Daniel Shoer Roth

DANIEL SHOER ROTH: Ni colchón ni cama, sino compasión

Los divisamos abandonados en sus miserias, mendigando debajo de los estridentes puentes, echados en las aceras mugrientas sin artículos de higiene personal, deambulando errantes sin hogar donde retornar, aislados de la realidad cotidiana, minusvalorando su dignidad humana, clamando por inclusión social, pero a la vez indispuestos a recibirla.

Son los desamparados crónicos de Miami: los más desprotegidos, los más rechazados, aquellos que carecen de techo, de pan, de salud y de paz.

Afrontar apropiadamente este flagelo social que no admite la indiferencia, requiere pasión y creatividad al servicio del bien colectivo; vigor para resolverlo; hábitos de solidaridad.

Pero esta propuesta moral aún no existe, a juzgar por las asperezas de una rencilla entre las autoridades municipales y activistas a favor de la población sin hogar, limadas –a regañadientes– la semana pasada tras un acuerdo que debe ser aprobado el mes próximo por la Comisión de Miami y la Comisión del Condado Miami-Dade.

El altercado, en torno a una controvertible iniciativa de entrega de colchonetas, se enmarca dentro de un lioso proceso comunitario en el cual se aspira a lograr el equilibrio entre los reclamos legítimos de residentes y comerciantes por la aglutinación anárquica de los mendigos en sus barrios, y los derechos de esta colectividad desprovista de todo bien material y de aquellos piadosos que, acatando los mandatos del corazón, se esmeran en practicar la misericordia ayudándolos.

Según el convenio, la Ciudad eliminará el programa de albergue a hombres y mujeres en los patios del refugio Camillus House, que les permitía dormir sobre colchonetas en un ambiente menos restrictivo que el imperante –y muchas veces necesario– en las casas de acogida. Si bien no representaba una solución a largo plazo, aliviaba el fardo que la población indigente sin hogar supone para los vecinos del área por conductas desconsideradas, como realizar acciones de sustento vital al descubierto. Sin embargo, los críticos lo fustigaron argumentando que su casi nula exigencia a los beneficiarios incitaba el ciclo vicioso que impide su rehabilitación: encarcelamientos y falta de deseos de superarse. Por lo tanto, la inversión económica se dispersa, como humos tenues a la velocidad del viento.

A cambio, las oficinas de asistencia social en los gobiernos municipal y condal costearán cada una 75 camas de emergencia, de las cuales la mitad otorgará a los desamparados la bendición de arrebujarse en la suavidad de la tranquilidad que las sábanas prodigan. Por su parte, el Fideicomiso para los Desamparados de Miami-Dade –entidad hasta ahora enfrascada en la trifulca con los políticos– peinará el terreno del casco central donde reside la mayoría de los individuos sin techo con el objetivo de encontrar modestos apartamentos para casi un centenar de ellos. Es un triunfo para una buena causa.

No solo para conciliar el sueño sirvieron las colchonetas, sino también para prevenir arrestos de desamparados considerados molestia pública, ya que la Policía primero debe ofrecer la posibilidad de integrarse a un refugio, incluso de no haber camas disponibles, lo cual suele ser común en los albergues de la ciudad por falta de fondos y de voluntad política, y dado que el colectivo marginado es numeroso precisamente en un área de boyante desarrollo urbano y edificios lujosos.

Mantener un sistema penitenciario sobrecargado con reclusos que no son delincuentes comunes, sino enfermos mentales o drogadictos, es más costoso que crear o ampliar programas de acogida, alimentación, asesoría, entrenamiento laboral y asistencia médica destinados para aquellos desviados hacia las tinieblas de la existencia por los infortunios de la vida. Claro que en algunos casos son ellos mismos quienes rechazan la mano solidaria que la comunidad les extiende, perpetuando su precaria situación. Por eso los colchones delgados eran una opción viable, mas inefectiva.

Lo cierto es que en pleno debate de dimes y diretes sobre colchones y camas, de campañas rivales, de acusaciones en los medios de comunicación, de teorías sobre lo que es mejor o peor, parece haberse extraviado el precepto sagrado de la humanidad de cada alma. Poco se habla de los sentimientos y del espíritu afligido de estos hombres, mujeres y hasta niños que a su hogar llaman calle.

Parte de la sociedad de Miami, así como algunos de sus líderes, han ignorado la urgencia a trabajar especialmente por los más pobres y a demostrar con hechos, sin emitir juicios ajenos, la compasión precisada para sanar a este segmento abandonado y sin futuro, y comprender los graves problemas sociales que a menudo acarrean.

Techo y algo más cómodo que el pavimento para recostarse en la noche sin duda hace falta. Pero no olvidemos el amor al prójimo, el servicio y la tolerancia. El bien de unos redunda en el bien de todos.

Los invito a leer en la sección Séptimo Día de hoy un fragmento de la biografía “Agustín Román PASTOR, PROFETA, PATRIARCA” que será presentada el próximo 22 de agosto a las 4 p.m. en la Torre de la Libertad.

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