridad y de consuelo. No obstante, la comunidad, como el avestruz, a veces esconde la cabeza, por carecer de los medios económicos y servicios sociales para facilitar la dura absorción o por atroz indiferencia.

Se asoma y avanza una crisis.

Días atrás, varios cubanos que ingresaron al país hace poco a través de la frontera mexicana, hallaron el calor del hogar al pie de un apestoso tanque de basura en Doral, pues carecen de familiares o amigos. Míseros, yacían hundidos en ese lóbrego precipicio, aguardando, con la aspereza del abatimiento, por los primeros resplandores de una mano amiga. El hormigón del suelo hacía arder sus pobres cuerpos, y ellos pedían piedad. Solamente piedad. Y Miami se la negaba.

La respuesta al auge de inmigrantes ha sido lánguida y fría. Pareciera que esta problemática no ha captado suficientemente la atención de los funcionarios públicos, ni de los líderes cívicos, ni del sector empresarial, para ocuparse del asunto, que es bastante grave y afecta a toda la ciudadanía.

Algunos de los recién llegados acarrean consigo traumas. Por ejemplo, a las puertas del Centro para Sobrevivientes de la Tortura de Florida han tocado numerosas víctimas de la creciente represión del régimen de Nicolás Maduro, que implica la persecución de opositores, estudiantes, defensores de los derechos humanos, empresarios y comunicadores, entre otros. Los venezolanos auxiliados por la red de servicios de esta entidad administrada por la comunidad hebrea, han escuchado el incesante chillar de hierros en celdas tenebrosas, o han sido violados, o secuestrados por delincuentes desalmados, o acosados por los cuerpos policiacos, o vejados, o despojados de todo aquello que construyeron para sus familias.

Activistas venezolanos a diario reciben peticiones de compatriotas: techo para los primeros días, vestimenta, medicamentos, útiles escolares, trabajo haciendo cualquier labor, asistencia legal y hasta una algodonada cobija si es época invernal. En su mayoría ingresan como turistas y, por lo tanto, carecen de la ayuda de las agencias gubernamentales.

Pero contar con estos beneficios no significa recibirlos, tal como ilustra no solo el referido caso de los cubanos desamparados, sino también muchos otros de isleños acogidos este año por la Ley de Ajuste Cubano.

Ante esta inevitable desgracia, solo se vislumbra una posible salida del subterráneo: hacer aflorar las durmientes virtudes que conforman la esencia del pueblo de Miami: el ejercicio de la solidaridad, la responsabilidad colectiva, la valoración moral, la disponibilidad a quienes sufren, el respeto por la condición humana y por las diferencias individuales.

Nadie puede desligarse de la interdependencia que nos permite reedificar historias de vida; de la reciprocidad constante de compromisos y promesas.

Fue ese bastión de protección de los indigentes –Camillus House–, el que, con un terso soplo de dignidad elemental, salvó a los inmigrantes cubanos del basurero. Habían transcurrido 55 años desde que los Pequeños Hermanos del Buen Pastor, guiados por su consigna “caridad ilimitada”, fundaron ese refugio, precisamente a fin de servir como nicho de soporte seguro y compasión para los refugiados cubanos de aquel entonces.

El simbolismo es deslumbrante. El pasado es el futuro.

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